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Para poder cruzar la frontera entre México y Estados Unidos, los migrantes deben cruzar el río Bravo. LA PRENSA/ AFP

“Las condiciones en las que te movilizan son inhumanas». Relato de una nica que se fue “mojada” a Estados Unidos

A sus 31 años emigró junto a su hermano, primos y una amiga debido al contexto desalentador del país y la incertidumbre en víspera de elecciones presidenciales

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Fueron 21 días de camino. Viajó en bus, vehículos particulares y a pie. A «Marcela» le tomó 21 días llegar a Estados Unidos de forma irregular, sin pasaporte ni visa de entrada y mínimo equipaje para una mudanza definitiva. Durmió en el suelo, enfermó de covid-19, conoció a miembros de un cártel mexicano y pasó el río Bravo en balsa. Aún con todas esas dificultades y peligros, considera que tuvo un afortunado viaje, pero afirma que no volvería a irse «mojada» a otro país.

Navegando entre el miedo y la ilusión, la joven nicaragüense de 31 años se despidió de sus padres a la medianoche del 18 de agosto de este año para alcanzar el bus que partía con destino a Guatemala. Estaba «lista» para su osada travesía: equipaje ligero —solo un par de mudadas—, un botiquín, un rosario, una medalla de San Benito, aceite ungido y dinero en efectivo a mano. Ya había cerrado con anticipación el trato con el «coyote» y reunido los tres mil dólares que le costaba el viaje «de entrega».

Marcela, graduada en Administración de Empresas en la Universidad Centroamericana (UCA), decidió salir de Nicaragua junto a su hermano de 29 años, su prima y su primo de 18 y 24 años, respectivamente, y una amiga de 39 años. Todos dejaron sus casas por la situación sociopolítica y económica del país. No son perseguidos políticos ni delincuentes fugitivos, solo cinco jóvenes nicaragüenses desesperados por la incertidumbre del país. Pesó en ellos más la carga de la vida de desempleados, endeudados y las carencias en sus hogares, que las noticias de migrantes secuestrados o asesinados por cárteles mexicanos o las historias de supervivencia que le contaron sus amistades y familiares, quienes también se aventuraron a emigrar hacia el país americano tiempo atrás.

«Estábamos en el dilema que no queríamos pasar las elecciones allá (en Nicaragua) porque no sabemos qué va a pasar y nosotros preferimos salir antes de las elecciones», expresa Marcela.

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La familia de Marcela cree que después de las elecciones, la situación en el país será peor. Su padre es cadete de taxi y su mamá, ama de casa. A esta joven, quien laboraba de cajera en un hospital privado, le pesaba la idea de que ella o su papá se quedaran sin trabajo y no poder sobrellevar la carga del hogar. Su hermano, quien también viajó a EE. UU., tenía un trabajo en una pizzería, pero debido a la crisis de 2018, y ahora la pandemia, le redujeron a la mitad su salario y no bastaba para saldar sus deudas y mantener a su esposa y su niña de 1 año.

Marcela comenta que de alguna manera se sentían «preparados» mentalmente por todo lo que implicaba el viaje, sin embargo, la realidad superó cualquiera expectativa y preparación.

El punto rojo en el itinerario: salir de Nicaragua

El grupo de jóvenes nicaragüenses partió hacia Guatemala la madrugada de aquel 19 de agosto en una «excursión» —un autobús que realiza paradas hasta llegar a su destino y sus condiciones y costo es menor que el de los transportes convencionales— que salió de un lugar céntrico de Managua con rumbo a Honduras. Para poder llegar a Guatemala se debe hacer una pausa por el país catracho y realizar los trámites migratorios que le permitan a la persona transitar o atravesar legalmente el territorio y así llegar a su destino.

Debido a que los centroamericanos pueden viajar entre los países de la región solo con su cédula, los nicaragüenses no tuvieron problema en los puestos fronterizos de los demás gobiernos, no así en Nicaragua, donde la espera se volvió engorrosa y fueron sometidos a molestos interrogatorios.

