Estamos muy entretenidos con las candidaturas presidenciales. Y con razón, porque es de gran importancia escoger bien al jefe del Ejecutivo. Pero no podemos olvidarnos de las candidaturas a diputados. Un poder legislativo sano, competente e independiente, es fundamental. Una nueva Nicaragua requiere de una nueva Asamblea. Una corrupta o sometida al Ejecutivo, destruye el principio de la separación y equilibrio entre los poderes del Estado, principio fundamental de las repúblicas democráticas.
Si queremos dejar atrás lo que el pueblo llama “la chanchera”, esa Asamblea poblada por diputados totalmente serviles al caudillo, muchas veces ineptos, muchas veces comprables, todas las veces sin ninguna representatividad —pues no fueron electos por el pueblo sino por el dedo del caudillo o arreglos de cúpulas— debemos preocuparnos mucho por construir un nuevo poder legislativo.
Esto implica, en primer lugar, que los electos sean personas idóneas, honestas, de criterio independiente y consagradas al servicio de su país, no de personas o grupos. En segundo lugar, que sean representativos, es decir electos directamente por el pueblo o sus comunidades de origen. En tercer lugar, que sean, independientes, es decir libres de actuar con criterio propio y no por directrices ajenas. Si deben responder a algún sector, este debe ser al distrito o circunscripción que lo eligió.
Estas condiciones están totalmente ausentes en nuestro país. Por designio legal, son los jefes de partido quienes escogen sus candidatos a diputados que, a su vez, son votados en plancha. Para terminar de anular la independencia de estos, el orteguismo pasó la abominable ley del transfuguismo, la cual permite destituir al que no vote de acuerdo con su partido, es decir, a quien difiera de la voluntad del caudillo. Esto hace que la Asamblea no esté integrada por representantes del pueblo, sino por sirvientes de aquellos, y que estén predominantemente integradas por personas deseosas de un puesto público que ven jugoso y atractivo, y cuyo mayor capital político no son su rectitud, capacidad o popularidad, sino el grado de sumisión mostrado al jefe; su gran elector. Es pues este un diseño totalmente antidemocrático y corruptor.
¿Cómo cambiarlo? El paso indispensable serán cambios constitucionales y legales que establezcan al menos tres cosas: que los diputados sean electos directamente por los habitantes de las regiones que van a representar, abolir la ley del transfuguismo y ajustar sus salarios a sus antecedentes de ingreso. Esto último puede sonar innovador, pero es la política que siguen instituciones como AID, y otras transnacionales con sus consultores: se evalúa cuánto ganaban en los años precedentes y se les da un salario ligeramente mayor al ingreso que percibían, pero estableciendo un techo o salario máximo para todos. Eso contribuiría a colar candidatos cuya motivación principal, en la busca de una diputación, es multiplicar sus ingresos.
¿Cuál es el problema actual? Que estas condiciones no existen y que estamos en las puertas de elecciones para presidente y diputados. El reto, entonces, es que la actual oposición aproveche la oportunidad para consensuar formas de elegir sus candidatos a diputados que aseguren, al menos, su idoneidad para el cargo. Cómo lograrlo, es la pregunta del millón. No es nada fácil. Actualmente las distintas organizaciones políticas opositoras están pujando por aumentar su cuota de candidatos a diputados en el vehículo electoral que se escoja. Complica el problema que son muchas y que la mayoría de ellas no tienen forma de medir su peso real o representatividad, circunstancia que dificulta, hasta el extremo, armar la ansiada unidad.
Se requiere pues, pensar creativa y equitativamente, en un sistema que, con tremendas limitaciones, permita, por aproximación, elaborar una lista de diputados con las mejores credenciales posibles. Esto puede requerir un equipo de árbitros lo más honestos y neutrales posibles, combinado con otros procedimientos que permitan auscultar sectores más amplios. Nada fácil. Pero tremendamente necesario. Poco ganaremos eligiendo un buen presidente (a) pero una Asamblea mediocre y corruptible.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.