En cuclillas, la espalda contra un árbol, la mujer cierra los ojos fuertemente, como hacen los niños para convocar al sueño cuando no hay manera de dormir. “Piensa, piensa”, se decía, “piensa que no estás aquí, y que ese tipo que se desnuda y deja su fusil a un lado no va a hacer lo que llevan dos años haciéndote. Una vez más, solo tienes que pensar. Sal de aquí; puedes hacerlo. Por mucho que esto sea un secuestro, no pueden impedir que lo imagines. Eso es todo lo que tienes que hacer”.
He pensado mucho en ella. La conocí en Colombia, en una casa de seguridad. Me contó, con los ojos abiertos y la mirada fija, la pesadilla que había sufrido antes de conseguir fugarse con su marido y la niña, una adolescente ya, que escucha nuestra conversación. Supongo, no lo sé realmente, que era la primera vez que su madre lo contaba en presencia de ella.
Habían vivido en una comunidad rural, controlada irregularmente por un grupo armado. Ella se había casado muy joven con un campesino del vecindario. Una boda sin amor, más bien por presión de ambas familias. Al cabo de los años, ya con la niña crecida, vinieron a visitarla. El líder de los armados se encaprichó de la madre y amenazó con matar a su familia si no accedía a verse con él a unas horas concretas, en días alternos.
Cuando se cansó de ella, el resto del grupo siguió, como si eso ya fuera el modus operandi con las mujeres del entorno. No había escapatoria posible sin exponer la vida de los suyos.
¿Cómo se puede sobrevivir a eso?
“Haciendo lo único que podía hacer”, me dijo. Ahora mismo, añadió, no recordaría ni una sola de las caras de aquellos hombres, porque cuando abusaban de ella, cerraba los ojos y planeaba con la imaginación sobre su pequeña parcela, y veía la imagen de su marido trabajando el campo, y de su hija cerca de él. Una imagen de paz. El dolor y las heridas trataban de entrometerse en esa imagen, pero ella insistía en recrearla con una luz cegadora para preservar ese territorio imaginario.
Su marido no quería saberlo. Así son, dice, los hombres de las veredas. Ella cuenta que él sabe, pero no quiere hablarlo. A ella le gustaría decirle, mirarlo a la cara: “Mira, mi amor, mira lo que tuve que hacer para salvarte la vida a vos y a la niña”, pero sabe que no resistirá las palabras.
Y sí: le dice “mi amor”. Yo le pregunto si lo ama de veras, o es solo una expresión. Me acaba de decir que se casaron por casarse, no por amor. Y no sabe por qué, pero a fuerza de imaginarlo mientras abusaban de ella, se ha ido enamorando. Es una locura, pero ahora es su amor. La psicóloga que nos acompaña, me dirá después que eso hay que tratarlo, que alguna vez esa mujer deberá enfrentarse a la realidad y no tratar solo de sobrevivir en la fantasía.
Pero pienso en qué otra manera habría para sobrevivir, y no encuentro respuesta.
La niña, la adolescente, escucha apoyada en el dintel de una puerta, también con los ojos abiertos. La mujer continúa sin volverse a verla. “No hay otra cosa que puedas hacer. Rendirte y morir, tal vez. Pero si quieres que los tuyos sobrevivan tienes que imaginar”.
Al cabo de un tiempo, se les ofreció una salida inesperada, una forma casi segura de huir. Apareció de repente. No me cuenta cómo, pero fue, dice, como si alguien lo hubiera imaginado así para ellos.
Y ahora, no dejo de pensar en ella. No se le puede pedir a las personas secuestradas que resuelvan sus problemas con el secuestrador por sí solas. Tampoco se le puede pedir a un país secuestrado que resuelva sus propios problemas. No es posible. Desde fuera, solo se puede negociar con el secuestrador. Desde dentro, los retenidos, solo pueden imaginar la libertad, que es lo único que no se alcanza a encerrar por la fuerza, como tampoco a alguien que hace posible el amor donde apenas queda.
El autor es periodista.
@jsanchomas