A partir de las protestas del 2018 los jóvenes se convirtieron en blanco de detenciones, algunos aún se encuentran en prisión por opinar diferente, pero hay quienes no fueron capturados por la policía o parapolicías y aún así están privados de su libertad, escondidos, en casas de seguridad, sin poder llevar una vida normal. Esta situación violeta sus derechos humanos y les afecta física y psicológicamente.
Muchos jóvenes que se han visto involucrados en las protestas pacíficas contra la represión del régimen Ortega-Murillo y han ocupado cargos de representatividad dentro de los espacios de la sociedad organizada y han sufrido múltiples amenazas contra su integridad, por lo cual han tenido que optar por la clandestinidad como una opción para vivir.
Sin embargo, esta manera de vivir no ha sido nada sencilla para ellos, ya que les ha derivado múltiples problemas para su salud física, además de graves afectaciones a su estabilidad emocional. Han decido no exiliarse porque ellos creen que la manera de lograr un cambio en el país es desde dentro.
“Sin mayores argumentaciones legales, esta situación constituye una agresión psicológica. Es una limitación objetiva a la libertad de movilización, al derecho de expresar, al derecho de comunicarse y al derecho de asociarse”, afirma la defensora de derechos humanos Vilma Nuñez, directora del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos (Cenidh). Además, menciona que las violaciones a la libertad son aún mayores cuando los activistas y/o liderazgos no tiene acceso a ningún tipo de comunicación a través de internet.
“Me siento con miedo cada vez que me levantó, tengo pesadillas repetitivas con lo que viví en 2018 y estar encerrada en estas cuatro paredes me pone peor. Me he tenido que mover varias veces de casa, pero el miedo es constante y me persigue”, cuenta con evidente angustia una joven originaria del Pacífico del país que se vio involucrada en la toma de una universidad en la capital y luego pasó a involucrarse en espacios organizados de la sociedad civil. Esta joven activista feminista relata que formar parte de grupos opositores y haber sido rostro de los mismo, le costó tener que salir huyendo de la casa donde nació porque como afirma ella, «no podía seguir viviendo entre tanto acoso y asedio por parte de personas que la conocía desde pequeña».
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Como afirma Vilma Nuñez, estas vulneraciones son un conjunto de violaciones a los derechos humanos porque las personas se ven obligadas para preservar su vida y su seguridad, así que optan por autoaislarse. “En la medida que se exponga públicamente, pueden ser agredidas por las autoridades o ser víctimas de la delincuencia organizada, conformado por los militantes absolutamente sometidos ideológicamente”. Para la defensora, esta situación que viven los jóvenes es una restricción a la libertad personal e individual porque no están encerradas por decisión propia, porque incluso llamarle “autoencierro” no es tan exacto, porque incluye un porcentaje de voluntad. Sino que estos activistas se tienen que encerrar compelidos por el miedo que genera la persecución por parte del régimen Ortega-Murillo.
“Desde aproximadamente un año y medio he sido objeto de asedio por parte de grupos policiales de la dictadura Ortega-Murillo. Asedio en mi casa de habitación, en casa de mis familiares, impedir mi salida en algunos momentos y esto se recrudeció luego que resulte en un cargo de elección en la Unidad -Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB)- por el cual he recibido amenazas a través de redes sociales, amenazas a través de medios oficialistas. Además de eso persecuciones en las calles luego de eventos donde estábamos preparándonos para la contienda política de finales de este año”, comenta un liderazgo joven que forma parte de la UNAB y que prefiere no ser citado con su nombre debido a la situación de vulneración que actualmente está viviendo.
Otra joven comenta que, ha tenido que dejar de participar en actividades públicas por la situación y renunciar a la normalidad debido a su involucramiento. “No puedo tener un trabajo normal desde hace bastante tiempo, solo he podido estar en trabajos informales. Primero por la desconfianza de entrar a lugares y no conocer el tipo de personas que están ahí, si te pueden delatar. No puedo tener nada a mi nombre, estoy en una casa de seguridad y casi nadie sabe que estoy acá para que no me relacionen con la zona donde me estoy resguardando”, dice.
