Cómo una higuera me ayudó a descubrir la prisión secreta donde fui torturada

Alejandra Holzapfel ahora dirige el mismo lugar en donde fue torturada. Foto: BBC Mundo

Alejandra Holzapfel ahora dirige el mismo lugar en donde fue torturada. Foto: BBC Mundo

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La modesta casa parece una encantadora vivienda residencial en las afueras de Santiago de Chile.

La hiedra trepa por la pared que rodea una pintoresca fachada que cuenta con un balcón adornado con flores en espiral.

Detrás de la puerta de hierro forjado hay un patio con palmeras y una vieja higuera retorcida en el jardín.

Parece el epítome de la serenidad, pero las paredes de este lugar guardan recuerdos profundamente inquietantes, ligados al pasado violento de Chile. El viejo árbol de su jardín es un símbolo de cómo algo muy corriente puede ayudar a convertir el horror y el dolor en esperanza y justicia.

Un primer plano de una pancarta roja situada fuera de los muros del lugar conmemorativo, anteriormente conocido como «Venda Sexy». La pancarta lleva una inscripción en letras blancas y negritas que reza: «antiguo centro de detención, tortura, violencia político-sexual y exterminio». La pancarta también incluye un dibujo de la casa en negro, el nombre «Irán #3037» y el dibujo de una mujer con los ojos vendados.
Carteles colocados frente al centro de detención de Santiago, anteriormente conocido como «Venda Sexy», y que señalan su ubicación.

De la esperanza al horror

Alejandra Holzapfel recuerda la esperanza y el optimismo que se apoderaron de Chile tras la elección del presidente Salvador Allende en 1970. «Todo el mundo estaba feliz, bailando, gritando», cuenta.

Para estudiantes como ella, la presidencia de Allende representaba la posibilidad de un país totalmente diferente. «Queríamos una sociedad más justa, no un país como el de hoy, donde solo los ricos viven bien y el resto queda olvidado», dice, «pensábamos que las políticas de Allende eran maravillosas».

Motivada por esos ideales, se unió a un movimiento estudiantil de izquierdas.

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«Estaba convencida de que tenía que formar parte de esto. No podía quedarme en casa sin hacer nada», afirma.

Al igual que muchos jóvenes activistas, se lanzó a la vida política participando en marchas, pintando murales y viajando al campo para ayudar a los agricultores. Pero el 11 de septiembre de 1973, sus esperanzas de construir una sociedad más justa se vieron frustradas.

«A las ocho de la mañana salí de casa y vi que las calles estaban llenas de soldados», recuerda Holzapfel. Cuando llegó a la universidad, ya se extendían los rumores sobre el destino del presidente.

«Nos subimos al tejado de la universidad y presenciamos el bombardeo del palacio presidencial y lloramos». El golpe de Estado liderado por el general Augusto Pinochet marcó el fin de la democracia y el inicio de una dictadura represiva de la derecha que duró 17 años, hasta 1990.

Foto de archivo de 1973: La fotografía en blanco y negro muestra dos tanques militares acercándose a un gran edificio administrativo, con soldados apuntando con sus rifles y listos para disparar.
Holzapfel recuerda perfectamente los tanques en las calles de Santiago cuando se desató el golpe de Estado.

Golpe de Estado y prisiones secretas

El ejército comenzó a detener a los partidarios del gobierno derrocado. Holzapfel cuenta que buscó refugio de los golpistas en un hospital. Allí, dos mujeres la ayudaron a hacerse pasar por una madre primeriza para evitar que la capturaran. Los soldados la dejaron marchar: «Oye, no te preocupes, no es por ti. Estamos buscando a extremistas».

Pero no lograría escabullirse por mucho tiempo.

Un año después, en diciembre de 1974, llegaron por ella. «Eran las cinco menos cuarto de la mañana. Había cinco hombres fuertemente armados», recuerda. Mientras registraban su casa, Holzapfel se adelantó para proteger a su madre. «Es ella», dijeron los hombres y la agarraron. «Me taparon los ojos con cinta adhesiva. A partir de ese momento, solo podía oír ruidos». Mientras se la llevaban, ella intentaba orientarse en la oscuridad.

Fotografía en blanco y negro en la que se ve a personas detenidas en un estadio deportivo tras el golpe de Estado. Un soldado armado con un rifle se encuentra de pie frente a la valla, mientras los prisioneros esperan a ser interrogados.
Tras el golpe militar de 1973 en Chile, se dio la detención de personas sospechosas de apoyar al presidente Salvador Allende.

