Hoy los cristianos estamos acostumbrados a ver templos por todas partes. La verdad es que no hay un pueblo que no tenga su templo o capilla, donde se reúnen los cristianos a celebrar a Dios. Y cada vez que damos lo mejor de nosotros para el Señor somos bendecidos. (2 Sam 7, 2).
Toda celebración ha de conducir a poner en práctica la misericordia y la caridad. Dios quiere ser amado, es en cada uno de sus hijos, nuestros hermanos. (Mt 25, 31-46).
Es más, nosotros somos templo de Dios: ¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye un templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo (1 Cor 3, 16-17).
Por otra parte, el Señor por medio de los profetas denunció al pueblo, que iban al templo, y no cambiaban de vida. Isaías reprochaba el que el templo se hubiera convertido en refugio de asesinos (Is 1, 11-20).
Jeremías decía: “Párate en la puerta de la Casa de Yavé y publica allí esta palabra: Escuchen, hombres de Judá, que entran por esta puerta a adorar a Yavé”. Así habla Yavé, Dios de Israel: Mejoren su proceder y sus obras, y yo me quedaré con ustedes en este lugar.
Más bien mejoren su proceder y sus obras y hagan justicia a todos. Dejen de oprimir al extranjero, al huérfano y a la viuda. No manchen este lugar con sangre de gente asesinada. No vayan en pos de otros dioses, para desgracia de ustedes.
Yo, entonces, los mantendré en este lugar, en el país que di a sus padres desde hace tiempo y para siempre. Pero ustedes se fían de palabras engañosas e inútiles… Y luego vienen a presentarse ante mí, en este Templo que lleva mi Nombre, y dicen: “¡Aquí estaremos seguros después de cometer tantas maldades!” (Jer 7, 1-10).
Empezó a comercializarse el culto, como lo denunció el mismo Jesús al afirmar que el templo es la casa del Padre (Jn 2, 16), la casa de oración; pero no una “casa de mercado” (Jn 2, 16).
El verdadero templo es él mismo, su propio cuerpo (Jn 2, 18-21): “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14. 10-11).
Toda persona humana para Jesús es “templo de Dios”. Por eso decía: “Lo que hagan con uno de estos mis hermanos, conmigo lo han hecho” (Mt 25, 40) y este templo “es sagrado” (1 Cor 3, 17).
Jesús le dice a la Samaritana, muy preocupada por el templo material: “Llega la hora, (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoran” (Jn 4, 23).
Y al Maestro de la Ley le hace ver con la parábola del Buen Samaritano que el hermano está por encima de todos los templos materiales (Lc 10, 25-37). El hermano es templo vivo de Dios.
Así lo entendieron las primeras comunidades cristianas: sus reuniones se hacían en las casas de familia o en “las casas de la Iglesia” (Rom 16, 5; 1 Cor 16, 19).
A los cristianos se les llamó: “Templos de Dios”, “Templos del Espíritu”, “Templos del Dios vivo” (1 Cor 3, 16-17; 6, 19; 2 Cor 6, 16).
A la Iglesia, a la comunidad cristiana, se le llamaba: “Templo santo de Dios, edificio en el que Dios habita por su Espíritu” (Ef 2, 21-22).
El Apocalipsis nos dice que en el cielo ya no habrá templos. ¡Todo será un templo! Pues “Dios será un Dios con ellos” (Ap 21, 3).
Las personas que dan culto asiduo en los templos no han de descuidar a las personas humanas, templos vivos de Dios: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” (1 Cor 3, 16).
Para nosotros, los cristianos, el verdadero templo es cada persona humana. Por eso, la verdadera adoración a Dios pasa por el amor a los hijos de Dios, nuestros hermanos.
El autor es sacerdote católico.