Llegué apresurada al Manolo Morales en búsqueda de la primera dosis de la vacuna contra la covid-19. A la 1:30 de la tarde, tomé un taxi bajo el inclemente sol, con la esperanza de aprovechar lo que parecía la gran oportunidad que estaba esperando desde el lunes, cuando en Managua se anunció el inicio de la inmunización de las personas mayores de 30 años.
Tomé mi bolso, decidí no almorzar para no perder tiempo y caminé apurada por casi un kilómetro desde mi casa hasta la zona céntrica de donde resido para conseguir un taxi que me llevara de urgencia al Manolo Morales. Estaba decidida a no perder esta oportunidad, que me parecía única: en los medios y redes sociales se propagó la información de que las casi infinitas «colas» en este hospital habían cesado a esa hora.
«Venite rápido, no hay cola», me animó aún más un conocido que desde temprano estaba adentro esperando su turno. En medio del caos y el embotellamiento, el taxi arribó cerca del hospital a las 2:00 de la tarde. El sol era un asador de piel humana. Las bocinas de taxis, buses y conductores particulares no paraban de sonar intentando circular por la estrecha vía que lleva a la entrada principal del Manolo. Varios policías intentaban agilizar el paso, pero parecía imposible, precisamente por lo estrecho del lugar.
Iba convencida de que era mi oportunidad de conseguir la vacuna allí, porque el Hospital Lenín Fonseca y el Bertha Calderón —que hasta ese momento habían sido habilitados en Managua— ya habían sido descartados como opción para vacunarnos no solo por la lejanía de estos respecto a mi residencia, sino porque en esos lugares «las largas colas» eran tan similares como en el Manolo.
Tenía hambre. Sentía seca mi garganta, tenía sed. Trataba de no pensar en ello, porque mi único objetivo en ese momento era llegar pronto al Manolo para ingresar y vacunarme. Creí que era mi única y extraña oportunidad. Crucé corriendo en medio de los buses y carros hasta llegar al portón principal del hospital. Efectivamente no había «cola» en los alrededores. Me sentí aliviada.
Un familiar ya estaba esperándome. Al igual que yo, había pedido permiso de manera repentina a su jefe cuando le informé que la afluencia de personas en las afueras del hospital había disminuido. Así que ambos, que habíamos esperado este chance, decidimos no dejarlo pasar.
El Manolo tiene dos ingresos por el lado de la pista del mercado Roberto Huembes. Antes de llegar al portón que te conduce a las instalaciones del hospital, debés cruzar uno principal, que es una especie de parqueo, donde las ambulancias y pacientes desfilan en todo momento.
Estaba semivacío, aunque a lo lejos divisé en medio de una malla ciclón a una gran cantidad de ciudadanos que desde temprano habían llegado en busca de la vacuna y que ya habían ingresado por el portón secundario que conduce a las instalaciones centrales donde estaban inmunizando.
Adentro las personas estaban bajo toldos, sentadas sin distanciamiento social, con mascarillas, esperando turno y organizadas en bloques. El proceso lucía rápido y ordenado, aunque a cada momento se escuchaba reclamos y quejas entre los que hacían fila contra algún listo que aparentemente quería cruzar de un bloque (grupo organizado) a otro para acercarse más a la zona de vacunación.
En las inmediaciones del parqueo, donde aguardaba mi turno para ingresar, la cola empezó a ensancharse. Era gente, que, al igual que a mí, les llegó la noticia de que en las afueras del hospital no había fila. Lo que era una buena señal, porque la aguja del reloj apenas marcaba casi las 3:00 de la tarde, relativamente temprano comparado con el día anterior cuando a esa hora —según comentaban vendedoras que estaban ahí—, la cola era inmensa y aún así no se paró el proceso de inmunización hasta pasadas las 11:00 de la noche. Me llenó aún más de esperanza.
El rumor se hizo realidad
Estaba animada. Incluso no me importó que el cielo empezó a ponerse gris, lo que auguraba el «mundo de agua» que se acercaba, aunque al final resultó ser un chubasco, lo que aumentó el bochorno tras un día soleado. Y mientras esperábamos, la cola de gente seguía creciendo y cada vez se extendía en los alrededores del hospital, las personas que estaban cerca de nosotros comenzaron a contar el periplo que emprendieron para llegar al Manolo.
