Nació hace 105 años, cuando los niños del pueblo se llenaban de alegría al ver en el cielo el resplandor de la luna llena, porque sus padres permitían que se divirtieran por las noches con los juegos de la época en unas calles que aún no eran aplastadas por vehículos ni cubiertas de asfalto.
Vio caminar a los pobladores cargando en su cabeza los cántaros llenos de agua que iban a llenar a los pozos que tenían varias familias del pequeño poblado que estaba rodeado de ranchos y casas de taquezal con tejas de barro.
Me refiero a mi abuela, doña Martha Franco, considerada la habitante más longeva del pueblo de Niquinohomo. A su edad aún guarda en su memoria recuerdos de la vida pueblerina que marcaron la historia de sus antepasados.
Uno de esos recuerdos es la llegada del tren a la antigua estación, donde cada fin de semana los lugareños se paseaban por los pasillos de esa casa solariega escuchando música filarmónica y deleitándose de las ventas de atol, tamales, refresco, cosa de horno y el pan elaborado en los hornos tradicionales. “Era una alegría escuchar pitar el tren y luego el ruido de la locomotora sobre los rieles. La mayor aglomeración se daba los domingos, los asistentes lucían sus mejores trajes para ver llegar a los pasajeros que venían de la capital al pueblo y los que viajaban con destino al departamento de Carazo”, recuerda doña Martha.
Quedó huérfana a la edad de 10 años, fue su criada por su tío Miguel López y en su adolescencia por su hermano Humberto López. Aprendió a leer asistiendo a la casa de una profesora de la localidad, al no existir en ese tiempo ninguna escuela pública, leyó Las mil y una noches, cuentos que memorizó para luego contarlos a sus nietos.
Escuchó la misa en latín en la iglesia Santa Ana, cuando el sacerdote se subía al púlpito que estaba en uno de los pilares de las naves laterales del templo con más de trescientos años, para que la feligresía escuchara la prédica del Evangelio y recuerda que durante la Semana Santa las celebraciones litúrgicas de la noche, el templo se iluminaba con lámparas de aceite y antorchas de astillas de pino.
Fue testigo de la construcción del beneficio el Plantel, donde se procesaba el café, eran tiempos que el grano de oro representaba la principal actividad económica del municipio y se iniciaba el corte desde octubre, cuando azotaban temporales lluviosos que tardaban hasta 15 días y las familias lograban realizar sus compras, cuando cesaban un poco los aguaceros.
“En el pueblo había una abundante vegetación, en los alrededores del pueblo se cazaba venados, guardatinajas y era común ver en cada patio de la familia, ganado y cerdos, eso fue hace más de sesenta años, cuando la única carretera que había para llegar a Masaya es la que pasa por la comunidad de los Pocitos y salía frente al Colegio Salesiano para ir al antiguo mercado”.
Del general Sandino guarda los recuerdos de las murmuraciones de sus pobladores, quienes aseguraban que había llegado al pueblo a visitar a su padre don Gregorio, luego de salir de las montañas del norte de Nicaragua, pero no se dejaba ver, porque temía que lo apresaran.
Vio pasar a toda su generación
Con melancolía dice que toda su generación ya partió de este mundo y agradece a Dios ser la única sobreviviente de su familia.
Su papá fue Gilberto Franco, un curandero del pueblo vecino del Diriá que llegaba a Niquinohomo a tratar las dolencias más comunes de sus pobladores, como tos catarro, rasquiña y diarrea. En las alforjas de su caballo cargaba las pócimas para esas dolencias. En una de esas visitas, allá por 1912, se detuvo en la casa de María Inocencia López y formó una relación con ella, de la cual nacieron dos hijos: Martha y Juan Franco.
“No queda ningún hermano ni muchos menos primos, todos partieron de este mundo, pero gracias a Dios sigo en pie. Nunca he sido sometida a ninguna cirugía, mis órganos están muy bien, gracias a Dios”.
Uno de los secretos de sus largos años es cenar liviano y nunca prueba una comida después de la seis de la tarde, aunque le presente el más suculento platillo. No se desvela, asegura que nunca fumó y a lo mucho se tomó un traguito, en eventos festivos.
Engendró siete hijos: cuatro varones y tres mujeres. Su hijo mayor —David Baltodano— tiene 81 años. En su descendencia contabiliza con orgullo nietos, bisnietos y tataranietos.
Su mente a veces divaga en los recuerdos, pero luego recupera la razón. Su enfermedad más común es la gripe, pero como todo ancianito siempre mantiene sus pastillas de cabecera y sus ungüentos para las dolencias.
“No hay que bañarse agitado ni salir descubierto al patio por la noche. Joven no se siente nada, viejo son los dolores”, nos dice a sus nietos.
El autor es periodista.