/ Cefas Asensio Flórez

Transculturación e Interculturalidad

La conquista y colonización de América dejó una huella profunda e ineludible en la identidad de nuestros pueblos, en lo que hoy es Latinoamérica y el Caribe; una identidad compleja y en construcción continua.

Aquel acontecimiento histórico es celebrado como Día de la Raza o de la Hispanidad por unos; conmemorado como Día de la Resistencia Indígena por algunos, y reflexionado como Encuentro de Dos Mundos por otros. Lo cierto es que fue un enorme e impulsivo proceso de transculturación mediado por importantes gestores de la Iglesia católica, lográndose un mestizaje racial y una suerte de mestizaje cultural de lo indígena, lo hispanolatino y lo afrocaribeño. Esta triple mezcla cultural en evolución (indígena-hispanolatina-afrocaribeña) evidencia que nuestra identidad, esa esencia que nos distingue de otras regiones y poblaciones del planeta, es fundamentalmente mestiza y en constante mestizaje. 

Es importante hacer conciencia de que lo que somos hoy, no solo de lo que un día fueron nuestros ancestros. Ya no somos los indios ancestrales puros que encontraron los conquistadores; tampoco nos convertimos en una suerte de españoles en territorio americano, como se convirtiera la sociedad estadounidense, por una especie de extensión cultural, en una suerte de ingleses en tierra norteamericana.

Nuestra nacionalidad cuenta con el ejemplo de proyecciones universales de la genial heroicidad cultural de Rubén Darío, quien como magistralmente explica Sergio Ramírez en su ensayo Tambor olvidado (Mulatez y mulatidad), lograra los más altos niveles de creatividad utilizando esa triple mezcla, aunque el mismo Rubén no estuviera totalmente consciente de su veta de mulatidad, sino que fuera don Juan Valera quien descubriera, aquilatara y definiera tal mezcla como una rara quintaescencia.

En este traslado de cultura, no obstante, creo que hemos ganado más los latinoamericanos y caribeños, ya que hoy conservamos parte de los valores, lengua, visiones y etnicidad indígena, así como lo propio de la ancestralidad afrocaribeña; habiendo incorporado en nuestra identidad grandes aportes de la cultura hispánica. Sí, podríamos afirmar que hispánica la mayor parte; aunque mediada por la imaginación e idiosincrasia autóctona; un torrente del que, sin embargo, hemos de apreciar y cultivar aportes a la religión y religiosidad, la belleza, las artes, arquitectura, tecnología, ciencias, organización social, entre otros. 

El orgullo de nuestra identidad, sin embargo, se juega a mi entender en el sentido y aportes a la calidad de la convivencia humana. Y si bien creo que salimos ganando de un proceso de transculturación mediatizado por la religión católica, hoy día hemos de reflexionar sobre la naturaleza de los procesos experimentados en la construcción histórica de nuestra identidad. 

La transculturación ha sido y es el dominio de la corriente cultural más fuerte, imponiendo su pensamiento y condiciones para multiplicar su visión del mundo, tiene la desventaja de violentar de la dignidad de las sociedades, sin intercambio, diálogo o complementariedad de valores. En cambio, más que una mediación a la transculturación, hoy contamos con la interculturalidad, que son las condiciones de intercambio de visiones, valores, experiencias y conocimientos; procesos y experiencias en que ambas partes aportan y se complementan, enriqueciéndose mutuamente. 

La interculturalidad es la experiencia que nuestra región, y por supuesto nuestro país, requiere, tanto para sostener esa triple mezcla identitaria, haciéndonos sentir orgullosos de cada componente: lo indígena, lo hispanolatino y lo afrocaribeño, reconociendo lo que de cada uno tenemos y cultivándolo para fortalecer nuestra autoestima y mayor capacidad de intercambio, como en su campo llegara a explorar y explotar Rubén. Interculturalidad para un intercambio real y a fondo entre los diferentes grupos étnicos, lingüísticos y culturales que debe enriquecer nuestra identidad, enriquecer nuestro pensamiento, nuestras sensibilidades, nuestras creatividades y soluciones. Esto nos llevará a concretizar sociedades unidas en la diversidad.

La interculturalidad es también un ejercicio de derechos humanos en educación, cultura, economía, medio ambiente que nos fortalecerá como naciones latinoamericanas y caribeñas en un contexto internacional globalizado y globalizador, en el que nos exponemos día a día a diferentes culturas, pensamientos, maneras de hacer y resolver problemas sociales, científicos y tecnológicos, posibilidades de trabajar a distancia, aprender diversas lenguas. Este ejercicio nos permitirá purificarnos de influencias internalizadas de liderazgos negativos, de métodos impositivos de valores culturales y pensamientos ideológicos, propios de culturas y pensamientos dominantes. 

Asumiendo nuestro mestizaje latinoamericano y caribeño abierto al mundo, como una experiencia de interculturalidad permanente, cerraremos trampas a nuestras mentes discriminatorias que tienden a rechazar lo diferente. De esta manera, abonaremos a una convivencia en democracia con múltiples identidades que se complementan y aportan al desarrollo humano sostenible.

El autor es educador.

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