Hambre en el comunismo

El medio digital argentino Infobae y agencias internacionales de información han dado a conocer la noticia de que el régimen comunista de Corea del Norte —oficialmente denominada República Popular Democrática de Corea—, advirtió a la población que debe consumir menos comida de aquí hasta el año 2025.

     La ingesta alimentaria de los norcoreanos ya es reducida, pero tienen que disminuirla más. La ineficiencia económica del sistema comunista, unida a la pandemia del coronavirus y el cierre de las fronteras con China, que es su principal y casi único proveedor de alimentos y otros bienes de consumo, tienen a Corea del Norte al borde de otra hambruna.

     Con despiadada franqueza, las autoridades comunistas norcoreanas le han dicho a la gente que debe prepararse para una emergencia alimentaria peor que la sufrida entre los años 1994-1998, cuando una gran hambruna mató a más de 3 millones de personas, casi el 10 por ciento de la población.

     Según informaciones de Naciones Unidas, actualmente más de 10 millones de norcoreanos se encuentran en la condición de desnutrición y un 70 por ciento depende de la ayuda alimentaria de emergencia. Y la situación tiende a empeorar porque los gobernantes se cruzan de brazos y se limitan a anunciar la nueva hambruna, mientras la reducida capa gobernante, y en particular la familia del presidente Kim Jong-un, viven en una obscena opulencia oriental.

     No obstante, en medio de la miseria de la población Corea del Norte es uno de los pocos países poseedores de armas atómicas, que las sigue produciendo ante la preocupación de la impotente comunidad internacional.

     Corea del Norte es uno de los cinco países comunistas que quedan en el mundo. Los otros son Cuba, China, Laos y Vietnam. Pero solo el régimen norcoreano se niega a aplicar reformas económicas y abrir espacios a la economía de mercado, que aun cuando son reducidos activan la economía y producen beneficios que al menos impiden caer o seguir en la lipidia.  

     Carlos Marx, en su libro Crítica del Programa de Gotha predijo que en el comunismo las fuerzas productivas se desarrollarían poderosamente y “correrían a chorro los manantiales de la riqueza colectiva…” Pero era una ilusión, o una utopía, o una enorme mentira.

En la realidad el comunismo resultó ser un sistema eficaz, pero de producir pobreza y miseria, como dicen algunos economistas y sociólogos del mundo democrático. Lo aseguran basados en la experiencia práctica, desde la del comunismo soviético que se instauró en 1917 hasta la de Corea del Norte, en la actualidad. Además esa certeza la ha venido a reafirmar el experimento comunista de Venezuela, bajo la bandera chavista del socialismo del siglo 21.

En vez de producir riqueza a chorros, de asegurar el bienestar social e individual pleno, y de convertir el trabajo en una necesidad vital, y no de un ordinario medio de vida y subsistencia, como prometió Marx, el comunismo esclavizó a los trabajadores, hundió a la gente en la miseria, y en lo político y social no reconoce ni permite a las personas ninguna clase de derechos ni libertades.

La explicación del fracaso económico del comunismo es sencilla, aunque algunos asombrosamente no lo entienden ni lo quieren aceptar. La economía en el comunismo no puede ser productiva porque no es competitiva, e inevitablemente conduce al fracaso. Y es evidente —aunque también asombrosamente algunos no lo quieran ver—, que la economía de mercado basada en una sana competencia es el mejor sistema económico posible.

Los nicaragüenses lo pudieron comprobar en los años noventa del siglo pasado, cuando el gobierno democrático de doña Violeta Barrios de Chamorro y la UNO sustituyó la economía estatista y procomunista creada por la revolución sandinista, con la economía de libre mercado y competencia que sacó al país y a la gente de la miseria y la calamidad económica y social.

Editorial
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