Corea, Japón y Taiwán, con menores recursos naturales, impulsaron su desarrollo invirtiendo en educación y desarrollo tecnológico. Nuestro modelo de desarrollo sigue produciendo materias primas y extrayendo recursos naturales sin límites, lejos del “desarrollo sostenible”, que es aquel que satisface las necesidades del presente, sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones. Durante años el despale indiscriminado no respeta áreas de bosques protegidos, seca nuestros ríos, deja sin agua a poblaciones enteras, y alienta la agricultura y la ganadería extensivas, que también requiere agua. Con esas prácticas calentamos el planeta y los efectos nocivos del cambio climático afectan cada vez más los cultivos de un país agrícola, con largas sequías, inundaciones o huracanes. Así, avanzamos hacia un panorama de desertificación, que aumente la migración del campo a la ciudad y luego al extranjero, para exportar lo mejor que tenemos, la juventud, en cuya educación invertimos y otros países aprovechan ese valor agregado. Mientras tanto, la sociedad permanece indiferente, se libra de la presión de acoger a tantos jóvenes en el mercado laboral y en el sistema universitario, y espera más remesas familiares que dinamicen la economía.
Urge preservar nuestras principales fuentes de agua como el lago Cocibolca, que se nutre de ríos, algunos de los cuales se están secando, y desagua en el mar Caribe a través del río San Juan, cuyo caudal ha ido disminuyendo y en la estación seca es innavegable en algunos tramos. Igualmente, sucede al navegar el río Coco o Wangki, donde según el reportaje de Orlando Valenzuela, en IP Nicaragua en 2020: “La agonía del río Wangki”, empresas madereras arrasan con los bosques de pino del norte de Nicaragua y ganaderos del sur de Honduras hacen lo mismo con sus pinares para desarrollar la ganadería en sus riberas. Por su parte, Jaime Incer Barquero dijo para Canal 12 en 2019 que al destruirse los pinares de Dipilto y Jalapa, Cusmapa y la meseta de Estelí, se ha perdido la influencia de los bosques para captar humedad, producir lluvias, condensarla, infiltrarla y fortalecer con muchos afluentes al río Coco, el que está muriendo porque ya no recibe agua, más que provisionalmente si hay un buen invierno y, en algunas partes, solo quedan playones arenosos.
Consideremos, desde el punto de vista de seguridad fronteriza, los inminentes problemas que nos esperan en el futuro en partes de nuestras fronteras terrestres. En nuestra frontera norte, el río Coco es, en parte, la línea divisoria natural con Honduras, donde la mitad del río es hondureño y la otra mitad es nicaragüense, otra parte de la frontera está demarcada por mojones o hitos terrestres y otra por el río Negro, que desagua en el golfo de Fonseca. Casi del mismo modo, parte de nuestra frontera sur la constituye el río San Juan, con la diferencia que el San Juan es enteramente nicaragüense y su ribera sur, es decir, la parte seca, es territorio costarricense, y otra parte de la frontera terrestre la conforman los mojones.
¿Cuánto hemos invertido en definir nuestras fronteras terrestres? Es muy difícil cuantificar lo que han implicado la celebración de tratados, comisiones mixtas de abogados e ingenieros, arbitrajes internacionales y casos ante la Corte Internacional de Justicia. En 1998 el huracán Mitch alteró el curso del río Negro, lo que llevó a Nicaragua y Honduras a pedir apoyo técnico y financiero a la Organización de Estados Americanos para solucionar los problemas de esa desviación.
Al paso que avanza nuestro modelo de desarrollo extractivo, que no reforesta, eventualmente el curso de estos ríos cambiará y partes de ellos se secará, lo que traerá inminentes conflictos fronterizos y obligará a la revisión jurídico-técnica de nuestras fronteras. Renovemos nuestros bosques, salvemos los ríos y cuidemos nuestras fronteras.
El autor es licenciado en Derecho y magíster en Diplomacia.