La arrogancia que en la humanidad a muchos les asiste, hace que estemos viviendo tiempos aciagos muy desafortunados, que perturban vivir y torcer el camino hacia el progreso y la superación. No se vive a plenitud. Se han confundido los valores y los detentadores del poder, los manipulan, hacen que sea más complejo poder apreciar lo hermoso que es la vida, al tergiversar intereses nacionales.
Al revisar la historia, soy del creer que una de las grandezas más firmes en bien de la humanidad, fruto de la Revolución francesa (1789-1799), fue la Declaración de los Derechos del Hombre aprobada el 26 de agosto 1789, relacionados a la LIBERTAD, destacándose el artículo primero: “Los hombre nacen y permanecen libres e iguales en derechos”.
El hombre por naturaleza desea lograr progreso y grandeza en nuestra vida, tanto en espíritu como material. Solo será posible asistiéndole ser virtuoso, en que la humildad es fundamental. Para los cristianos el progreso está en función de la humildad con que nos entreguemos a Dios. Él nos fortalece en la medida en que vivamos para su gloria. El ejemplo para la humanidad fue el deseo del Padre en su hijo Jesucristo de ser consecuente con su martirio sufrido, con amor para nuestra redención de nuestros pecados y salvación.
En vida todos somos diferentes, según nuestras acciones. Pero les alberga la vanidad y la arrogancia, ufanándose de lo que poseen, olvidando que al final nada se llevan, y que al mismo hoyo iremos a parar. A los ojos de Dios todos somos iguales. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:19).
¿Pero qué es ser humilde? Pues puede provocar mucha confusión sobre el concepto de humildad, al asociarlo a la sumisión y el no poseer recursos económicos. En el cristianismo es una virtud necesaria para entrar al reino celestial. Jesucristo decía: “Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz para vuestra alma” (Mt 11:29). La humilde mansedumbre es una virtud tan maravillosa y provechosa que es necesario esforzarse hacerla praxis de nuestra vida. De ahí que “Dios ha prometido dar la gracia a los humildes, mientras que a los soberbios los resiste”. (Prov. 3:34) En el cristianismo la humildad, si bien es subordinarse ante Dios, sin pizca de soberbia; no ser pasivo; saber usar el talento con sentido de ecuanimidad y tenerla presente para poder progresar.
Ser humilde es tenerse autoestima y respetar con honestidad a los demás, teniendo una visión clara y precisa de sí mismo, consciente de sus limitaciones. Mucho de la grandeza radica en la humildad.
La ironía del ser humano es que habiendo aprendido a volar tan alto como el águila, y nadar tan rápido como los peces, por egoísmo y soberbia, al creerse que lo tiene todo, se olvida de saber extender la mano al necesitado. Adquirimos riquezas sin ser agradecidos. Se olvida apreciar y valorar la vida, y no tenemos tiempo de reflexionar lo que del mensaje nos dejara el grande Alejandro Magno, rey de Macedonia, convocando a sus generales solicitó sus últimos tres deseos previo a morir: Primero: Que su ataúd fuese llevado en hombros y transportado por los propios médicos de la época. Segundo: Que los tesoros que había conquistado, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba, y tercero: Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, y a la vista de todos. Tan sorprendentes deseos, motivaron la pregunta de porqué, a lo que Alejandro explicó: Porque quiero que los médicos eminentes sepan que ellos no pueden evitar cuando la muerte llega, y quiero que sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen; y quiero que mis manos se balanceen al viento para que todos puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos. “Polvo eres y al polvo volverás”.
El autor es escritor.