Francisco Hernández de Córdoba

Es oportuno saber algo más de lo que enseñan los textos escolares sobre el conquistador español cuyo apellido dio nombre a nuestra moneda nacional.

De Francisco Fernández o Hernández de Córdoba (de ambas maneras se refieren a él los cronistas), se ha dicho que es “el conquistador de Nicaragua por antonomasia”. Las raíces de la herencia hispánica en Nicaragua descansan sobre el fundador de nuestras ciudades más antiguas, León y Granada.

Es poco lo que con certidumbre se sabe sobre los antecedentes de este capitán español, que entró a la historia por la puerta de Nicaragua. Aquí tuvo su encuentro con la fama y también con la tragedia. La ambición de llegar a ser el primer gobernador de las tierras que conquistó y pobló, que tanto le deslumbraron y donde fundó las dos ciudades emblemáticas en torno a las cuales se forjaría la historia del país, fue la causa de su perdición. Acusado de traición por Pedrarias Dávila, fue decapitado en 1526 en la plaza de León Viejo, la ciudad que él mismo fundara dos años antes (1524).

Algunos, en el afán de ennoblecerlo, han pretendido emparentarlo con el célebre Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba (1443-1515), una de las grandes figuras de la Reconquista española. Los cronistas, especialmente Fernández de Oviedo tan celoso en asunto de noblezas, no dan testimonio de tal parentesco y siempre se refieren a Hernández o Fernández de Córdoba en forma muy seca, sin la más mínima insinuación de que haya sido un personaje de abolengo. Esto en nada disminuye al fundador de León y Granada, pues era frecuente que miembros de familias de origen social humilde o modesto pasaran al Nuevo Mundo precisamente en busca de fortuna y ennoblecimiento, tal como sucedió con Pizarro, Cortés y otros.

En el año 1519, aparece como capitán de la guardia personal del gobernador de Panamá Pedrarias, de quien se había ganado su confianza. Cuando se firma el “Contrato de compañía para la conquista de Nicaragua”, en la ciudad de Panamá el 22 de septiembre de 1523, nuestro personaje firma como Francisco Fernández. Los otros socios de la empresa fueron Pedrarias Dávila, Alonso de la Puente y Diego Márquez. Con estos antecedentes no es extraño que Pedrarias Dávila, entonces gobernador de Panamá, le escogiera para encabezar la empresa de la conquista de Nicaragua, en calidad de lugarteniente suyo.

229 personas, entre españoles y esclavos negros, figuran en la lista de la gente que pasó con Francisco Hernández a las tierras del cacique de Nicaragua, entre ellos algunos que más tarde alcanzaron gran notoriedad, como los capitanes Hernando de Soto, descubridor del río Mississippi, Gabriel de Rojas, el Arcediano Rodrigo Pérez, el padre Diego de Agüero y el soldado Sebastián de Benalcázar, quien más tarde fue el primer alcalde de León y, años después, bajo las órdenes de Francisco Pizarro, conquistó Quito y fundó las ciudades de Popayán y Cali en la actual Colombia.

Ya en tierras de Nicaragua, Hernández de Córdoba libró varias batallas contra los indígenas que opusieron resistencia a los invasores, entre ellas la famosa batalla que tuvo lugar en mayo de 1524, cerca de El Viejo, narrada después por Fernández Oviedo y conocida como “la batalla de los desollados”, por el ardid de los indígenas de cubrirse con la piel de indios e indias viejos para espantar a los españoles, sin lograrlo.

Un nubarrón oscurece la trayectoria de Hernández de Córdoba, y es que con él se inició el inhumano tráfico de indios entre Nicaragua, Panamá y Perú, donde los indios de Nicaragua eran vendidos como esclavos. El primer barco salió para Panamá en 1524, llevando algo de oro y varias “piezas” de indios, dándose así inicio al inicuo comercio, que condujo al despoblamiento de la provincia.

El mismo año de 1524, Hernández de Córdoba funda las ciudades de León y Granada. La ciudad de León se trasladó luego, en 1610, a su nuevo asentamiento tras la destrucción del primitivo sitio por una erupción del volcán Momotombo, pero se conservan las ruinas de León Viejo donde, en la iglesia de La Merced, se localizó la tumba del fundador. Su esqueleto decapitado reposaba al lado de los restos de su ajusticiador, Pedrarias Dávila.

El autor es jurista

COMENTARIOS

  1. Hace 2 años

    Excelente reseña del Maestro Tunnermann.

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