Holzapfel fue trasladada a una red de centros de detención secretos, entre ellos uno llamado Villa Grimaldi.

Tras cinco días de tortura, la trasladaron a una casa situada en una tranquila calle residencial de Santiago, donde permanecería en condiciones inimaginables durante las tres semanas siguientes. La casa era gestionada por las autoridades militares chilenas que la llamaban con el inquietante nombre de «Venda Sexy» o «La venda sexy».

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Las condiciones allí eran brutales. El apodo inusual y escalofriante se debía a que a los reclusos se les mantenía siempre con los ojos vendados y a que el abuso sexual era una forma habitual de tortura.

En la casa, Holzapfel no podía ver, pero sabía que estaba con otros estudiantes de la universidad.

En varios carteles y letreros del interior del memorial se puede leer: "No a la impunidad. Si estoy en tu memoria, soy parte de la historia", "Avísenles, por favor, que los estamos buscando" y "No a la discriminación".
La casa alberga recuerdos y reflexiones de personas de todo tipo sobre un periodo traumático de la historia de Chile.

«Había tres literas… tres o cuatro personas por cama, así que no nos tumbábamos, solo nos sentábamos», cuenta. «Aguantamos. En la segunda planta había dos salas de tortura. La inteligencia militar tenía su base en la sala con balcón. La violencia era sistemática. Llegaban a las ocho y media de la mañana y se marchaban sobre las cinco… Era una violencia terrible». Lo que más la marcó fue la deshumanización. «Todo era bestial, salvaje».

Recuerda que los guardias la llevaron de vuelta a su habitación con una minifalda de lunares blancos y negros. «La ropa estaba tirada por todas partes en la casa de tortura, y los guardias te daban cualquier cosa para que te pusieras».

Para Holzapfel, los interrogatorios llevados a cabo por los guardias no eran solo físicos, sino también psicológicos: algunos fingían ser amables para sonsacarle información.

Aun así, algo más echó raíces en aquella oscuridad: la camaradería.

La imagen muestra cinco fotografías en blanco y negro de mujeres identificadas que fueron secuestradas durante el régimen de Pinochet y torturadas en el centro de detención. Las fotografías, que rinden homenaje a estas mujeres, están colgadas en una pared de color rojo vivo en el interior del memorial.
Las mujeres iniciaron una campaña que duró una década para recuperar la casa y convertirla en un lugar conmemorativo dedicado a las personas secuestradas y torturadas bajo el régimen de Pinochet.

«Esa solidaridad entre mujeres fue maravillosa… nos dio la fuerza y el valor para resistir. Siempre nos tratamos con amor y amabilidad», afirma Alejandra. Las reclusas se cuidaban unas a otras, forjando vínculos que perdurarían durante décadas.

También hubo breves pero preciosos momentos de respiro cuando le quitaban la venda de los ojos. Holzapfel podía vislumbrar la cotidianidad de la vida, que a sus ojos era extraordinaria. Recordaba una sencilla escalera o, cuando iba al diminuto cuarto de baño debajo de las escaleras y miraba por la pequeña ventana, podía ver una higuera fuera.

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Tras tres semanas de tortura, Holzapfel fue trasladada a otros centros de detención y finalmente enviada a Tres Álamos, un centro penitenciario oficial de Santiago donde se le permitió relacionarse con otras reclusas. Allí se ayudaron mutuamente a asimilar sus experiencias y su rehabilitación pudo por fin comenzar. «Creo que fue el lugar más importante para mi recuperación a lo largo de mi vida», afirma.

Entre el exilio y la recuperación

Otra imagen del interior del memorial. En ella se ve una gran ventana con un cartel junto a ella, colgado en una pared de color rojo vivo, en el que se lee "Espacio de reclusión de mujeres".
Un letrero en la pared reza: «Centro de detención de mujeres», en una sala y una casa que ya no es un lugar de silencio, sino de testimonio, educación y comunidad.

Las mujeres del centro empezaron a hablar abiertamente de lo que les había ocurrido en la casa.

«Llegamos sintiendo vergüenza, por la violación de nuestro cuerpo, que había sido manoseado», cuenta Holzapfel. Poco a poco, al hablar con otras mujeres sobrevivientes, se dio cuenta de que ella no tenía la culpa del abuso.

«La vergüenza que sentía se transformó en ira hacia los agresores. Ya no me sentía avergonzada». Finalmente, Holzapfel fue puesta en libertad con la condición de que abandonara Chile. La enviaron al exilio en Alemania Oriental debido a las conexiones que tenía allí con su difunto padre. Para ella, esta transición fue desorientadora.

