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México, ni amigo, ni enemigo de Daniel Ortega, sino todo lo contrario

Confusa, así fue la postura de México en torno a la toma de posesión de Daniel Ortega y Rosario Murillo. En un primer momento se anuncia la asistencia de una representación de México, Cancillería mexicana confirma la asistencia de un funcionario menor, luego, la misma Cancillería manifiesta que nadie asistirá y la propia mañana del 10 de enero el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se presenta desinformado sobre el tema, aunque muestra interés en que asista alguien. Finalmente, nadie asistió ¿Cómo debe interpretarse esta situación?

Desde su llegada al poder en 2018, AMLO anunció una política de “no intervención” en sus relaciones internacionales, lo que ha sido más objeto de preocupación para activistas de Derechos Humanos que para la propia oposición en el país azteca. Por otra parte, AMLO se encuentra a mitad de mandato y su gestión al momento no tiene logros de los que pueda jactarse, de hecho, lo más probable es que concluya de esa forma a pesar de los megaproyectos que impulsa. En ese escenario, no le ha quedado más estrategia que generar expectativa sobre la sucesión presidencial del 2024 como medida para quitar la atención del desempeño y resultados de su gestión, mientras al mismo tiempo ya hace campaña en favor de la continuidad de su proyecto político.

En la sucesión presidencial, el canciller Marcelo Ebrard siempre ha punteado como favorito, pero AMLO ha decantado por la actual jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, lo que ha ido estrechando el margen entre los aspirantes en el oficialismo. Para Ebrard ha sido un enorme obstáculo la política de “no intervención”, lo que no le ha permitido alcanzar su máximo esplendor y ha hecho intentos por sacudírsela, pero, para AMLO, quien en ninguna circunstancia es un referente intelectual, es muy cómoda porque simplemente no comprende el contexto internacional. La escena donde le preguntan y responde desinformado, no es casual, le grafica con mucha justicia.

Ebrard, Sheinbaum o cualquier líder opositor en México tienen meridiana claridad que es un error la política de “no intervención” con el régimen Ortega-Murillo porque finalmente los convierte en un aliado pasivo, así que el aislamiento internacional del régimen solo tiene tendencia al alza. Lo que ocurrió finalmente en la postura de México en torno a la toma de posesión de Daniel Ortega y Rosario Murillo, fue un intento del canciller Marcelo Ebrard de desmarcarse de la política de “no intervención” al menos del caso Nicaragua, por el costo político que puede representar de cara a un próximo proceso electoral.

Pero no todo está dicho, la política de “no intervención” de México respecto de Nicaragua puede representar un área de oportunidad para ganar un aliado creíble e importante por parte del régimen Ortega-Murillo. Daniel Ortega manifestó su interés en un “borrón y cuenta nueva” y si eso implica la vinculación de México en un proceso de liberación de presos políticos y algunas concesiones menores en un diálogo, podría ser una medalla que el canciller Ebrard tenga interés en colgarse de cara al proceso electoral. Lo que quiero poner en perspectiva es qué, puede haber un punto de convergencia entre el régimen Ortega-Murillo y la sucesión presidencial en México, lo que a largo plazo, le conviene a la dictadura.

El autor es Maestro en Derechos Humanos

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