Con los resultados de las elecciones legislativas y municipales de El Salvador del domingo 28 de febrero, el presidente Nayib Bukele podrá tener en sus manos el poder absoluto de ese país centroamericano.
El partido Nuevas Ideas, formado por Bukele después de que ganó la presidencia de El Salvador en 2019, obtuvo 66 por ciento de los votos en la elección de diputados de la Asamblea Legislativa que tiene 84 escaños. Con esa aplastante mayoría parlamentaria Bukele podrá reformar la Constitución a fin de quitar la prohibición de la reelección presidencial y hacer cambios en los otros poderes del Estado, para ponerlos a su orden.
Bukele es reconocido no solo por la informalidad de su vestimenta y lenguaje, sino también y sobre todo por su comportamiento autoritario en el ejercicio del poder político presidencial.
Bukele no es un demócrata solvente. Tiene una legión de seguidores en las redes sociales que trituran con sus ataques a los medios que lo critican. Él mismo habitualmente se refiere a los periodistas independientes con palabras peyorativas y descalificadoras. Se enfrenta verbalmente al poder judicial y a los diputados de la Asamblea Legislativa cuando no actúan como él quiere. Ha llegado al extremo de allanar la sede del Poder Legislativo, al frente de un destacamento militar fuertemente armado, para demostrar “quién manda realmente en el país”.
Las elecciones del 28 de febrero se realizaron, según el informe de la Misión de Observación Electoral de la OEA, en condiciones de mucha inequidad, con un claro ventajismo oficial y el incumplimiento de varias reglas de la sana competencia política. Pero más allá de eso la aplastante victoria de Bukele y su partido es incuestionable, las diferentes encuestas ya la habían previsto de manera consistente.
Una de las características de la democracia es que permite tomar el poder mediante el voto popular mayoritario, no solo a personas democráticas sino también a sujetos autoritarios. Hitler tomó el poder en Alemania mediante elecciones democráticas, en 1933. Y lo mismo hicieron Hugo Chávez en Venezuela, en 1999, y Daniel Ortega en Nicaragua, en 2007.
Pero la democracia no solo es la regla de que quien gana por mayoría las elecciones ejerce el poder en representación de toda la sociedad. La democracia comprende también el derecho a la participación de las minorías; la independencia de los poderes del Estado; la renovación periódica de los gobernantes; la rendición de cuentas a toda la población, no solo a la parte que lo eligió; el respeto a las garantías y límites constitucionales, las libertades individuales, los derechos humanos y la libertad de prensa.
¿Respetará Bukele esas reglas democráticas que ha utilizado para llegar al Gobierno, ahora que puede concentrar en sus manos todos los poderes? ¿O irá la democracia salvadoreña a la deriva, como una nave que se va desviando de su rumbo verdadero?