«Salimos por (el puesto fronterizo) Las Manos y ahí entrevistaron a mi primo y a unos muchachos que venían de Boaco y Estelí. Les preguntaron que cuál era su destino, que por qué se iban y los amenazaban que si no les contestaban con la verdad no les dejaban salir (del país)», relata Marcela.

«Cuando salimos de Nicaragua fue un respiro porque vos sabés que ellos (las autoridades) pueden inventarte cualquier cosa para no dejarte salir», agrega.

Una vez en Honduras, el viaje para atravesar todo ese país y llegar a la frontera con Guatemala duró un día y medio, recuerda la joven.

Un coyote «fantasma»

Al llegar a la terminal de la «excursión», en Guatemala, los jóvenes creyeron que se encontrarían con el coyote con el que cerraron el trato, pero no fue así. Durante todo el viaje solo una vez pudieron verlo y fue hasta casi el final del trayecto. El único contacto que tenían con el negociante era a través de mensajes por el teléfono. La incertidumbre fue su compañera de viaje.

Para que la “entrega” les resultara más barata a los jóvenes, acordaron con el coyote que el punto de recibimiento sería en Guatemala y no desde Nicaragua. El costo inicial de este viaje era de cinco mil dólares. El grupo de jóvenes pagaron tres mil dólares por el viaje de entrega e incluyó hospedaje en Guatemala y alimentación.

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Infografía: Luis Gozalez/LA PRENSA

Cuando Marcela y sus familiares se enteraron de que otra persona los recogería en la terminal de buses en Guatemala, apenas se dieron una idea de cómo funcionan estos tipos de viajes: toda un red de personas que trabajan para o en conjunto con el coyote.

El encargado de recoger a los nicaragüenses los llevó a un hostal donde la indicación fue no salir de la habitación y que debían abordar un bus a las 5:00 de la mañana del 21 de agosto, el cual los dirigiría hacia la frontera entre Guatemala y México. Todo estaba arreglado entre el conductor de ese bus y el coyote. Los jóvenes solo debían seguir las instrucciones.

«La Policía (de Migración de Guatemala) detuvo el bus como diez veces, pero como andábamos legales, nosotros reclamamos por qué nos iban a detener», recuerda Marcela. El recorrido finalizó hasta llegar a un hotel, cerca de México, donde debían dormir y esperar el día siguiente —22 de agosto— para salir nuevamente de mañana y tomar otro bus, donde finalmente cruzarían hacia el país mexicano.

«Yo le dije al coyote que las cosas se estaban poniendo peor porque ya estábamos cerca de la frontera con México y la Policía de Migración estaba más encima. Nosotros recorrimos Guatemala solitos, no íbamos con coyote, ellos solo nos recibían y nos montaban al bus. Yo le pregunté si no nos iba a pasar nada y lo que me dijo fue ‘no se preocupe, que todo está arreglado'», comparte Marcela.

Y así fue. Durante el recorrido las autoridades migratorios se hicieron de la «vista gorda» y los nicaragüenses no tuvieron problemas en llegar hasta la frontera con México. «Llegamos al punto y ahí nos recogió otro muchacho donde nos llevó a su casa, cenamos y nos avisó que otra gente nos venía a recoger», relata Marcela. Ya era la noche del 22 de agosto.

México y los cárteles

El padre de Marcela, quien se opuso en todo momento a que su hija se fuera «mojada» a Estados Unidos, no logró que cambiara de opinión. Su madre, por el contrario, aunque temía por la vida de su hija, apoyó la idea que la joven venía «maquinando» desde hace más de un año, y «que por fin» tenía la oportunidad de hacerla realidad.

«Mi papá no estaba de acuerdo porque él se vino igual que yo, él fue deportado como hace 15 años, entonces él ya conocía la travesía y el peligro, pero me vine en contra de su voluntad porque en Nicaragua las cosas están mal», se sincera Marcela.

