He leído con mucha extrañeza y preocupación el escrito de opinión del doctor Humberto Belli Pereira, edición del Diario LA PRENSA del 12 de julio del corriente año, en el que en forma innecesaria, errónea y desafortunada, manifiesta que la estatua erigida en esta ciudad, al general José Santos Zelaya es inmerecida. Digo que me extraña porque el doctor Belli ha sido una persona condescendientes de vasta cultura histórica y políticamente moderado y al esgrimir esa opinión negativa sobre el presidente Zelaya, lesiona en lo más profundo, a un fuerte sector de nuestra población, que profesa con arraigo y tradición la ideología liberal, y tiene como referencia política permanente la figura de Zelaya; y al inicio también expresé que me preocupa, porque en un país en donde se clama por una verdadera inclusión política, ideología y pluralista se trate de desvirtuar el acervo progresista y nacionalista del expresidente Zelaya, que logró insertar a Nicaragua en un lugar decoroso en el contexto internacional.
Fue el general Zelaya el artífice de un liberalismo de nuevas magnitudes, renovado y de avanzada, que esclareció su ideario y profundizó su convicción de lograr construir un Estado moderno, transformado y competitivo, con carácter de contemporaneidad. Zelaya inyectó un nacionalismo que reafirmó los cimientos de la nación, habiendo devuelto a Nicaragua la identidad nacional con la integración permanente de la Costa Caribe; eso no solo merece una estatua sino también nuestro permanente reconocimiento en la infraestructura y en la legislación dejó un país con mira hacia el futuro; en la educación fueron incansables sus esfuerzos para lograr que se cumpliera a cabalidad la cobertura de la enseñanza, sobre todo la primaria, y para ello es bueno remitirse al texto. “La educación durante el liberalismo (1893-1909)”, escrito por la licenciada Isolda Rodríguez Rosales y en donde se detalla todo el engranaje y red educativa, que para aquellos años era de muy alto quilataje. Es verdad que “La Libérrima” Constitución modeló en el planteamiento institucional, nacionalista y unionista, no logró su propósito inicial, pero fue y es un punto de referencia del enunciado ideológico de esa época.
Seríamos ingratos con nuestra historia nacional creer que todos los personajes por ella recogidos no tuvieron defectos en sus actuaciones públicas, y es allí donde con un grado de tolerancia y balance político, debemos juzgar los acontecimientos y sus autores, tomando como premisa que tanto el partido liberal como el conservador en esos tiempos, dominantes del acontecer histórico, tuvieron aciertos y errores. Cabe recordar que la reelección del doctor Roberto Sacasa, último presidente del llamado periodo de los treinta años conservadores, provocó precisamente el alzamiento liberal del 11 de julio de 1893. Así también el primer presidente de ese mismo periodo, el general Tomás Martínez, prócer de la guerra nacional antifilibustero, se reeligió, aun en circunstancias muy difíciles (1859/1867). El conservatismo estando en el poder solicitó la intervención de las tropas norteamericanas, tanto la de 1912 como la de 1926, esta última provocada por el golpe de Estado (El Lomazo, octubre de 1925) perpetrado por el caudillo conservador el general Chamorro, lo que trajo como consecuencia la guerra constitucionalista de 1926, que se extendió hasta 1932 y que dejó mucho luto y dolor entre los nicaragüenses.
Quiero por último manifestarle al doctor Belli que no es con un monumento que necesariamente se reconoce el patriotismo y las brillantes ejecutorias del general Zelaya, sino también con el recuerdo inagotable de su obra y su grandeza lo que ha edificado una gigantesca estatua en nuestra conciencia ciudadana.
Este escrito de opinión está lejos de polemizar con el criterio del doctor Belli, a quien le reconozco su valía como historiador y es merecedor de mi sincera consideración y personal estima.
El autor es magistrado de la Corte Suprema Justicia. Miembro del Consejo de Administración y Carrera Judicial.