Como explica la psicóloga Whitney D´Leon Nuñez “el miedo es una respuesta biológica ante situaciones que percibimos como riesgosas para nuestra integridad. El miedo nos moviliza a buscar medios que nos procuren seguridad y protección. Sin embargo, ante este contexto de riesgo real y latente, me parece que el insilio puede venir acompañado de otras muchas razones. Por ejemplo, la intención de cuidado personal y colectivo, la defensa de la vida. Creo que es fundamental preguntarles a las personas que lo han vivido o lo viven, qué piensan y cómo lo sienten”, afirma la especialista en la salud mental.
“Tuve que salir de mi casa hace un par de meses porque desde que me involucré en las protestas de 2018, se sabía en mi barrio en lo que yo andaba metida y desde ahí inició el problema. Primero estuve en casa de familiares, pero la situación no era sostenible porque acudía a diversos eventos donde la policía y los paramilitares luego nos ubicaban a varios chavalos que andábamos ahí, así que ahora estoy en una casa de seguridad. Me asomo a la ventana para ver la calle, extraño salir, aunque sea a la esquina de la casa”, agrega la activista feminista.
Preocupación por su manera de sustento
Algunos de estos jóvenes han optado por compartir casas con otras personas porque han evaluado que la soledad en contextos tan difíciles no es lo recomendado, además que necesitan suplir necesidades básicas como su alimentación y tener contacto con el mundo humano. “Algunos de mis dos compañeros salen de manera moderada a conseguir las cosas básicas que necesitamos. Ellos a veces no duermen acá y esos días la paso peor, porque reviso que no me falte nada de las cosas que necesito, como el jabón, el papel higiénico o cosas tan básicas que yo podría ir a una venta y conseguirlas, ni puedo salir a recibir un pedido”, cuenta la joven.
Ella afirma que debido a la politización que se vive en las universidades luego del inicio de la crisis sociopolítica tuvo que abandonar sus estudios. “Aunque no me expulsaron directamente no pude seguir asistiendo a clases por el acoso de mis compañeros y hasta de los docentes. Dejé de estudiar y decidí trabajar en cosas informales que me daban para poder vivir, pero perdí mi trabajo porque en esta situación nadie está completamente estable. Ahora vivo del apoyo de mis padres y del apoyo que me da la organización con la que colaboro, pero desde la aprobación de Agentes Extranjeros tenemos miedo de que no puedan ingresar fondos al país”, comenta la joven.
De acuerdo a Núñez, igualmente esto representa una vulneración a sus derechos, porque afirma que las personas que viven esta situación se les ha “anulado de su personalidad, que los convierten en no persona que básicamente ellos mismos se sienten objetivizados incapaces de ejercer todos sus derechos, que es una especie de muerte civil. Sino puedes trabajar, sino puedes estudiar, te convertís en un no persona lo que está impulsado Daniel Ortega en contra de todas estas personas en extremas medidas de seguridad”.
Sin embargo, algunos de estos activistas han optado por tener más de un trabajo de manera informal para poder pagar los gastos para subsistir. Pero como han explicado, tiene que ser de manera muy discreta debido a las Ley de Agentes Extranjeros, y en estos trabajos informales no tienen acceso a cotizar, a seguro y no se les agrega a sus historiales de trabajo. “Para poder salir adelante hay que hacer un triple esfuerzo”, comenta una de las jóvenes.
Fuertes medidas de seguridad y afectaciones a la salud emocional
Para la especialista en la salud mental, D´Leon Nuñez primero se debe problematizar si puede considerarse esta medida como encierro voluntario cuando hay condiciones específicas que empujan a tomar esa decisión. “Para mí no es voluntario, sino una decisión impuesta por la violencia y persecución política”, dijo la joven.
Los jóvenes comentan que principalmente sus medidas de seguridad se recrudecieron luego del inicio de los encarcelamientos arbitrarios producto del temor de lo que representa esta nueva etapa de la represión para los activistas. “Por la situación de encarcelamiento se recrudeció tomé la medida de entrar en una situación en principio de semiclandestinidad y luego de clandestinidad total. Esto implica estar en una casa de seguridad, no tener contacto con familiares, tener resguardo en mis dispositivos electrónicos, no dar declaraciones públicas a medios de comunicación que implique una entrevista En Vivo y sobretodo no salir de la casa”, comenta el joven miembro de la UNAB.
