¿Cómo mejorar nuestra ética?

Mis anteriores escritos, alegando la amoralidad que flagela el país, han sido objetados por dos articulistas radicados desde hace muchas décadas en Norteamérica; el más reciente el profesor universitario, nica-canadiense, Andrés Pérez Baltodano. La primera objeción es que los nicaragüenses no somos ni amorales ni políticamente irresponsables. Si yo no lo veo es porque estoy desconectado de las realidades del pueblo o porque fallo, como sociólogo, en producir evidencias. La segunda es que la moralidad no es tanto afectada por la promoción deliberada de valores, sino por circunstancias socio económicas y culturales. 

La primera objeción es criticable con el mismo argumento de quienes la sostienen: no es respaldada por ninguna evidencia. En cambio, existen algunas que corroboran la existencia de un grave problema moral, aunque con la reserva de que medir este fenómeno no es lo mismo que medir el PIB, más aún en un país, donde existen poquísimas investigaciones. Hay sociólogos que han investigado el fenómeno, como Banfield, en su famoso estudio sobre el familismo amoral que encontró en comunidades del sur de Italia. Sus observaciones parecieran calcadas de nuestra realidad. En Nicaragua las únicas evidencias indirectas las encontramos en el alto grado de abandono paterno y desintegración familiar. En una encuesta que conduje en 1975 encontramos que sólo el 72 por ciento de los nicaragüenses han sido criados por sus padres y madres biológicos (Familia y Fecundidad, BCN) También ayudan   observaciones de autores inmersos en nuestra realidad como Pablo Antonio Cuadra, en su obra El nicaragüense o Coronel Urtecho, que describen nuestra propensión a la mentira y al comportamiento dual. 

La segunda objeción tiene ciertos fundamentos, aunque con importantes matices. Factores como la cultura y circunstancias adversas, como la inestabilidad familiar, pueden deseducar y nublar la conciencia. Pero hay que evitar las simplificaciones. Hay muchos pobres que son morales y ricos que no lo son. La abundancia de bienes no necesariamente produce moralidad. Hay hombres que se degeneran en la adversidad y otros que se crecen en ella. Es el misterio del libre albedrío.

El tema es muy complejo. Trabajando como sociólogo para el Banco Central (mi jefe era Carlos Muñiz), en 1976 visité Puerto Morazán (Chinandega), para investigar porqué fracasaban los programas que intentaban sacar de la pobreza a los pescadores. A pesar de que les suministraban lanchas, frigoríficos y todo tipo de asistencia técnica, se perdían las lanchas, se pudría la pesca y se malversaba el dinero. Indagando con sus familias descubrimos que la mayoría se emborrachaban los fines de semana y dejaban, a los prostíbulos sus ganancias, y a sus proles la miseria. El problema no era “el sistema”, ni la explotación de ningún opresor, sino algo profundamente cultural. 

Resolver problemas como estos no es fácil y no ayuda, para nada, esmerarnos en buscar culpables en el presente o en el pasado. El reto es encontrar remedios y el primer paso reconocer la enfermedad. Si pensamos que estamos bien y que el problema lo causan factores externos no llegaremos lejos. Hay que recobrar el sentido de la responsabilidad personal y reconocer la importancia de las ideas. Las que se tengan sobre lo que es moral o inmoral tienen grandes consecuencias. Hay algunas que promueven el bien, otras el mal. Un buen ejemplo es el marxismo. Aunque ni toqué el tema ni dije, como afirma Pérez Baltodano, que los marxistas son inmorales, vale decir que si lo son. No por ser malas personas —pueden tener las mejores intenciones y dar su vida por ellas— sino porque siguen una filosofía inmoral que justifica y causó las peores atrocidades de la historia. Igual que lo hace hoy la que promueve el aborto. Las ideas tienen consecuencias. Y las mejores son, aunque moleste a intelectuales agnósticos, aquellas provenientes del legado judeocristiano. 

Podemos, y es bueno, discrepar e incluso polemizar sobre estos temas. Pero sin ceder a la tentación de atacar no tanto los argumentos del adversario sino a sus cualidades personales— como hace, con poco disimulada animadversión, Pérez Baltodano—   Dejemos acusaciones que no interesan al lector, y centremos nuestra discusión en el gran reto que todos tenemos: cómo mejorar la formación ética de nuestra población.  

El autor, sociólogo y ex ministro de educación, es autor del libro “Buscando la Tierra Prometida” (Historia de Nicaragua 1492-2019), de venta en librerías y en Amazon.

Opinión ética archivo
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