La nicaragüense recordó las palabras de su padre cuando estaba a un paso de llegar a México, uno de los países donde se mueven fuertemente los cárteles del narcotráfico. Su cruce se volvió como de película. «Nos montaron como en una minivan y nos dijeron (los conductores) que íbamos a pasar la frontera de México y que debíamos agacharnos, solo podíamos levantarnos hasta cuando nos avisaran», cuenta Marcela.

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«A pesar de que se escucha que en Guatemala hay maras, a mí no me dio miedo. Pero llegar a México es otro nivel y fue como encomendémonos a Dios que ahora sí viene lo peor y así fue», llegó a pensar Marcela.

Esta es la medalla de San Benito en la que se refugió Marcela, quien en los peores momentos se dispuso a rezar para llegar con bien a su destino. En el camino perdió el rosario.

Lograron cruzar la frontera sin ningún inconveniente la noche de ese 22 de agosto. Ya en México, los conductores llevaron a Marcela y su grupo a una casita sencilla. Allí se encontraron con otras 20 personas de otras nacionalidades, amontonadas y durmiendo en el suelo.

El miedo y la asfixia

«Nos mueven a la medianoche y nos meten a unas camionetas grandes, negras, polarizadas, tipo las que usan los narcos. Eso sí fue lo peor. Si en el vehículo alcanzaban seis-siete personas, ahí metieron como a 20. Todos apiñados, unos encima de otro, ahí empezamos lo peor. Fue horrible, no podías respirar de tan amontonados que íbamos», confiesa Marcela. El miedo y el hacinamiento eran asfixiantes.

La nicaragüense cuenta que en el viaje iban niños y hasta familias enteras. Cuenta que durante esos traslados, las mujeres son víctimas de manoseos y abuso sexual. A todos les da horror morir asfixiado, como casi le ocurre a su hermano, que debido al estrecho lugar y falta de aire, se le bajó la presión y se descompensó varias veces.

«Él me contó que se venía ahogando, que se desvanecía, y así venían casi todos, otros muchachos hasta vomitaron, ¿te imaginás en un lugar cerrado eso? A mi hermano lo tuvieron que levantar para que se pegara al techo del vehículo, donde corría aire», comparte Marcela.

Después de unas dos horas de viaje, calcula Marcela, los conductores trasladaron al grupo de migrantes a un microbús. «Viajamos otras cuatro, cinco horas de camino. Llegamos a un casa donde nos presentaron a unos guías, que ya estarían con nosotros en el resto del camino. Esos no son los coyotes con los que hacés el trato, el coyote que contratamos dirigía a esos hombres», manifiesta Marcela.

En esa sencilla vivienda donde llegaron los nicaragüenses y el otro grupo de migrantes, ya se encontraban unos 300 ciudadanos de otras nacionalidades, calcula Marcela. «Solo esperaban a nosotros para poder salir». Sin dormir y sintiendo que sus cuerpos fueron apaleados, se unieron al resto de gente y fueron distribuidos en vehículos para seguir viajando otras seis horas —parte de la madrugada y la mañana— más amontonados y con el peligro de asfixiarse. Debido a esa situación, ninguna de las personas usaban mascarillas y menos que priorizaran el lavado de manos o desinfección de manos.

Cuando llegaron al punto, una finca, la estadía fue de unas seis horas para nuevamente moverse a una finca más pequeña y luego a una casa. Allí los migrantes permanecieron dos días. «Era un lugar muy caliente y era sofocante, dormíamos a como podíamos en el piso».

«Yo pasaba llorando»

Durante el traslado de una finca a otra, llegaron a Puebla, donde Marcela se dio cuenta que tenía covid-19. Padeció todos los síntomas: fiebre, dolor de cuerpo, espalda, perdió el sentido del gusto y olfato. «Yo llevaba mis medicamentos, mi botiquín, pero para una calentura, un dolor de cabeza, diarrea, pero no para covid-19. Dios en su misericordia hizo que no me diera fuerte y que me diera cuando justamente no nos movieron como por tres días».

