La fecha histórica del 25 de febrero de 1990

Un acontecimiento histórico es aquel que por la gran importancia que tuvo en el momento que ocurrió, y por su trascendencia a lo largo del tiempo, ha sido digno de pasar a la historia y ser recordado y apreciado por las generaciones posteriores.

Es el caso de las elecciones del 25 de febrero de 1990, que cambiaron el rumbo de la historia nacional y en cierta medida también de la internacional. Hasta esa fecha los sandinistas y mucha gente en Nicaragua y otros países, creían que la dictadura revolucionaria que se había impuesto en 1979 era invencible y sería eterna. Estaban convencidos de que este país seguiría caminando —sin que nada ni nadie lo pudiera detener— hacia un sistema de socialismo totalitario, como el de Cuba, que para 1990 ya duraba 31 años y ahora tiene más de seis décadas, para desgracia del noble pueblo cubano y vergüenza de la comunidad democrática internacional.

Pero la lucha armada de la Contra apoyada por Estados Unidos (EE. UU.) y el desastre económico y social causado por la revolución, combinados con la resistencia política interna y la presión internacional, obligaron a los sandinistas a permitir que las elecciones del 25 de febrero de 1990 fueran competitivas. Y aunque en contra de su voluntad, Ortega aceptó el resultado y reconoció la victoria de doña Violeta Barrios de Chamorro y la UNO, que ganaron con más del 50 por ciento de los votos.

Pero Daniel Ortega faltó a su compromiso con los organismos internacionales y con la UNO. En vez de colaborar con el nuevo gobierno para reconstruir el país que los sandinistas habían destruido, Ortega y sus camaradas saquearon el Estado. Después, con el llamado “gobierno desde abajo” incendiaron prácticamente el país, para vengarse del pueblo que los había derrotado en las elecciones, sabotear la frágil administración democrática y reconciliadora de doña Violeta, e impedir el cumplimiento del programa de gobierno de la UNO.

La vida es así. No existe un mundo y mucho menos una sociedad y un proceso político ideal. Lo mismo hay personas de buena voluntad que se afanan en el propósito de construir una mejor sociedad, que canallas empeñados en hacer el mal y destruir. La historia está llena de hechos positivos y negativos, inevitablemente. Y de todos ellos es necesario aprender, pues, como dijera el filósofo francés del siglo XVI, Jean Bodin, creador del concepto de soberanía nacional y popular, “la primera utilidad de la historia es la de servir a la política”. En el mismo orden, otros grandes pensadores han indicado que el verdadero “sentido de la historia” es aprender del pasado, de las cosas buenas y malas ocurridas y procurar que sus enseñanzas sirvan para trabajar por un mundo mejor, para fijar metas que hagan posible el progreso político, socioeconómico y moral de un país y de la humanidad.

Es en ese espíritu que se debe valorar el hecho histórico del 25 de febrero de 1990, particularmente este año en que habrá otras elecciones cruciales con una nueva dictadura sandinista acaudillada por el mismo Daniel Ortega. Los dirigentes de la oposición tienen que valorar qué y cuánto de la experiencia histórica del 25 de febrero de 1990, puede ser válida para aprender de ella y enfrentar lo mejor posible el crítico desafío de noviembre de 2021.

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