Cuenta la historia que cuando Giuseppe Garibaldi (1807-1882), ya cansado de luchar por la unificación de Italia y por la libertad en dos mundos (Europa y América), se fue a pasar sus postreros días a su querida isla de Caprera, y uno de sus ayudantes haciendo reminiscencias de las grandiosas jornadas épicas en las que habían participado, le preguntó: General, ¿después de tantas batallas, hay algo en especial que en todos estos años de lucha usted recuerde que le causara molestias? A lo que Garibaldi contestó: “Sí”, para añadir a continuación: “los zancudos”.
Guardando la distancia, entre un hecho real e histórico que merece toda mi reverencia y la praxis sociopolítica que hemos vivido los nicaragüenses, no nos queda más opción que reconocer que en eso coincidimos con el gran republicano, porque tanto la dictadura de los Somoza como la de los Ortega-Murillo, se han mantenido en el poder no solo por el respaldo de las bayonetas (Ejército y Policía) sino por el apoyo incondicional recibido, sobre todo en sus momentos de crisis, de parte de grupúsculos banales y venales que el pueblo ha bautizado sabiamente como zancudos.
El zancudo (Aedes aegypti), según los entomólogos, es un insecto dañino que se alimenta de sangre humana, preferencialmente de los trabajadores que sudan y que no viven a expensas del Estado. Chupan la sangre con la misma avidez que los diputados zancudos succionan las ubres del erario público en la Asamblea Nacional. Según el pundonoroso doctor Morales Urbina, el modo de pensar de los inescrupulosos zancudos nicaragüenses es muy sencillo: “La vergüenza pasa y el bienestar queda en casa”. En tanto, para el filósofo y célebre autor de El Hombre Mediocre, José Ingenieros: “Los deshonestos son legión: asaltan el Parlamento para entregarse a especulaciones lucrativas. Viven de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse de pie a la hora de una votación”.
En mi trayectoria de lucha inclaudicable contra las dictaduras de los Somoza, la de los ochenta y la actual, y basado en el principio generalmente aceptado de que “hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, quiero hacer público reconocimiento de un gesto poco conocido del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Cuando el doctor Edmundo Paguaga Irías suplantó al doctor Fernando Agüero en la Junta de Gobierno en la década de los setenta, le mandó a ofrecer al doctor Chamorro una diputación. Este último la rechazó y, mirando hacia el teléfono que tenía en su escritorio, le dijo a los enviados de Paguaga: “Díganle que me avergonzaría llegar al Congreso como zancudo y que si yo quisiera, solo tendría que agarrar ese teléfono, hacer una llamada, y tendría las cuarenta diputaciones que a él le dan por servir a la dictadura”. Por gestos como este es que el pueblo lo aclama como el Mártir de las Libertades Públicas.
En conclusión, los miles de nicaragüenses que estamos bebiendo el cáliz de la amargura del exilio, esperamos que la Comisión de Buena Voluntad que está integrada por tres distinguidas personalidades de nuestra colectividad nacional, lleven a feliz término sus gestiones, encaminadas a lograr la unidad de la oposición en un solo frente de lucha, para garantizar, de una vez por todas, el regreso de la democracia a nuestro país. Hay que decirlo sin ambages: el 7 de noviembre próximo lo que está en juego no es la fútil personería jurídica de un partido político ni el bienestar de unos cuantos oportunistas ansiosos de zancudear, lo que estará en juego es el futuro de nuestra patria y el de más de 5 millones de compatriotas que demandamos justicia, progreso y libertad. A estos últimos les decimos que mantengan la fe, que no desmayen, porque si es terriblemente doloroso el presente, será venturoso el porvenir. Y para los que somos creyentes, me permito recordarles lo que Don Quijote le dijo a Sancho en momentos de tribulación: “Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias, en el tiempo que están más secas las esperanzas”.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).