Las fuerzas más devotas del orteguismo y por ende las más irracionales y peligrosas de Nicaragua creen que Daniel Ortega es un dios y que la compañera Rosario es su profeta, que las vidas de los nicaragüenses pertenecen a esta deidad omnipotente y que todos debemos unirnos a este nuevo culto divino mismo que para el resto de nicaragüenses tiene claros y peligrosos tintes sectarios.
Quienes están lactando del Estado también creen que el secuestro, la persecución y el atemorizante acoso hacia las voces disonantes y disidentes que suben sus desniveles en su feudo llamado Nicaragua, es un sacrificio mínimo y justificado a pagar ante el certero arribo de la nación toda a la tierra prometida, a la gloria sublime, al tercer cielo.
Este pensamiento estúpido está llevando a la dictadura a cometer los desquiciamientos más impensados, tales como liberar a los delincuentes y encarcelar a los inocentes, negarles el ingreso y quitarle la nacionalidad a los nicaragüenses y darle refugio y nacionalidades a los corruptos que están importando del exterior.
Muy a lo orweliano, enormes vallas publicitarias, fotos y afiches yacen pegados en toditos los edificios estatales, su bandera y los colores de culto diseminados por todo el territorio que impone la profetisa y consorte del dios sandinista, dan muestra no solo de su omnipresencia sino que también le advierten al ciudadano de a pie que lo están vigilando.
Pero en 1990 este dios de símiles características helénicas pasó de lo divino a lo humano, cuando mordió el polvo de la derrota ante la victoria electoral de doña Violeta Barrios de Chamorro, derrota que lo hundió en el más oscuro y profundo síndrome de shock postraumático que hasta el día de hoy le ha sido imposible superar. De ahí su encono en contra de aquellos que encarnan, aunque sea de manera mínima, la posibilidad de poner en riesgo su nueva comedia electoral sin importarle volver a dejar al país en la miseria que solo él y su despiadada profeta saben hacerlo.
Con el aniquilamiento de Ciudadanos por la Libertad (CxL) los analistas políticos y medios de comunicación entre otras cosas dijeron: Ortega da estocada final al proceso electoral. Tal aseveración me parece absurdamente falsa pues la estocada final fue dada desde el primer momento en que el rostro más visible y potable de la oposición, la galardonada periodista Cristina Chamorro, fue secuestrada bajo acusaciones falsas e infundadas.
Desde allí los nicaragüenses estábamos inhibidos de votar por quienes nosotros queríamos, desde allí —si no es que desde antes— las elecciones no eran libres y menos que iban a ser participativas.
No es necesario tirar las cartas del tarot para predecir cuál podría ser el final del dios del Carmen, basta con echar un ligero vistazo a la historia moderna para barajar algunas posibilidades de cómo podría ser su caída. Sin embargo y a pesar de que me he visto obligado a exiliarme en Costa Rica por la brutal represión y persecución del 2018, no le deseo un final violento y doloroso como el del dictador fascista Benito Mussolini en 1945, o el de Anastasio Somoza en 1981 en el Paraguay. Sin que ello signifique, desde luego, darles impunidad por los crímenes de lesa humanidad perpetrados en contra del pueblo nicaragüense, que algún día se podrán investigar, juzgar y castigar conforme a la ley.
El autor es un nicaragüense exiliado en Costa Rica.