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Urge innovar en energía verde para resolver el cambio climático

Desde los programas de noticias hasta los de entrevistas, gran parte de los medios de comunicación hacen creer que las energías renovables están a punto de imponerse en el mundo. Pero ese relato está muy lejos de la realidad. En 2019, el último año con datos completos, el 81 por ciento del suministro energético mundial procedía de los combustibles fósiles, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Incluso si todas las naciones cumplieran sus actuales promesas climáticas, la AIE estima que el uso de combustibles fósiles seguiría representando el 73 por ciento en 2040.

¿Cómo puede ser esto posible cuando los titulares anuncian constantemente el futuro de la energía solar y eólica? En parte, porque las renovables producen sobre todo electricidad, que es solo el 19 por ciento de toda la energía que consume el mundo. El resto se utiliza para cosas como la calefacción, el transporte y la producción de bienes como el acero y los fertilizantes. Incluso si toda la electricidad se volviera verde, la mayor parte del mundo seguiría funcionando con combustibles fósiles.

Además, la mayor parte de la electricidad no es verde: casi dos tercios se siguen generando a partir de combustibles fósiles, mientras que la energía nuclear y la hidráulica aportan otra cuarta parte. La energía solar y la eólica, favoritas de los ecologistas, solo generan el 8 por ciento. Aunque las energías renovables se presentan a menudo como la fuente de energía más barata, esto solo es cierto cuando brilla el sol y sopla el viento. En cambio, si es una noche tranquila se necesita energía de reserva, normalmente de combustibles fósiles, lo que encarece la electricidad porque hay que pagar tanto el panel solar como la turbina de gas. La Unión Europea, que obtiene el 17 por ciento de su electricidad de la energía solar y eólica —el porcentaje más alto del mundo— también tiene algunos de los costos más altos de electricidad al consumidor.

En cuanto al uso de combustibles fósiles, el continente más ecológico es África. Casi la mitad de su energía procede de energías renovables, sobre todo de la madera, el estiércol y el cartón que se queman para cocinar y calentar, lo que mata a unas 700,000 personas al año en el África subsahariana por la contaminación del aire interior. Más de 500 millones de africanos carecen de acceso a la electricidad. El desarrollo económico puede sacarles de esta situación poco envidiable, pero también significará que los africanos utilizarán muchos más combustibles fósiles que en la actualidad. Para dar una idea de cuánto podría crecer: California utiliza más electricidad en sus piscinas y jacuzzis que los 44 millones de habitantes de Uganda en total.

Reducir los combustibles fósiles tan rápidamente, como quieren algunos ecologistas, será tremendamente difícil. En 2020, los cierres por la pandemia de la covid-19 obligaron al mundo a reducir considerablemente las emisiones de carbono. Pero para cumplir por completo los acuerdos climáticos de París, las Naciones Unidas dicen que las emisiones mundiales tendrían que descender aún más cada año durante el resto de la década. En 2021, las emisiones deberían bajar más del doble del descenso inducido por el encierro. A finales de 2030, tendrían que haber caído 11 veces más que en 2020. Esto no es precisamente realista.

Por lo tanto, tenemos que impulsar la innovación para crear una mejor energía reducida en CO2 a partir de las próximas generaciones de energía eólica y solar, de fusión, de fisión y geotérmica. Las innovaciones que hagan que una sola de ellas sea más barata que los combustibles fósiles podrían suponer por fin el avance necesario para que todo el mundo, incluidos China, India, América Latina y África, cambien gran parte de su consumo energético hacia las emisiones cero.

La financiación de la I+D verde debería ser una de las prioridades de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) que se celebrará en el mes de noviembre en Glasgow (Escocia). Si pudiéramos innovar en energía verde y lograr que sea más barata que los combustibles fósiles, habríamos resuelto el calentamiento global.

El autor es presidente del Copenhagen Consensus Center y visiting fellow en Hoover Institution de la Universidad de Stanford. Ha sido considerado una de las 100 personas más influyentes del mundo por la revista Time, una de las 75 personas más influyentes del siglo XXI por la revista Esquire y una de las 50 personas capaces de salvar el planeta por el periódico The Guardian, del Reino Unido. Su más reciente libro es False Alarm, que se suma a sus numerosas publicaciones, entre ellas los best seller El ecologista escéptico” y “Cool It”.

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