Aún vestida con el uniforme del trabajo, una mujer junto a mí comenzó a relatar que al igual que yo salió apresurada de su casa porque había conseguido un permiso para cocinar el almuerzo de su mamá, que está convaleciendo de covid-19, luego que este virus casi le arrebata la vida hace 25 días.
Estaba terminando de preparar el almuerzo, cuando su hermano, que había logrado llegar temprano, le envió un mensaje: «Venite que no hay fila afuera». Decidió dejar la comida lista, pero no consiguió darle de almorzar a sus dos hijos pequeños, que aún no regresaban de la escuela.
Así que, sin pensarla —relata— decidió no tomar su almuerzo y llegar al hospital junto con otra vecina, quien también dejó a sus tres niños en casa, convencida de que por la noche retornarían para verlos. Yo también estaba confiada en que regresaría a mi casa para descansar, almorzar y terminar de trabajar.
De pronto, un rumor empezó a propagarse en la fila: ya no hay vacunas. Los que están después del portón secundario deberán esperar hasta mañana. Me afligí. No tengo hijos, pero me había acercado al lugar en short, camisa sin mangas, con apenas 100 córdobas en el bolsillo, no tenía una frazada para aguantar el frío de la noche que se avecinaba.
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Aflicción y desespero
Las mujeres expresaron su aflicción por sus hijos y otras que también estaban ahí y habían llegado incluso más temprano, pero que no pudieron entrar la última vez que el portón secundario fue abierto, decidieron irse. Logré escuchar que una de ella era madre lactante. Detrás de mí habían dos adultos mayores con discapacidad, que gracias a Dios más tarde correrían con mejor suerte.
Mi esperanza de vacunarme ese día se disipó cuando efectivamente ingresé a la publicación digital de LA PRENSA y me encontré con el titular: Cierran portones de centros de vacunación anticovid en Managua; Minsa por finalizar jornada de este martes. Era un hecho, mis temores se hicieron realidad y frente a mí tenía dos opciones: aguantar de nuevo sol o el desvelo.
Me aferré a la idea que habíamos llegado al Manolo a vacunarnos y de ahí no nos iríamos sin lograrlo. La duda era si íbamos a soportar el frío y el sereno, pues hacía mucho tiempo que no pasaba por tal situación ¿O si valía la pena exponerse durante varias horas al contagio, porque no hay distancia social entre los que hacen fila? Y si te salís de la fila, corrías el riesgo de que al regresar te señalaran los de más atrás de intrusa.
Luego de valorar los pros y los contras, y a medida que la tarde empezaba a caer, me aferré a una sola idea: quizás no vuelva a tener la oportunidad de ser una de las primeras 40 en vacunarse al inicio de una jornada. Estaba muy cerca del portón de ingreso al recinto, que en ese momento creí que se abriría hasta el día siguiente. Pero además habían bancas de metal y otras de concreto que, al igual que varios que estaban ahí, imaginamos como sitios perfectos para pernoctar durante casi 14 horas.
Y mientras decidíamos sobre el dilema y prepararnos mentalmente, me percaté de un detalle: la zona está altamente resguardada por agentes policiales armados, que se mueven entre la gente, quizás con la intención de escuchar las conversaciones o mantener el orden.
Pero por ahora todo marchaba en orden, con excepción de una pequeña revuelta que de pronto se escuchó, cuando un agente policial, que resguardaba el portón de ingreso a la zona de vacunación, permitió que dos personas entraran, lo que caldeó los ánimos de quienes llevaban horas afuera decidiendo sobre si «morder el leño» hasta el día siguiente o retirarse del lugar.
La fila de gente no dejaba de crecer, pese a que ya se sabía que no habían vacunas, sino «hasta mañana». Eran casi las 6:00 de la tarde, cuando mi madre me sorprendió con comida, un banquito y una toalla. Ahí supe que no había de otra: íbamos a quedarnos hasta el amanecer y solo me aferraba a la idea de que iba a ser una de las primeras en vacunarme.
El show mediático del orteguismo
La noche empezó a adentrarse. Vendedores ambulantes ofrecían suéteres usados en percha, comida rápida (platanitos con queso, pan con mantequilla, café y otras bebidas). «Han sido buenos días en las ventas, el que se queja es porque quiere», le dice una vendedora a otra, visiblemente humildes y que llegan al lugar desde las 3:00 de la mañana, según comentaron a quienes hacíamos filas y nos animaban a no irnos porque a las 12:00 de la medianoche era muy probable que retomaran el proceso de vacunación, decían.
