“El poder que cura, no el que somete”

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo nos presenta una escena que condensa la vida y el ministerio de Jesús: “Al ver a la gente, se compadeció de ella, porque estaba cansada y abatida, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Jesús no mira desde lejos ni con indiferencia. Mira de cerca, mira con el corazón. Su mirada se vuelve estremecimiento interior. Jesús no solo ve el sufrimiento de la gente; lo siente como propio. Lo hace suyo. Es la compasión de Dios hecha carne: un amor que no contempla el dolor desde lejos, sino que lo padece desde dentro.

En aquella muchedumbre, ¿a quiénes ve Jesús? Ve personas cansadas y abatidas, enfermas y sin esperanza. Ve a hombres y mujeres sin orientación, sin rumbo, sin alguien que los guíe y los proteja. Aquella gente es como un reflejo de la humanidad que anhela sin encontrar, que lucha sin ver el fruto de su esfuerzo, que padece sin que nadie la consuele. Jesús vio a la gente como “ovejas sin pastor”, una expresión bíblica utilizada por Moisés antes de morir, quien le pidió a Dios que no dejara a su pueblo “como ovejas sin pastor” (Nm 27,17).

Esta imagen no ha perdido nada de su actualidad. Hoy también hay mucha gente que vive como ovejas sin pastor. Personas tristes, solas, desorientadas, desilusionadas por ídolos engañosos; familias desgarradas por la pobreza, la migración forzada o la violencia; pueblos enteros privados de libertad y de futuro por la guerra o dominados por regímenes dictatoriales que se imponen con el miedo y la represión. Jesús vería hoy lo mismo que vio entonces: una humanidad cansada y abatida, hambrienta de verdad, de compasión y de libertad.

La compasión de Jesús no era un mero sentimiento. Se expresaba en palabras de esperanza y en gestos liberadores: “Recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando, anunciando la buena nueva del reino y curando toda clase de enfermedades y dolencias” (Mt 9,35). Compasión y acción. Por eso, al ver a la muchedumbre sufriente, Jesús se siente impulsado a hacer algo y exclama: “La cosecha es abundante y los obreros son pocos” (Mt 9,37). Hay una cosecha que recoger, personas a quienes devolver la esperanza, pueblos a los que servir y liberar, una historia que redimir. Y esa cosecha no puede perderse.

Pero la iniciativa no es nuestra, sino de Dios. Por eso, Jesús pide que oremos: “Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt 9,38). La oración es la primera y más urgente respuesta ante el dolor del mundo. No porque sustituya a la acción, sino porque es su raíz y fundamento, haciéndola fecunda y fuerte. Quien ora reconoce que el mundo no se salva con nuestras solas fuerzas. Quien ora se pone en sintonía con el proyecto de Dios y se dispone a ser parte de su respuesta.

De esta compasión y de esta oración nace la elección de los Doce. Jesús “llamó a sus doce discípulos y les dio poder para expulsar los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias” (Mt 10,1). El número doce remite a las doce tribus de Israel, el pueblo de la primera alianza. Los Doce son el fundamento de un pueblo nuevo, nacido de la voluntad redentora del Señor. Jesús no los elige para que ocupen cargos. Los elige para que prolonguen su mirada y su compasión en el mundo. Los Doce somos todos nosotros, la Iglesia entera, elegida y enviada por Jesús para predicar la buena nueva de la cercanía de Dios.

Antes de enviar a los Doce, Jesús les otorga poder. No para dominar, sino para curar. No para humillar, sino para levantar. Una sola indicación: “Sanen enfermos, resuciten muertos, purifiquen leprosos, expulsen demonios” (Mt 10,8). El poder que Jesús otorga es un poder al servicio de la vida y de la dignidad humana. Es exactamente lo contrario del poder que seduce al mundo, el poder que aplasta, controla, atemoriza y somete.

Este poder, recibido para servir y no para someter, no se agotó en los Doce: continúa hoy, a través de nosotros. También hoy, nuestra primera tarea es anunciar que el reino de Dios está cerca, que Dios mismo está cerca con su misericordia y su poder liberador. Este anuncio se hace visible y creíble en los mismos gestos que Jesús confió a los Doce, gestos que hoy son la prolongación de su mirada compasiva sobre la humanidad cansada y abatida: curar a los enfermos, resucitar a los muertos, limpiar a los leprosos, expulsar a los demonios.

Curar a los enfermos es cuidar con caridad la vida de los demás, aliviando a quienes sufren en el cuerpo, reconfortando a quienes tienen el corazón herido, e introduciendo caridad, perdón y esperanza en medio del dolor. Resucitar a los muertos es devolver la esperanza a quienes ya no esperan nada, ayudándoles a descubrir destellos de la luz de Dios en medio de las noches de la vida. Es anunciar sin cansarnos al Dios de la vida. Y es también oponernos a los poderes opresores que someten a los pueblos, con la convicción de que Dios acompaña y bendice los esfuerzos realizados en favor de la libertad y la dignidad de las personas.

Limpiar a los leprosos es luchar por restituir la dignidad a quienes la sociedad o la religión marginan, mediante gestos de inclusión, solidaridad y diálogo respetuoso. Expulsar a los demonios es comprometernos con procesos de liberación, personales y sociales, y ayudar a recuperar su libertad a quienes están atrapados por los ídolos, el miedo o la desesperanza. Es también denunciar la irracionalidad y la crueldad de los regímenes que atentan contra la dignidad humana y multiplican la miseria de la gente, no pocas veces incluso invocando el nombre de Dios.

Y todo esto —curar, resucitar, limpiar, liberar— Jesús lo enmarca en un único criterio: “Lo que recibieron gratis, denlo gratis” (Mt 10,8). El cristiano no anuncia el Evangelio por ambición ni por recompensa. Solo lo mueve la convicción de que ha sido amado sin merecerlo y, desde ese amor recibido, ama sin condiciones y entrega a todos, gratuitamente, lo que él mismo ha recibido.

Antes de enviarnos, Jesús nos ha amado, nos ha llamado y nos ha dado su poder para anunciar la cercanía del reino de Dios. Vayamos por la vida con la mirada de Jesús, viendo en cada ser humano a una persona amada por Dios. Recorramos los caminos de la vida con su compasión, sintiendo como propio el dolor ajeno y convirtiendo ese dolor en servicio y en anuncio. Salgamos al mundo con valentía profética, proclamando la verdad de Dios y defendiendo la dignidad humana aun en medio de situaciones riesgosas y conflictivas.

La mies sigue siendo abundante. Los obreros siguen siendo pocos. El Señor sigue buscando hoy a quienes estén dispuestos a prolongar su mirada compasiva en el mundo. Que esa mirada sea la nuestra.

Silvio José Báez, o.c.d.

Obispo auxiliar de Managua

Opinión homilía dominical libre Silvio José Báez
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