Conozco historias de personas que, al iniciar la guerra, decidieron mandar a sus hijos fuera del país, o simplemente la familia entera empacó lo que pudo y dejaron todo atrás, buscando alejarse de lo difícil que sería vivir en una Nicaragua en pobreza y constante conflicto armado, donde el servicio militar terminó siendo obligatorio, llevando a la muerte a miles de jóvenes. Antes de eso, varios se fueron del país por temor a ser buscados, arrestados y enjuiciados (o peor) por apoyar a Somoza o por no haber apoyado a la revolución. Cualquiera que sea la razón, Nicaragua conoce muy bien lo que es irse y vivir en el exilio.
Hoy, son otros cientos de miles más quienes tuvieron que salir huyendo de una persecución macabra; unos por haber participado en la rebelión de abril, en los tranques, marchando, brindando apoyo o alzando sus voces en las redes sociales, para dar unos ejemplos.
Ahora, también podemos incluir a ciudadanos que están huyendo porque el país —a pesar de que te lo quieren pintar bonito en los medios oficialistas— va a pique.
Nicaragua es un pueblo lleno de incertidumbre donde uno no sabe si —al apagar las luces por la noche— la policía va a entrar por la fuerza y llevarte a punto de golpes, amaneciendo en la cárcel, secuestrado bajo una ley ridícula e inconstitucional… Todo por pensar diferente. Es como jugar la versión FSLN de Monopolio, donde la cara de Ortega está plasmada en el centro del tablero y cada espacio muestra un agente policial apuntando al mismo lugar, diciéndote: “vete a la cárcel”.
También, debido a las tremendas alzas de combustible, la canasta básica y servicios de luz y agua, incluso las tácticas de la policía de multar arbitrariamente a los conductores o, al arribar al país, agentes aduaneros cobran impuestos exorbitantes a viajeros por introducir artículos que fueron comprados en el extranjero o cosas que ya estaban en estado de uso, cobrándolos como si fueran de paquete.
La inseguridad, corrupción y total tristeza que vive Nicaragua es suficiente para poner a pensar a cualquier persona y debatir si se va o se queda.
Aunque la dictadura es quien merece la culpa por las desgracias que se sufren en el país, no se puede descartar que estamos viendo que hay otra persona y grupo que aporta de una forma negativa al disgusto nacional. Habrá quienes estarán en contra de mis palabras y están en su derecho, pero cartas sobre la mesa, el sentir de una mayoría es que la indolente de Kitty Monterrey está echándole una mano a Ortega con su sectarismo excluyente. No solo lo digo yo, es el sentir de muchos. La señora se cree la salvación de una derecha en Nicaragua que históricamente ha sido tan corrupta como la izquierda que tanto odia. El problema —a mi criterio— es que esa mentalidad cerrada demuestra el temor que tiene de perder lo único que la hace relevante en la política nicaragüense. Eso no es ser patriótica, sino interesada en (como dice el buen nica) en hueso. Las redes sociales tienden a ser más personalizados con sus ataques en contra de ella, pero honestamente hablando, se la ha buscado al ser alguien que divide más que une.
¿Qué podrán hacer los nicaragüenses ante semejante calamidad? Muchos que aún no lo han hecho se irán, como otros lo hicieron durante los ochenta y no los culparía por tomar esa decisión. Los que no pueden tendrán que quedarse y aguantar, con la esperanza de que otra dictadura caiga sobre su propio peso o muera completamente. Y los fanáticos, los que fielmente apoyan a lo incorrecto, tendrán que entender de una vez por todas que, a como dijo el argentino Waldo Wolff: robar es malo, disfrazarlo de revolución es perverso, creerlo es enfermizo y defenderlo es patético. Al final, Nicaragua seguirá perdiendo algo difícil de recuperar.
El autor es maestro y autor de obras sobre la rebelión de abril.