El triunfo militar de los talibanes en Afganistán y el restablecimiento del Emirato Islámico, como llaman ellos a su Estado, ha causado gran consternación y preocupación mundial.
“La comunidad internacional sigue los acontecimientos con el corazón encogido y una profunda inquietud por lo que se avecina”, declaró el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres.
De particular dramatismo han sido las escenas de la multitud tratando de huir del país en los aviones disponibles solo para extranjeros, civiles y militares. El terror es comprensible por las horrorosas acciones de los talibanes cuando anteriormente detentaron el poder.
Sabiendo el temor que provocan, los talibanes han ofrecido garantías a la población y la comunidad internacional. Dictaron una amnistía para los empleados públicos a fin de que vuelvan al trabajo y se reanuden los servicios del Estado. A las mujeres les dicen que estén tranquilas y permanezcan en sus casas, que pronto se dictarán las nuevas reglas de vestimenta que no serán tan rigurosas como antes; y que las niñas podrán asistir a las escuelas. También han ofrecido respetar la libertad de prensa y han elogiado a los periodistas.
Pero es muy difícil creerle a un movimiento religioso armado islámico ultra fundamentalista, que cuando detentó antes el poder suprimió todas las libertades y derechos de las personas, sobre todo de las mujeres a las que dicen sacralizar, pero las tratan como objetos sexuales, familiares y domésticos.
En 1996 los talibanes habían conquistado el poder por medio de la guerra, pero fueron derrocados en diciembre de 2001 por una intervención militar de Estados Unidos (EE. UU.) y algunos aliados. La invasión estadounidense fue porque los talibanes facilitaron el territorio afgano para que Al Qaeda estableciera allí las bases en las que preparó los horrendos atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington.
Pero las tropas de EE. UU. y las del gobierno democrático afgano nunca pudieron pacificar el país. La guerra continuó hasta que por fin los talibanes han vuelto a conquistar el poder. Y ahora, con justa razón se teme que vuelvan a cometer los mismos o parecidos atropellos como los que ya cometieron antes contra la población afgana, y que vuelvan a establecer o permitir bases para la organización de atentados terroristas contra EE. UU. y otros países de occidente. Por eso los líderes del mundo democrático están pegando el grito al cielo.
En EE. UU. se culpa al presidente Joe Biden porque al sacar las tropas estadounidenses facilitó la catástrofe militar, política y humanitaria en Afganistán. Pero la decisión de retirar las fuerzas militares de EE. UU. la tomó el expresidente Donald Trump. El 29 de febrero de 2020 el gobierno de Trump pactó con los talibanes en Doha, Qatar, un calendario para la retirada de EE. UU. A cambio los talibanes se comprometieron a respetar los derechos humanos de la población afgana y sobre todo a no permitir que el territorio de ese país sea ocupado otra vez como base de agresiones terroristas contra EE. UU.
Pero “aquello no fue un tratado de paz, fue una rendición”, dijo a BBC Mundo Hussain Haqqani, director para Asia Central y Meridional del Instituto Hudson y exembajador de Pakistán en Estados Unidos. Y así fue, las tropas estadounidenses empezaron a salir de Afganistán y al mismo tiempo los talibanes comenzaron a tomarse ciudades una por una, hasta llegar al domingo pasado cuando ocuparon la capital del país, Kabul, causando el espanto de la población. Si en EE. UU. hay culpables de esta tragedia, son tanto Biden como Trump.
Que Dios salve a Afganistán, Nicaragua y el mundo.