Y ADEMÁS
He recibido últimamente varios libros electrónicos —que en realidad son tesis doctorales— sobre el orfismo, un culto religioso de la antigua Grecia en el cual la figura divina central era el mítico Orfeo.
En Grecia y círculos griegos en el mundo hay personas que siguen rindiendo culto a las antiguas creencias míticas. Sin embargo, pienso que los actuales estudios del orfismo se deben más bien al permanente interés en los mitos griegos, que son una fuente vital e inagotable de la cultura occidental.
“Estas cosas jamás sucedieron, pero existen siempre”, expresó Salustio, historiador romano del siglo I antes de Cristo, citado por el erudito italiano Roberto Calasso en su obra Las bodas de Cadmo y Harmonía.
Por su parte, Carlos García Gual escribió en un artículo publicado el 24 de noviembre de 2012 en el diario español El País: “Los mitos hablan de los grandes temas de la existencia. Y dan respuesta. De por qué existimos, de quién hizo el mundo, cuál es nuestro destino, qué hay tras la muerte, qué significa vivir en un tiempo breve, y en una condición de justicia”.
Dicho esto paso a recordar que el mito de Orfeo es de los más conocidos en la mitología griega y uno de los pocos que dio motivo a una religión en todo el sentido de la palabra.
Orfeo era un poeta y músico de origen divino. Su padre fue Apolo, dios de la música, y su madre, Calíope, la musa de Apolo que representaba la poesía épica y la elocuencia.
Apolo dio a Orfeo una cítara hecha por el dios herrero y artesano del Olimpo, Hefesto. Con los maravillosos sonidos de aquel instrumento musical divino, Orfeo domaba a las fieras, calmaba los vientos tempestuosos, incluso, si quería desviaba o detenía el curso de los ríos.
Orfeo se casó con Eurídice, una ninfa auloníade, como se llamaba a las ninfas de los valles porque el vocablo griego aulon significa valle. Pero el mismo día de la boda Eurídice fue mordida por una serpiente y murió trágicamente.
Orfeo bajó al inframundo en busca de su amada. Con su música durmió al monstruoso perro Cerbero, que custodiaba la puerta del infierno. De la misma manera convenció a Hades, el dios del otro mundo, de que le permitiera llevarse a Eurídice. Hades accedió, pero puso la condición de que al subir al mundo de los vivos Eurídice fuera detrás de Orfeo y este no debía volver la vista hacia atrás, para verla, sino hasta llegar a la superficie.
Eurídice no sabía de tal condición y en el ascenso le hablaba a Orfeo y le pedía que la viera. A Orfeo lo consumía el ardiente deseo de mirar a su amada y abrasarla, hasta que llegó un momento en que se detuvo, se dio la vuelta, miró a Eurídice y en ese mismo instante ella desapareció, su alma había vuelto al mundo de los muertos y ahora para siempre.
Orfeo nunca se recuperó del inmenso dolor sentimental que le causó la pérdida de su mujer. No se volvió a enamorar, se hizo un asceta, se dedicó a la oración y fundó un culto religioso que fue llamado por su seguidores, orfismo o misterios órficos.
Orfeo predicaba que el ser humano está compuesto de cuerpo destructible y alma indestructible, inmortal, la cual recibe premios o castigos después de la muerte física.
Decía que siendo el alma lo esencial de la persona humana, no el cuerpo, había que mantenerla pura llevando una vida ejemplar para lograr la salvación eterna en el más allá.
Los orfistas celebraban oficios mistéricos relacionados con la vida y la muerte, aseguraban que había existencia en el más allá, eran ascéticos, no comían carne ni derramaban sangre animal, tampoco se vestían con ropa lujosa como por ejemplo la hecha de lino, creían en la reencarnación como una oportunidad para regenerar el alma y merecer el premio eterno. Y le atribuían al arte, especialmente a la música, un efecto mágico purificador del espíritu humano.
El culto del orfismo, como todas las expresiones de la mitología griega, fue prohibido por Teodosio I a fines del siglo IV. Pero la creencia mitológica se mantuvo clandestinamente, y permanece hasta ahora, reivindicada por el Consejo Supremo de Griegos Gentiles y la Sociedad de Amigos de Ático.