Si el país sigue como va tendremos una catástrofe económica, política y social de magnitudes insospechadas. Evitarla quizá sea posible solo mediante un diálogo que no se limite a las garantías electorales, sino que conduzca a una solución integral del conflicto mediante acuerdos entre el Gobierno y la oposición. ¿Acuerdos entre enemigos, con muertos, lesionados, encarcelados, bienes despojados, etc.? Si el Gobierno y la oposición quieren evitar la catástrofe, será necesario pasar de enemigos a adversarios.
El papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti (Hermanos todos) llama a las sociedades divididas y polarizadas como la nuestra, a buscar “caminos de reencuentro”, porque hacen falta acuerdos de convivencia que lleven a cicatrizar heridas y generar procesos de sanación (cf. Capítulo 6). Los que han estado fuertemente enfrentados deben dialogar con la verdad clara y desnuda, asumiendo sinceramente el pasado para construir el futuro. Solo desde la verdad histórica de los hechos se podrá hacer el esfuerzo de perdonarse mutuamente y de intentar un camino de paz que honre la memoria de las víctimas y que se abra a metas comunes, más fuertes que la venganza.
El pueblo tiene el derecho de saber qué pasó. Cuando hubo agresiones mutuas, estas no tienen la misma gravedad, porque la violencia ejercida desde el poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de grupos particulares. Pero no se puede pretender que solo se recuerde la violencia de una de las partes, expresa la encíclica. Destaca el papa que reconocer ante las víctimas y las familias desgarradas por el dolor lo que realmente ha ocurrido no debe conducir a la venganza, sino a la reconciliación y al perdón. La violencia cometida contra un solo ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas. La violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena, dice Francisco.
La Fratelli Tutti nos habla de la necesidad de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte; algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o actuado mal. Nos recuerda el papa Francisco que Jesucristo nunca llamó a la intolerancia ni a la violencia. Condenaba claramente el uso de la fuerza para imponerse a los demás: “Ustedes saben que los jefes de las naciones las someten y los poderosos las dominan. Entre ustedes no debe ser así” (Mateo 20, 25-26). Por otra parte, el Evangelio pide perdonar “setenta veces siete” (Mateo 18, 22) y pone el ejemplo del servidor despiadado, que fue perdonado, pero él a su vez no fue capaz de perdonar a otros (cf. Mateo 18, 23-35).
Sin embargo, aclara el papa, cuando hablamos del perdón no se trata de renunciar a los propios derechos. Estamos llamados a amar a todos, sin excepción, pero amar a un opresor no es consentir que siga oprimiendo; tampoco es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable. Hay que buscar formas posibles de una “justicia transicional” evitando actuar para alimentar una ira que enferme el alma personal y el alma del pueblo, ni sentimientos insanos de destruirse uno al otro desatando ciclos interminables de revanchas. Así no se gana nada y a la larga se pierde todo, afirma Francisco. La verdadera reconciliación se logra reconociendo los conflictos y superándolos a través del diálogo y la negociación sincera.
A algunos esto parecerá injusto, absurdo, ingenuo, imposible o demasiado condescendiente. Pero, actuar según el Evangelio de Jesucristo es la única forma de evitar la catástrofe. Actuar como cristianos no es fácil, pero así nos lo demanda Jesús; el papa Francisco solo nos lo recuerda.
El autor es abogado y comentarista de temas políticos y religiosos.
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