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«Fue difícil porque me sentía muy sola», dice. El clima también fue un shock. «Cuando llegué a Alemania, todo estaba nevado, todo era frío».

Reconstruyó su vida lo mejor que pudo, casándose y teniendo hijos, aunque reflexiona: «No era un tipo de relación en la que pudiera decir que estaba locamente enamorada. Pensé que tenía que volver a la normalidad».

También habló públicamente sobre lo que estaba sucediendo en su país.

En 1987, regresó a Chile con sus hijos, a medida que la dictadura permitía gradualmente el regreso de los exiliados. Su vida era mucho más tranquila y se centró en sobrevivir. Intentó vender miel, pero tuvo un éxito muy limitado.

«La miel estaba volviendo loca a mi madre porque la casa estaba llena de abejas», cuenta, y añade que los clientes siempre le pedían algo diferente. «¿Tienes Coca-Cola? ¿helado?» Así fue como empecé con una pequeña tienda».

Poco a poco, sin embargo, su pasado empezó a resurgir. Un día, un antiguo compañero de prisión política entró en su tienda y se saludaron con un abrazo. «No fue algo que sucediera de la noche a la mañana. Otros sobrevivientes pasaban a verme o a darme un abrazo».

El general Augusto Pinochet, jefe de la junta militar gobernante de Chile y vestido con uniforme militar, ofrece una rueda de prensa en la Escuela Superior de Guerra de Santiago en septiembre de 1973.
La junta militar del general Augusto Pinochet gobernó mediante el miedo, la intimidación y la violencia.

La resistencia

Poco a poco, Holzapfel se fue reencontrando cada vez más con antiguos reclusos y sus recuerdos compartidos darían lugar a algo más grande.

Años antes, a principios de los años 80, dos abogados defensores de derechos humanos que investigaban lugares de tortura y recopilaban testimonios de sobrevivientes, fueron invitados a cenar a la nueva casa alquilada por un amigo en Santiago.

Cuando llegaron a la casa, comentaron que tenía todas las características que los sobrevivientes habían descrito.

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En 1990, le pidieron a Holzapfel que visitara la casa para confirmar si era realmente el lugar donde había soportado aquel infierno.

Reconoció ciertos detalles: la escalera, las habitaciones y una ventana redonda del baño que daba a aquella vieja higuera.

«Entramos y nos abrazamos. Reconocimos la casa».

Pero el reconocimiento tuvo un precio.

«Los recuerdos eran muy dolorosos», dice.

Las mujeres iniciaron una campaña de décadas para recuperar la casa y convertirla en un lugar conmemorativo. En 2023, finalmente lo consiguieron y la casa fue expropiada por el Gobierno chileno y entregada a las sobrevivientes para que la administraran.

Hoy, Holzapfel es la directora del mismo lugar donde una vez estuvo cautiva y fue brutalmente torturada, y que ahora es conocido por su dirección: Irán 3037.

«Ahora, poco a poco, me siento más tranquila, pero al principio fue difícil. Cuando veníamos, pasábamos todo el tiempo fuera antes de atrevernos a entrar y trabajar en una de las habitaciones», dice.

En la imagen, se ve a Holzapfel, a la izquierda, junto a otra mujer rubia a su derecha. Las mujeres se encuentran frente al monumento conmemorativo y llevan colgadas al cuello fotografías en blanco y negro de personas desaparecidas y antiguas víctimas del régimen de Pinochet.
Holzapfel afirma que su trabajo se centra en garantizar que los horrores de la época de Pinochet no vuelvan a repetirse nunca más en su país.

A las mujeres les costó tiempo volver a entrar en la casa, pero la transformación ha sido profunda. «Lo hemos conseguido; hemos vencido al odio».

La casa ya no es un lugar de silencio, sino de testimonio, educación y comunidad. La hija de Holzapfel también colabora como voluntaria.

«Mi hija es muy activa: una compañera, una luchadora». Y cuenta que incluso sus nietos están descubriendo su historia.

Para Holzapfel, el objetivo está claro. «Tenemos que contarle a la gente lo que pasó. Queremos apoyar la justicia y la paz, para que algo tan horrible no vuelva a suceder nunca más en este país».

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Su objetivo no es solo recordar, sino «transformar ese lugar de horror en un lugar de luz», y de cosas cotidianas, como flores y árboles.

Basado en un episodio del programa de radio Outlook, del Servicio Mundial de la BBC, con información adicional del equipo de periodismo global de la BBC.

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