María vive la gratuidad

La fiesta de la Asunción de María, que forma parte de nuestra fe desde el siglo IV, estaba en el ambiente de las comunidades cristianas, sobre todo las ortodoxas.

La vida de María no podía tener como fin la muerte. Su fin fue el mismo de su hijo Jesús y el mismo al que estamos llamados también todos cuantos creemos en Jesús: La vida definitiva, el encuentro con nuestro Dios para siempre.

María se lo mereció; Dios miró su vida y le dio el premio merecido. Ella fue fiel hasta el fin y, como decía el mismo Jesús: “El que persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt 24,13).

María corrió en esta vida de tal manera que llegó a la meta y se mereció el premio, como dice San Pablo: “¿No saben que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corran de tal manera que lo consigan!” (1Cor. 9, 24).

Ciertamente, María nunca caminó por esta vida buscando premios, ni halagos ni reconocimientos; ella fue siempre fiel a Dios, a sí misma y a los demás en las duras y en las maduras sin buscar premios algunos ni recompensas.

María se movió siempre en el mismo mundo de su Hijo Jesús, el mundo de la gratuidad. Pues es verdad que: “El bien recompensa a los justos” (Prov. 13, 21).

Pero María llevó la vida que llevó sin buscar intereses o recompensas algunas algunos; por eso, Dios se las dio.

María ha actuado en su vida bajo la misma perspectiva que Dios y su Hijo Jesucristo actúan siempre, bajo la perspectiva de la gratuidad, sin buscar intereses o ganancias de ningún estilo.

No buscó premios algunos; pero Dios se los dio; no buscó paga alguna; pero Dios se la dio; no buscó ganancias, pero Dios se las dio. El cielo no se gana, es un don de Dios.

Dios se da y se nos da gratuitamente con todos sus dones y su Espíritu. Dios se nos ha amado primero, es don gratuito y se nos ofrece gratuitamente como agua que da vida:

“El que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida” (Ap 22, 17).

Jesús, el Hijo predilecto del Padre, es la Encarnación del Dios gratuito.

Nosotros vivimos en un mundo en el que todo, por regla general, se mueve por un por qué y para qué, por el interés, por lo rentable, por los beneficios. Nosotros en todo buscamos la recompensa y a eso nos enseñan desde niños, cuando nuestros padres nos dicen: “Si haces esto o te portas de esta manera, te daré esto”.

Desde pequeños aprendemos bien la lección y antes de actuar preguntamos siempre: “¿Y cuánto hay para eso?” La verdad es que no somos capaces de dar un paso sin preguntar por la paga, pues creemos que todo tiene su precio.

La gratuidad debería de ser un valor eminentemente humano, capaz de construirnos a los hombres más solidarios, agradecidos que nos hiciera pensar y sentir desde lo más profundo de nuestro ser que: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch. 20, 35).

Lógicamente, si alguien debe vivir el valor de la gratuidad, es precisamente el cristiano. La fe es un don gratuito y gratuitamente tenemos que darla y vivirla.

Nuestro compromiso cristiano va íntimamente unido a la gratuidad. No nos mueve ni el castigo ni el premio para vivir nuestra fe, amar a nuestro Dios y servir a nuestros hermanos. El mismo Jesús nos dijo: “Gratis lo recibiste, denlo gratis” (Mt.10, 8).

Pero, aunque no busquemos el premio, como no lo buscó María, nuestro Padre Dios está ahí brindándonos lo que nunca nosotros merecemos y de ese premio ya goza para siempre nuestra Madre María:

“Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap. 21, 3-4).

El autor es sacerdote católico.

Opinión Dios Jesús María archivo
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