Imprescindible para una Nicaragua mejor

Si estamos de acuerdo en que la familia es la primera educadora en valores, es obligado concluir que gran parte de nuestras deficiencias éticas tienen precisamente su origen en la falta de hogares unidos y en el pandémico ausentismo paterno. Una primera y obvia parte del remedio es que el sistema escolar priorice la ahora inexistente educación para el matrimonio —la mayoría de los nicaragüenses no se casan; se unen, y no por mucho tiempo—.  Mas el esfuerzo no puede limitarse al área cultural o educativa. Necesita moverse también al terreno político y legislativo. Lo ha dicho con mucha claridad el papa Francisco: “Sobre todo en el contexto actual, donde suele ocupar poco espacio en los proyectos políticos, las familias tienen, entre otros derechos, el de poder contar con una adecuada política familiar por parte de las autoridades públicas en el terreno jurídico, económico, social y fiscal”.

Este esfuerzo es justificado no solo en cuanto a su impacto en los aspectos éticos, sino también, en cuanto a las graves consecuencias que tiene la desintegración familiar, fenómeno, dicho sea de paso, más común en las parejas sin vínculo matrimonial. Como ya ha sido probado abundantemente en las ciencias sociales, la inestabilidad del hogar y el abandono paterno son una de las principales causas de pobreza, así como de drogadicción, crimen, fracaso escolar, embarazos precoces y otras penurias. Afecta también la productividad y causa grandes gastos públicos. En EE. UU., el expresidente Reagan señaló cómo el país gastaba 30 billones de dólares en asistir a los hogares con un solo jefe de familia. 

Por el contrario, aquellas parejas que hacen el esfuerzo, noble y a veces heroico, por mantenerse juntos y educar a sus hijos, disminuyen dichos costos y añaden también un gran valor económico a la sociedad: reducen, por ejemplo, los gastos de salud y de encarcelamiento, mientras aumentan el rendimiento escolar y legan a la sociedad personas más sanas, generalmente más buenas y productivas. 

Siendo la ley un instrumento para desincentivar conductas perjudiciales a través de penas o castigos, y para incentivar las positivas a través de ayudas o ventajas, ¿no tiene sentido que hagamos un esfuerzo concertado para estudiar el tipo de legislaciones que más puedan contribuir a la creación y mantenimiento de familias unidas y estables? Hacerlo sería una de las mejores inversiones en favor de los más vulnerables.

Son muchas las políticas o leyes que pudieran pensarse para incentivar el casarse y mantenerse unidos. Unas podrían, por ejemplo, priorizar en la asignación de viviendas populares a las familias unidas en matrimonio. Otras sería ayudarles con subsidios, o tratamiento preferencial tributario; que paguen menos impuestos; que los casados tengan mayores pensiones de vejez, mayor acceso al crédito, menores tasas de interés, etc. Así como el gobierno da un bono a quienes se bachilleran, así podría darse un bono a las parejas que desean casarse. Otra política fundamental sería abolir el divorcio unilateral, que facilita e invita a los rompimientos. Otra es hacer del abandono un crimen, como en realidad lo es, y gravar más fuertemente a los padres que hayan desamparado culpablemente a sus proles. Podrían ser incluso privados, como se hizo en los años veinte del siglo pasado, de su derecho al voto y a otros privilegios ciudadanos. El hecho de que las pensiones alimenticias que los padres ausentes deben a sus hijos cubran hoy día a menos del 1 por ciento de los menores, indica la necesidad de estudiar el porqué de semejante ineficacia y de revisar la legislación vigente. 

Desafortunadamente, un tema tan importante como este ha estado ausente en las plataformas de los políticos nicaragüenses. ¿Hemos visto, en alguna de ellas, políticas para la protección de la familia? ¿Quién las prioriza o les da la más mínima atención? ¿No debería esperarse de las autoridades y de los líderes políticos de todos los espectros, propuestas de políticas familiares? Tiene sentido, y mucho, preocuparnos y reclamar un estado de derecho y la institucionalidad democrática. Pero también lo tiene, y muchísimo, preocuparnos por la institucionalidad familiar y reclamar políticas que la protejan.

Insistiendo: será muy difícil, sino imposible, llegar a construir una Nicaragua con mejores ciudadanos, y por lo tanto una Nicaragua mejor, sin mejorar nuestras familias.  

El autor, sociólogo y exministro de Educación, es autor del libro Buscando la Tierra Prometida (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon. 

Opinión
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