En mis épocas de profesor universitario, en varias universidades, impartía anualmente varias charlas sobre ideologías políticas, hasta que algunas de mis posiciones ideológicas parece que se volvieron molestas para algunas rectorías. Prestaba atención a todas las más reconocidas, pero daba mayor atención a dos de las más importantes en el último siglo y medio: el liberalismo y el marxismo.
Hasta donde recuerdo, era la única clase en las universidades del país donde se impartía y se discutía un tema, supuestamente pasado de moda, porque el liberalismo político y económico aparecía triunfante en el mundo. En las primeras clases pensé que, al abrir esa caja de pandora, brotarían todos los viejos fantasmas y rencores tan cercanos y escabrosos para los nicaragüenses.
No obstante, la realidad era y es otra, la mayoría de los nicaragüenses, hoy como ayer, no saben casi nada de la ideología que dicen profesar. Así, por ejemplo, he escuchado a destacados liberales decir que son liberales porque son libres pensadores y que por eso les cuesta tanto ponerse de acuerdo. Peor aún, un día escuché decir al comandante Tomás Borge, ante la pregunta de una periodista sobre las profundas contradicciones en el pensamiento del general Sandino, que casi nunca había leído a Sandino (¡qué clase de sandinista es este!, pensé).
Este descubrimiento de falta de debate ideológico se volvió especialmente importante, si partimos de que el liberalismo nació luchando contra el rey y la Iglesia. Que propugna doctrinariamente por un Estado limitado (mínimo), tanto con respecto a los poderes como a sus funciones. Por consiguiente, para el liberalismo el Estado de derecho es, básicamente, una subordinación de los poderes públicos a las leyes, reconociendo a los ciudadanos unos derechos constitucionales que deben ser inviolables.
El liberalismo ve a la sociedad como conflictiva y pluralista, por tanto, para el liberal lo más importante es el desarrollo de la personalidad individual, incluso cuando pueda ir en detrimento de las personalidades menos dotadas. Conceptualmente, al liberalismo no le preocupa la igualdad y es individualista por excelencia.
Al contrario, para el marxismo el concepto de propiedad y de Estado están indisolublemente vinculados. Para Marx, el Estado capitalista es simplemente una “junta que administra” los negocios de la clase burguesa en detrimento del proletariado. En ese mismo sentido, para Lenin “mientras exista la propiedad privada” el Estado, aún en una república democrática, “no es otra cosa que una máquina en manos de los capitalistas destinada a aplastar a los obreros”.
Por tanto, mientras para el liberalismo el Estado debe ser mínimo para que no interfiera en el desarrollo de los individuos, especialmente, de las personalidades más dotadas. Para el marxismo el Estado es un aparato que surge para reconciliar las contradicciones irreconciliables entre las distintas clases sociales.
Consecuentemente, ante las debilidades expuestas por algunos de los representantes más “rancios” y “destacados” del mundo “ideológico” nicaragüense y expuestos algunos de los fundamentos del liberalismo y el marxismo, surge las preguntas: ¿qué papel juega la ideología en las luchas de poder en Nicaragua? ¿Qué propuesta programática ofrece el liberalismo y el sandinismo (supuestamente marxista) para resolver, desde sus respectivas ideologías, los problemas de Nicaragua?
Definitivamente que parece que ninguna. Más bien, esas propuestas programáticas, cuando las hay, parecen justificaciones retóricas para encubrir los intereses particulares de grupos, ambiciones personales desmedidas, propuestas vacías de la política tradicional que solo recurren a la ideología para justificar sus intereses y son expresión del excesivo sectarismo que domina la política nicaragüense.
Por ende, la ideología no juega casi ningún papel importante en el actual contexto. El problema fundamental de la política nicaragüense no es su afiliación ideológica sino su excluyente cultura política que pone énfasis en la construcción de un centro de poder omnímodo que controla y excluye cualquier posibilidad de pluralismo político. Una adhesión, caricaturesca y rígida, a ciertos principios ideológicos sin intentar una adecuación al contexto y a las realidades cambiantes del país.
En consecuencia, cualquier propuesta política nueva debe superar el oportunismo, sectarismo y maniqueísmo que el sandinismo ha impuesto a la sociedad nicaragüense, apostando por una propuesta de mejora continua, sin atrincheramiento en feudos de corrupción y privilegios para la clase política. Para que el país cambie su cultura política debe enseñarse y practicar la tolerancia para gobernar. Solo así van a sobrevivir y avanzar los discursos y las prácticas modernizadoras que todos aceptamos en el discurso, pero rechazamos en las prácticas cotidianas.
Como dice Andrés Pérez Baltodano, la nueva propuesta política deberá tener un componente pedagógico que modifique de forma significativa las prácticas y los valores políticos, que ponen excesivo énfasis en la retórica vacía de los “ismos” o en las actitudes “gatopardistas” de las élites. Más bien, la condición necesaria debería ser rediseñar las piezas fragmentadas de la política nicaragüense, revitalizándola con nuevas ideas, conceptos y expresiones. Para poder superar, según Alejandro Serrano Caldera, el “archipiélago de islotes sociales que coexisten, inconexos”. En otras palabras, no es dividiendo a la sociedad nicaragüense con propuestas gatopardistas desfasadas, o exaltando los «ismos», como transitaremos a la modernidad política, que requiere de la interiorización de la institucionalidad democrática.
Finalmente, es imposible construir una sociedad democrática poniendo solo énfasis en las libertades sin hablar de la justicia social y de las oportunidades para todos. De igual forma, no se puede construir una sociedad democrática si solo ponemos atención a los derechos, sin abordar la productividad económica que hará posible el desarrollo y la consolidación de esos derechos. Porque está comprobado que sin la reconciliación entre las libertades y justicia social es imposible construir una sociedad democrática.
El autor es politólogo.