El reloj ya marcaba casi las 8:00 de la noche. Estaba empezando a sentir agotamiento, tras varias horas de pie y sentándome por corto tiempo para no perder el lugar. Porque si hay algo que no perdonan en esa filas es que «guardés lugar», aunque sea para un familiar. Si lo hacés se debe hacer muy camuflado, pero esto lo entendería después.
No te recriminan por quitarte la mascarilla o no guardar el distanciamiento social para evitar contagios, pero sí por cuidar espacios. Si te descubren que estás guardado lugar a un familiar, algún vecino o amigo, la persona se debe preparar para casi un linchamiento verbal colectivo. Lo entendería luego cuando nos tocara pasar por el mismo proceso del grupo que había estado temprano y desde donde a cada momento se escuchaban reclamos al unísono.
Aunque el agotamiento en la gente ya se empezaba a notar, nadie se quejaba en alto. Los policías aún seguían circulando entre la gente. Cuando de pronto llegaron varios vehículos y comenzó la función mediática, antes de ingresar al recinto.
Eran los medios de propaganda del orteguismo, quienes con cámaras ya encendidas entraron intempestivamente, lo que ocasionó que la gente empezara a gritar: ¡queremos entrar, queremos entrar! Minutos después, se escuchó el grito de un policía: «Los vamos a dejar entrar para que esperen mañana la vacunación sentados y bajo toldo, corran la voz», agregó antes de retirarse. Eso sí enfatizó: «No habrá más vacunación hoy, estén claro de eso».
Luego sacaron a los primeros adultos mayores que estaban adelante y los pusieron en fila en posición de ingreso al recinto, pero antes la batería de medios los empezaron a entrevistar. No logré escuchar qué les preguntaban, pero me imaginé cuál era la idea. Después los condujeron adentro a la zona de inmunización, donde médicos les tomaron la presión y los vacunaron.
Bien por ellos —pensé— que estaban adelante y aunque fueron utilizados con finalidad política, al menos no fueron sometidos al martirio que implica conseguir una vacuna contra la covid en esta jornada y que posiblemente muchos de los que estaban muy atrás debieron vivir durante el resto de la noche, porque la propaganda orteguista no los alcanzó.
La segunda fase del show mediático era una especie de desfile. Mientras ingresábamos éramos iluminados por las cámaras de los oficialistas. Algunos ciudadanos se cubrían la cara con toallas para no aparecer en las imágenes, pero no podían reclamar no ser grabados porque al final estabas consciente de que estás en terreno minado, controlado por el orteguismo. No había de otra que aguantar.
Larga noche de espera
Bajo la oscuridad de varios toldos, se llenó un primer bloque de ciudadanos. Sentados uno junto a otro, sin ni siquiera un adoquín de distancia entre sillas. Cada hora parecía una eternidad, el abultamiento entre persona fatigaba, más la mascarilla, la cual es mejor no quitársela, aunque no haya ventilación, pero si te toca sentarte junto a una persona un poco más obsesa, la situación de torna más complicada.
La forma de cómo están organizados los bloques son un caldo perfecto para la propagación del virus. Pero la esperanza de los que estaban ahí es que ahora con la primera dosis al menos si se infectan que «el golpe sea suave», me dice mi compañera de al lado. No sé si científicamente ella está en lo correcto, solo sé que personas aún inmunizadas pueden fallecer, aunque el riesgo sea menor respecto a otra que no está vacunada.
Aún así, la desesperación de los nicaragüenses por conseguir una vacuna contra la covid-19 no nos hace conscientes del riesgo de contagio que hay en las áreas habilitadas por el Gobierno, porque la organización que se miraba en el Manolo es similar en el Lenín Fonseca y el Bertha Calderón. No sé cómo está en el Policlínico Iraní, porque este fue habilitado hasta ayer por la tarde, pero supe que desde muy noche ya estaban las largas filas.
La temperatura empezó a caer en el Manolo Morales. Y la pregunta más frecuente que se escucha entre los murmullos es: ¿Qué hora es? Era una especie de tortura del tiempo y la incomodidad. No había forma de descansar, de reposar la cabeza, lo único que quedaba era ponerte de pie un rato y luego retornar a tu lugar.
Una de las opciones para matar el tiempo es escuchar la conversación de quienes están detrás de vos o adelante de tu lugar. Aunque pareciera mentira, la mayoría de las pláticas giraban en torno a familiares que están batallando contra la covid en las casas o que ya han superado el proceso. Me llamó mucho la atención el caso de una mujer que estaba contando que su nieto pequeño estaba en casa siendo cuidado por su mamá con diagnóstico de covid.
