Recuerdo muy bien como ejercí mi voto durante la contienda electoral del 2001. Nuestro país estaba por ver el fin de un gobierno de turno que dejó mucho que desear. La corrupción masiva por parte de Arnoldo Alemán y sus colaboradores llegó a dejar un sabor sumamente amargo en el paladar de muchos nicaragüenses, y durante los inicios de ese año, las noticias sobre una huaca que poco a poco se destaparía, no ayudaban a generar confianza hacia el porvenir.
Aquella Nicaragua soñada donde, como dijo el entonces candidato a la Presidencia, Enrique Bolaños, durante un discurso de campaña: “Reine la verdad, la honradez, la justicia para todos”, estaba cada día más lejos de convertirse en realidad.
Durante ese discurso, a escasas semanas de las elecciones, el señor Bolaños añadió que el vencimiento de la corrupción, perversión en el uso de poder y caudillismo era primordial y que iba a ser su misión cumplir con eso.
Pero, en nuestro país tan especial, esos “3 grandes vicios” aún no han podido ser erradicados.
A pesar de los problemas sociopolíticos de ese entonces, fui a hacer fila con personas que no conocía en un lugar igualmente desconocido. La gente platicaba entre ellos mismos —aún no existía eso de que todos tenían un celular—. Dentro de la Junta Receptora, el proceso se llevó a cabo sin incidente alguno y, sobre todo, no había señal alguna de amenaza policial, a pesar de que estuvieran presente, o de individuos dudosos y afines al gobierno o el partido opositor. Los que aspiraban a la Presidencia no se encontraban presos ni acusados de delitos falsos y ridículos, ni se hablaba de boicotear el proceso, mucho menos promover no ir a votar.
En un año donde el terrorismo se había pronunciado a nivel mundial, el ambiente en Nicaragua estaba en “relativa” calma, a pesar de que aún estaba aquel, que dejó la Presidencia en 1990, pero nunca llegó a soltar el poder; siempre ahí, “gobernando desde abajo” y que durante esa contienda buscaba una vez más su retorno oficial.
Cómo han cambiado las cosas, ¿no?
A diferencia del 2001, hoy la oposición habla de no participar en lo que todos conocemos como una farsa electoral quizás no vista desde los tiempos del dictador anterior. En las veces que pude ejercer mi derecho constitucional me trasladé a la Junta Receptora que me tocaba, aguanté el tiempo que fuera en una fila donde el calor, mal humor y diferencias políticas pudieron haberme disuadido de tachar mi boleta. Pero no… ¡yo voté!
Hoy, no me encuentro en mi patria, pero si tuviera la oportunidad de ejercer mi voto en esta contienda, no iría y creo que muchos comparten ese sentimiento. Las razones han sido dadas por incontables personas, tanto en los medios informativos como las redes sociales. Pero para mí, la razón que sobresale sobre cualquier otra tiene que ser la siguiente: sería darle la espalda a quienes perdieron sus vidas, su futuro o su libertad. Nicaragua ha perdido su patria a manos de una minoría armada hasta los dientes y por mucho que quisiéramos tenerla de vuelta a través del voto, la forma como la dictadura ha forzado esta versión de elecciones al pueblo ha sido la más vil y absurda posible.
Estas no son elecciones… Como un individuo que recibe fondos por parte del régimen para propagandizar a través de su programa televisivo insinuó: el comandante ya está electo; las elecciones simplemente van a confirmar ese hecho. La dictadura necesita que la población salga a votar para aparentar, aun sabiendo que la realidad es otra. Así como tuvieron miedo cuando todos salieron a las calles a partir de aquel abril, sienten el mismo miedo al imaginar esas calles vacías el 7 de noviembre.
¿Para qué ir a votar? y ¿para quién? si ninguno de los dizque candidatos —ante los ojos de un Azul y Blanco— representa al pueblo sufrido y cansado del statu quo. La gran mayoría son conocidos zancudos que no se identifican para nada con el levantamiento de abril. En mi caso, si pudiera votar —lo cual no puedo, pero si pudiera—, me abstendría aun si el candidato fuera “el Firulais”, aquel perro sinónimo de la lucha.
Como dijo Fabián Medina en un artículo: “Yo quiero votar, el problema es que mi candidato está preso. Todas las personas que podían ser mis candidatos fueron apresadas”. Al mismo tiempo yo quisiera añadir que, como nación, Nicaragua entera está apresada, y votar bajo estas tristes circunstancias no sería ejercer un derecho constitucional, sino aportar a una mentira que solo servirá para legitimar a alguien que no lo merece y fomentar el seguimiento de esos 3 grandes vicios que el expresidente Bolaños trató de combatir, pero simplemente no pudo.
Si aún piensa ir a votar, adelante, está en su derecho. Algunos lo harán por cuestión de principios, pero hay que estar más que claro que el resultado efectivamente está escrito desde hace rato gracias no solo a esta dictadura, sino también por otros factores que también dejaron mucho que desear. Tristemente, en Nicaragua la verdad, la honradez y la justicia seguirán enterradan, bajo llave, en el exilio o siendo simplemente una cosa de sueños.El autor es escritor de obras sobre los inicios de la rebelión de abril en Nicaragua. Puede descargar sus libros a través de http://nestorcedenoautor.wordpress.com/libro