Ecuación simple: si es malo para Ortega, es bueno para Nicaragua

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Ecuación

La ecuación debería ser sencilla: si es malo para el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, es bueno para la Nicaragua democrática y libre que se quiere construir. Así estamos. Blanco y negro. Sucede que esta dictadura es la antítesis completa de la libertad, justicia y democracia. No ha dejado puntos medios. Saberlo sirve para saber cuál es la ruta. Sirve para saber quién es opositor y quién, oponiéndose, colabora con el proyecto de Ortega y Murillo.

Perfecto

Voy a poner un ejemplo. Dice el dicho que lo perfecto es enemigo de lo bueno. En busca del candidato perfecto se termina prefiriendo, implícitamente, que se quede Ortega en el poder antes que un opositor que no nos gusta por alguna razón. Nadie está a la medida de nuestras expectativas. El uno por el apellido que lleva, el otro porque le falta preparación, otro porque tiene mucha y por eso es sospechoso, otro porque es feminista y alguien más porque no lo es. Y así vamos descartando candidatos tras candidatos hasta que queda Ortega compitiendo solo. Justo lo que él quiere: jugar solo.

Meteorito

Reconocer que existe un problema mayor no significa renunciar a nuestras ideas y contradicciones. Supongamos, para exagerar, que sobre la tierra puede caer un meteorito que amenaza la sobrevivencia de la vida en el planeta. Ante un hecho así, la dictadura de Ortega o el cambio climático pasarían a ocupar un lugar secundario en mi escala de prioridades. Si sobrevivimos, por supuesto, vuelven a ser problemas importantes en mi vida. En este caso, en Nicaragua, Ortega es el meteorito. La gran amenaza. Sin resolver el problema de esta dictadura no podemos resolver los otros problemas que nos enfrentan y que son legítimos. Solo es un asunto de prioridades.

Infiltrados

Conociendo como lo conocemos, sabemos que el régimen tiene muchos de sus agentes infiltrados como opositores con el expreso mandato de dinamitar la organización que pueda poner en peligro la dictadura de Ortega. Se disfrazan de azul y blanco y se ponen nombres como “vandálico” o “AyB” para su misión. Esto es algo  a tener en cuenta, sin caer tampoco en el extremo de andar tildado de infiltrado a todo aquel que no está de acuerdo conmigo.

Elecciones

Si algo ha quedado en evidencia es que Daniel Ortega no quiere elecciones. Más, en estos momentos. Está haciendo de todo para que los nicaragüenses dejemos de ver en las elecciones una oportunidad de cambio. Todo lo que ha hecho, y lo que ha dejado de hacer, está dirigido a desalentar el voto. Matar el entusiasmo. ¿Para qué van a votar si me las voy a robar?, parece decir con cada una de sus acciones. Porque para él, el mejor escenario para el fraude es uno donde los ciudadanos nos quedemos en casa, desalentados. Jugar solo.

Presión

Es bastante probable que no haya elecciones libres, que Ortega prefiera negarlas antes que someterse a un proceso que lo llevaría a dejar el poder. Pero, tampoco hay que ponérsela fácil. Vuelvo, a la ecuación inicial: si Ortega está haciendo de todo para que no haya elecciones, el sentido común indica que debemos hacer lo contrario: meterle la mayor presión posible para que haya. No se trata de aceptar cualquier mamarracho como elecciones. La presión es para que haya elecciones libres, con las condiciones básicas cumplidas, incluyendo la libertad ciudadana y, por supuesto, la libertad de los presos políticos. Eso debería ser condición sine qua non. Se trata de llevarlo al escenario que no quiere: tener al mundo observando y una oposición unida, lista para recoger todo el descontento que pide a gritos su salida del poder.

2021

Este es un año importante porque Daniel Ortega tiene al frente una fecha constitucional que cumplir. Un sapo que tragar. No es un año electoral. Es, o debería ser, un año de quiebre. Podrá cancelar las elecciones, podrá robárselas, podrá maquillar su fraude, pero no podrá salir sin heridas de ellas. Saldrá herido aun cuando a última hora la oposición unida decida no participar porque no se dieron las condiciones indispensables para unas elecciones libres. Por eso es que Ortega está empeñado en que sea la propia oposición quien renuncie a ella desde ya, que sus adversarios le hagan el mandado otra vez. Y al menos, ese gusto no deberíamos dárselo.

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