Es difícil, casi imposible, lograr que dos bandos que se han venido matando por años puedan firmar la paz y convivir. Mas eso fue lo que se propuso lograr, en 1990, el gobierno de la presidenta Chamorro. En febrero, producto de grandes presiones, se habían efectuado elecciones supervisadas que, contra todo pronóstico, le dieron el 55 por ciento de los votos frente al 41 por ciento de Ortega.
Su reto era formidable. El país estaba profundamente dividido, con heridas sangrantes. Acaba de pasar la guerra civil más cruenta de su historia. En su estela quedaban millares de familias enlutadas y odios profundos. A un lado estaban los sandinistas, con un ejército-partido de más de cien mil hombres, y al otro los contras, con más de 25,000 campesinos armados. Ambos con miedos recíprocos y deseos de venganza.
La polarización era total. Todo nicaragüense era sandinista o antisandinista, y con pasión. Para los primeros los contras eran mercenarios asesinos, exsomocistas al servicio del imperialismo yankee; la oposición política, su cómplice. Para los segundos los sandinistas eran comunistas afanados en tiranizar a Nicaragua. Entre estos muchos habían visto sus propiedades confiscadas. Muchos habían tenido que exiliarse. Muchos que no habían podido sacar a tiempo a sus hijos adolescentes, habían visto como los atrapaban los agentes del Servicio Militar para devolverlos, meses después, en ataúdes sellados. Era tiempo de la revancha.
El FSLN, por su parte, era un partido armado, que no estaba dispuesto a ser aplastado ni acorralado legal o financieramente, y que contaba con el nada despreciable respaldo de cuatro de cada diez nicaragüenses. Como observaría Antonio Lacayo en su libro La Difícil Transición Nicaragüense, “Los sandinistas jamás habían considerado la posibilidad de la derrota. No estaban preparados para salir del Gobierno. Un traspaso de autoridades pacífico y ordenado, como el que nos proponíamos hacer, jamás se había visto en la historia de Nicaragua”.
Era realmente uno de los desafíos más difíciles que puede encontrar cualquier gobierno. Era caminar en el filo de la navaja sobre un polvorín. Mas doña Violeta había anunciado que su gobierno sería de reconciliación nacional; y que ella no gobernaría para un solo sector del país, sino que para todos. No era retórica. Su ministro de la Presidencia, “Toño” Lacayo, fue el ejecutor de esta filosofía, extraña en un país donde la tradición era no cederle nada al adversario. Con un trabajo de filigrana, con diálogos interminables y paciencia de Job, se lanzó a la tarea casi imposible de crear un modus vivendi donde los enemigos de antaño pudiesen convivir en paz. También novedoso fue su lenguaje. Ni él, ni doña Violeta, vilificaron jamás a sus adversarios, aún cuando hicieron acciones innobles como la famosa piñata y sus destructivas asonadas. Una de sus medidas más controversiales de la pareja fue dejar inicialmente a Humberto Ortega el mando del Ejército, y no purgar el Estado, ni a la Policía, de afiliados al partido sandinista. En lugar se propuso su profesionalización y despartidización gradual. Esta y otras medidas similares le valieron amargos ataques de buena parte de la población e incluso de algunos clérigos y senadores norteamericanos. Lacayo y la presidenta Chamorro fueron acusados de cogobernar con el Frente o de ser blandengues.
Pero lograron casi lo impensable: el desarme de la Contra y que, al mismo tiempo, tanto el Ejército como la Policía, se redujesen considerablemente y se volviesen nacionales, en lugar de partidistas. El general Humberto Ortega, y el exjefe policial René Vivas, cooperaron también en estos esfuerzos. Igual lo hicieron muchos diputados sandinistas, incluyendo Sergio Ramírez. Junto con otros miembros del partido comprendieron que era mejor dejar las confrontaciones, y construir un futuro pacífico en democracia. Al dejar el poder, en 1997, había paz. La Corte Suprema de Justicia y el Consejo Supremo Electoral eran completamente independientes; las fuerzas armadas nacionales y profesionales. Muchos de estos logros se revertirían después, con los pactos de Alemán. Arreglos, cabe advertir, muy distintos a los logrados antes. Porque mientras aquellos fueron para beneficio de todo el país, estos lo fueron para el de dos caudillos. No es lo mismo pacto que convenio patriótico. Aunque se les confunda. Por sus frutos se conoce el árbol.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.