«Para mí no fue fácil. Yo lloraba, yo entré en depresión, yo estaba arrepentidísima, pensaba ‘a la puta, a qué hora vine aquí’, pero mis primos, las personas que estaban ahí, me animaban (…) Yo no puedo decir que los coyotes son malos, pero las condiciones en las que te movilizan son inhumanas», lamenta la joven.

Los viajes en vehículos continuaron hasta llegar a Reynosa, cerca de la frontera con Estados Unidos. «Cada vez que nos movían era horrible (…) Cuando ya estábamos cerca, el guía nos dice que nos alistáramos que venía lo peor, y qué era lo peor, que ya veníamos con los cárteles. Ellos (los guías) les pagan para que nos dejen pasar, entonces el cártel lo que hace es que te baja del vehículo para contar cuántas personas trae el guía y poder cruzar», asegura Marcela.

«Llegamos a un lugar árido, donde se bajaron unos majes en unas grandes camionetas con unas grandes armas. Nos contaron e íbamos a seguir, pero a ellos (los cárteles) le avisaron que no nos moviéramos porque habían policías en el camino y que nos metieran a una bodegas. Nosotros ya estábamos resignados porque estábamos en territorio del cártel, pero no, nos dejaron ir y continuamos hasta Reynosa, donde llegamos a una casa bien humilde, de ahí nos trasladan a la frontera, para cruzar el río (Bravo)», señala Marcela.

Infografía: Luis González/LA PRENSA

El grupo de nicaragüenses no podía creer que atrás habían dejado Nicaragua, Honduras, Guatemala y atravesado el temido México. Solo era cuestión de un par de horas para estar en suelo estadounidense. «Nos aconsejaron que al pasar el río (Bravo) no dijéramos que éramos nicas porque iban a cobrarnos más los dos hombres que esperaban por nosotros, que dijéramos que veníamos de El Salvador», recuerda la joven.

«Cruzar el río fue lo más rápido y lindo de todo el viaje porque gracias a Dios nos agarraron esas dos personas, nos tomaron fotos y nos cruzaron en balsa. Ellos nos dijeron que al pasar el río, siguiéramos el camino hecho que estaba a la izquierda, que nos llevaba a Migración, a lo largo se miraba un puente que es donde se manejan las autoridades migratorias. Caminamos como media hora cuando Migración nos agarró», dice Marcela.

Migrar solos, pero también junto a miles

El día que Marcela y su grupo se entregaron a las autoridades migratorias estadounidense, otras 30 personas más lo hicieron, desconocen si habían más nicaragüenses, aunque recuerdan que al salir de Nicaragua, en el bus de excursión, venían más compatriotas.

Según datos del Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos, solo en julio de este año fueron detenidos unos 13,391 nicaragüenses que intentaron ingresar de manera irregular a ese país. Esta cifra se duplicó en comparación con junio, cuando la institución reportó el ingreso de 7,441 nicas a ese territorio.

A raíz de las represión gubernamental contra las protestas de abril de 2018, la población migrante nicaragüense aumentó, y desde entonces se ha mantenido constante; sobre todo ahora, desde que el régimen de Daniel Ortega aprobó leyes represivas en contra de los ciudadanos disidentes de su línea política y ha asfixiado cualquier bloque opositor, además de los efectos de la pandemia en el país.

Debido a esta situación, cientos de nicaragüenses ven como una buena opción Estados Unidos, donde ingresan por puntos ciegos desde la frontera con México. Algunos deciden entregarse a las autoridades de Migración para solicitar asilo político y otros son capturados por las patrullas fronterizas.

Marcela y su grupo solicitaron asilo político y están a la espera de que se lleven a cabo las audiencias y haya una resolución.

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