Todo esto ha desarrollado graves consecuencias a su salud emocional y repercusiones en su salud física. “La carencia de afecto familiar, pero además el hecho de estar encerrado y no poder salir me ha generado crisis de ansiedad, además vivir bajo el constante estrés que han llegado al extremo de impedirme comer donde esos días solo he comido lo mínimo por estar pensando en la incertidumbre, no saber qué iba a pasar conmigo al día siguiente o que va a pasar en el futuro. Además de pensar en tomar la decisión, dependiendo de las circunstancias de salir del país. El cúmulo de todas esas situaciones me han provocado problemas en la piel”, agrega el joven opositor.
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La activista de la UNAB, menciona que muchas veces parece que todos los problemas están ligados a un solo padecimiento, como es el estrés. “A nivel psicológico y emocional yo he tenido que tomar medidas serias porque en 2020, estuve sola por bastante tiempo y pasé por un periodo de depresión bastante fuerte y la persecución hacia mí en ese momento fue el más crítico que me trajo un montón de repercusiones, no solo psicológicas, sino que también físicas. Desarrollé enfermedades que no tenía antes, diversas alergias, me diagnosticaron endometriosis, tengo crisis de migrañas diario. También desarrolle fibromialgia y parece que todas esas cosas no están conectadas, pero son producto del estrés y la condición psicológica hace que tu cuerpo termine desarrollando muchísimos padecimientos. No solo nos tenemos que cuidar físicamente de la seguridad, sino también todos los riesgos psicológicos que implica todo esto”, relata la joven.
La activista feminista de igual manera cuenta que producto del estrés y la ansiedad desarrolló trastornos de conducta alimenticia. “Por no estar acostumbrada a hacer lo que hacía antes y estar pensando constantemente en lo que va a pasar, empecé a tener problemas con mis hábitos alimenticios. Ya no estaba en mi casa, no comía a tiempo, pasaba la mayor parte del día dormida y cuando ya no aguantaba más empezaba a comer lo que había a grandes cantidades y después lo terminaba vomitando porque incluso comía hasta llorando. Estoy llevando terapia, pero pues la situación de incertidumbre estoy segura de que no voy a mejorar tan fácil”, comenta la activista feminista.
D´Leon explica que por naturaleza los seres humanos somos seres sociales y el insilio puede afectarnos de formas muy importantes. Ya que los niveles de ansiedad y estrés pueden desregular nuestras rutinas de sueño y alimentación, provocarnos experiencias emocionales que pueden resultar incómodas como irritabilidad, tristeza y preocupación intensa. Incluso, y en dependencia de las condiciones materiales del insilio, pueden experimentarse cambios en nuestra salud física por la falta de exposición al sol, al contacto y al movimiento, aseguró.
La decisión de seguir en el país
Varios dirigentes opositores han sido visibles han optado por salir del país para poder resguardar su integridad física. Sin embargo, esta no es una opción para todos ya que muchos no tienen los recursos suficientes para poder salir del país, aunque sea de manera ilegal, o porque por convicciones prefieren seguir en el país.
Mencionan que la decisión de salir del país es una decisión “subjetiva”, que desde el análisis de su situación personal asumen los riesgos de quedarse en Nicaragua porque se rehúsan a creer que el cambio se puede a hacer desde afuera. “Sigo en Nicaragua porque me rehúso a creer que debe ser una pareja y un grupo alrededor de quien está detentando el forzarme a salir del país o no. Además, creo que hay esperanzas de botar a la dictadura y que es dentro de Nicaragua que la dictadura va a caer, que es dentro de Nicaragua que los presos políticos van a ser liberados. También hay que tener un poco de empatía con las compañeras y compañeros presos políticos, y con la gran cantidad de liderazgos territoriales que están dentro del país resistiendo a la dictadura. Es poco probable hacer política y dirigir una organización desde el exilio cuando hay una gran exposición de ciudadanos dentro del país”, afirma uno de los jóvenes.
La directora de Cenidh, explica que este problema no solo se debe analizar como un problema de salud mental, sino que es una reacción ante una violación a los derechos humanos.