La voz que clama en el exilio

Salir de Nicaragua no soluciona los problemas de un perseguido político, tan solo cambia el asedio, la cárcel y la represión por otras dificultades no menos angustiantes que debes enrostrar apenas cruzas la frontera. Desde que la tirana ordenó la “Operación Limpieza” estuve viviendo en la clandestinidad, pues mi participación en el tranque de Lóvago me convirtió en un preso vulnerable ante el revanchismo orteguista. Salir de Nicaragua no era una opción, para mí significaba huir y sobrevivir o quedarme en Chontales y morir. Mi zozobra y la angustia de mis padres, de quienes no me pude despedir, fueron el carburante que me trajeron hasta Costa Rica. Llegando a Ciudad Quesada un aire de tranquilidad, de alivio y sosiego empezó tranquilizar mis destrozados nervios.

A tres años que huí de Nicaragua, me doy cuenta que me sacudí de unos problemas para enfrentarme a otros no menos complejos y desafiantes como el desempleo, la educación, salud, vivienda, xenofobia y, el peor y raíz de todos los anteriores, mi estatus migratorio.

Con el afán de regularizarme confiadamente acudí a las oficinas de Migración y Extranjería y en la “entrevista de elegibilidad” fui abordado por un abogado de dicha institución que no deseaba conocer mi realidad, por el contrario, rápidamente comprendí que su intención era tenderme las trampas que les facilitara la negación del refugio solicitado.

En el machote de una extensa resolución me parecía ver las carcajadas burlescas y de satisfacción de aquel profesional del derecho, donde me negaban mi Solicitud de Refugio, que hasta la fecha me es indispensable para salvaguardar mi integridad física y moral.

Desde que interpuse un recurso de apelación, estoy viviendo otra vez terribles momentos de zozobra y bestiales episodios de angustias ante la casi segura negativa de que Migración y Extranjería no resolverá a mi favor. La espada de Damocles ilustra con pasmosa fidelidad el temible drama que estamos viviendo miles y miles de perseguidos políticos en Costa Rica, pues nos exigen las pruebas que nos vimos obligados a destruir cuando pasábamos la frontera, a fin de no ser identificados por un ejército rabioso y una policía con sed de venganza, pruebas que nuestros familiares no se atreven a enviarme por fundados y bien razonados temores.

Aquí todas las organizaciones luchan con desespero por aglutinar la mayor cantidad de refugiados posible y así arrojarse ellos la representación del exilio en Costa Rica, pero ninguna de ellas se preocupa por la necesidad más sentida, que es nuestro estatus legal. Reconocidos personajes de la vida pública nicaragüense, también exiliados, pueden abrir puertas y mediar por nuestra regularización pero estos eligieron otras prioridades. El lema parece ser, sálvese quien pueda.

El gobierno costarricense —bien intensamente— ha lanzado algunas medidas analgésicas que alivian el dolor pero que no curan la enfermedad, como es una residencia por cuatro años, sin darte opción de una permanente, a sabiendas de que Ortega se mantendrá fácilmente cinco años más en su trono de terror.

En el exilio, los momentos de angustias y zozobras se han profundizado con el secuestro de Cristiana Chamorro, quien era nuestra única esperanza de regresar a casa con seguridad, pues con su secuestro y el de las otras veinticinco personas la dictadura dinamitó todo indicio de elecciones mínimamente democráticas. En conclusión, en Nicaragua a ultranza nos persiguen y en Costa Rica con vehemencia nos rechazan, ¿qué tal?

El autor es un nicaragüense exiliado en Costa Rica.

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