Julio es el mes de las flores, de los cantares de pájaros y el chillar de cigarras; es el mes de la cosecha. Por los infinitos rumbos de la patria amada, entre el verdor de los árboles y la fresca brisa del amanecer, se levanta de los campos la dorada y florecida espiga en la que campean en dulce delirio el jilguero y el zorzal, como expresando las gracias que del cielo derrama el Creador Todopoderoso.
Julio es el tiempo de los malinches que impregnan de rojo-naranja los caminos por donde transita el campesino que, con el cantar en el alma, va hacia su huerta a colectar el fruto de su trabajo, de la magnolia en la que, bajo la albura de su sombra, duerme cobijada de sueños la enamorada alondra, mientras allá, por la quebrada, las florecillas naturales reflejan el aroma de su piel en las aguas del río.
Este es el tiempo que el cielo descubre la belleza del verso más sublime del alma enamorada de Dios que se ha quedado prendido en la gota del rocío y en el fulgor de cada estrella.
Por eso, el mes de julio es el momento para las “fiestas patronales” en nuestro país, siempre dedicadas con mucha alegría a Santa Ana (abuelita de Jesús) y al Apóstol Santiago (símbolo de la fe católica), fiestas que se realizan en nuestro medio, según la costumbre, entre lo religioso y lo profano, ligadas siempre a la tradición española que influyó y ayudó para que el europeo conquistador sometiera al indígena que, en sí, tenía un profundo sentimiento en la creencia y la costumbre. Así pues, tenemos “fiestas” patronales en Boaco, Jinotepe, Somoto, Nueva Segovia, Nagarote y Sébaco, todas dedicadas al apóstol Santiago, en Chinandega, Moyogalpa, Niquinohomo y Nandaime en honor a Santa Ana.
Las fiestas patronales en nuestro país son un atractivo turístico con sus costumbres y sus diferentes expresiones, que manifiestan nuestro güegüensismo en el ámbito festivo del pueblo, que ha hecho su propia historia y la va transmitiendo de generación en generación. Un mundo lleno de leyendas y de mitos, así lo observamos en Jinotepe, con el Güegüense o Macho Ratón, sus promesantes de Acayo y sus bailes típicos.
En Boaco, el colorido baile de “Moros y Cristianos”, en Nandaime “Los Diablitos”, en Niquinohomo sobresalen entre los bailes, sus hermosas y exuberantes enramadas engalanadas con productos del agro del lugar; en Somoto, el desfile de los “burritos” que, muy jadeantes, bajan de la montaña.
En Nindirí, se celebra a dos “santos patronos”, uno que decidieron los españoles al momento de la conquista y, el otro, un alcalde en 1772, de manera que aquí se rinde devoto homenaje a Santa Ana y al apóstol Santiago. El apóstol Santiago (Chaguito) para sus devotos, dice la narrativa oral que su fiesta se inició en 1528 al bautizarse y aceptar la fe católica el cacique Nacatime, quien luego de ser bautizado con el nombre de Francisco, el “evangelizador” le entregó la imagen de Santiago (una pequeña escultura ecuestre) para que esta fuera entronizada y como tal fuese considerado el “santo patrono” de los nuevos nindirises, esto según las leyes de la conquista.
Aquí en Nindirí, “Los Negros o Chinegros” son una herencia inconfundible de la cultura chorotega, llamada por la vieja raza “La danza del Viento” en honor al dios Kecat, la que al instalarse el estado colonial es transformada en “La danza de la Contienda”, seguramente rememorando quizás alguna de las leyendas de Jacobo de Vorágine, o más bien, la leyenda cristiana de “El Guerrero de Compostela”, que dice: en el siglo IX d. C. los hispanogodos o cristianos sostenían en la comarca de Clavillo (Logroño) una encarnizada batalla con los sarracenos (moros), la cual perdían desastrosamente los cristianos, cuando se apareció en medio de la contienda un jinete montado en un brioso caballo blanco, empuñando en su mano una reluciente espada de plata con la cual combatía sin cesar, hasta que cayó la tarde cuando había matado a unos 70.000 serracenos, dando por terminada la sangrienta lucha que lógicamente se había decidido a favor de los cristianos, quienes después muy aturdidos y asustados, se preguntaban ¿quién será ese jinete?, y lo repetían, hasta que muy pronto salieron de la duda gritando alegremente: ¡Ah… este es el apóstol Santiago…!, ¡Aleluya… Santiago mata moros!. Desde entonces, él fue llamado en toda la península ibérica “Santiago Matamoros”…
El autor es poeta e historiador.