Otra relató sobre la gente en los barrios que ha fallecido en las últimas semanas por el virus o con diagnóstico de neumonía. La mujer que tenía a mi derecha me relató cómo su mamá casi se muere, luego que a su jefa, que vino de Estados Unidos, le detectaron a los pocos días el virus. «Mi madre es diabética, pero sobrevivió, su jefa está muy mal y tiene mucho dinero», lamentó.
Es ahí cuando te das cuenta que el virus está más presente en nuestro país de lo que nosotros nos imaginamos o nos hacen creer. Solo basta ver las largas filas, de personas mayores que en la primera jornada no quisieron vacunarse, pero que ahora, ante la propagación del virus, no les importó someterse al calvario de desvelarse o exponerse al sol por muchas horas con tal de ser vacunadas.
Momento emotivo
A las 2:00 de la madrugada, las casi 4,000 sillas que están instaladas en el interior de la zona de vacunación estaban casi llenas y la gente que empezó a llegar ya debía esperar afuera. «Estoy cumpliendo 12 horas sin comer», me dice mi acompañante de al lado, visiblemente agotada por el cansancio.
Desde que llegó al mediodía, ella solo había podido tomar café, para paliar el sueño. Dijo que no pudo comprar cena en el cafetín fuera del hospital porque un plato de gallo pinto, huevo y pan valía 120 córdobas. Su vecina estaba ahí en una situación similar, desde que llegamos solo se tomó un café.
Ya casi a las 3:00 de la mañana, frente a nosotros en el área donde te entregan la cartilla de vacunación, se empezaba a ver movimientos. Apareció aparentemente la doctora encargada de organizar el proceso. Luego a lo lejos se escucharon algarabías cuando ingresaron los enfermeros y médicos.
Fueron recibidos con fuertes aplausos. Se lo merecen. Ingresaron estudiantes de Medicina de la UNAN-Managua, que serían luego los encargados de que firmés el documento donde aceptás la vacunación voluntaria y eximís al Gobierno de cualquier responsabilidad sobre el efecto que la dosis pueda generar en tu sistema, incluido que te conduzca a la muerte.
La mayor alegría fue casi a las 4:00 de la mañana, cuando ingresó un termo azul donde seguramente traían las vacunas. El humor de la gente floreció. «Al rato estamos aplaudiendo el termo donde traen su gaseosa y agua», dijo uno de los que estaba detrás de mi lugar, lo que provocó la carcajada de varios.
El cansancio, el riesgo de contagio y las 14 horas de espera habían llegado a su final. Los gritos de cuiden que nadie se meta en tu fila o que infiltrés a un vecino o familiar se comenzaron a escuchar, ahí fue cuando comprendí ¿por qué la gente del turno temprano a cada momento no paraban de gritar y reclamar?
Exactamente a las 3:57 de la madrugada estaba recibiendo mi primera dosis de AstraZeneca, no lo olvidaré porque en ese momento fue cuando se sintió el sismo de 6.2 grados, que en un principio creí que era producto de la vacuna o el hambre, que me había provocado una sensación de mareo. Cuando pasé al área de Observación, la gente reclamó salir del lugar por el tremendo susto con el que amanecimos.
De esta manera, esperé 14 horas para cumplir con un proceso que dura apenas 15 minutos o menos en completar para vacunarte, sin incluir el tiempo de espera en los primeros bloques de atención a los ciudadanos.
El paso a paso del proceso
- Tras ingresar a la zona de espera a medida que avanzás en los bloques y te acercás al área de vacunación, estudiantes en orden te hacen preguntas generales sobre tu salud, si tenés enfermedades crónicas, dónde residís, debés entregar tu cédula y al final firmar el documento donde se exime al Gobierno de toda responsabilidad.
- Luego pasás al área donde te entregan la cartilla de vacunación, donde plasman tu nombre, la edad, el tipo de vacuna. En esta ocasión no están indicando cuándo de toca la siguiente dosis.
- Después te movés a un cuarto donde hay sillas para esperar tu turno de vacunación. Hay un buen grupo de enfermeros inmunizando a los ciudadanos.
- Luego pasás al área de Observación. No estoy clara cuánto tiempo debés esperar ahí, porque debido al miedo que generó el temblor nos evacuaron. Y listo, ya has cumplido el proceso para irte a tu casa.