Refrán este muy arraigado en nuestra cultura nicaragüense, que nos acompaña durante toda nuestra vida, inclusive hasta cuando hemos tenido que salir de nuestra patria, Nicaragua, para abrirnos paso en otras tierras. En 1979 escuché el rugir de los cañones bajo la promesa de que todo sería mejor, que ya no habría pobres, ni tampoco analfabetas y mucho menos grandes terratenientes de tierra o de grandes millonarios usurpadores de las riquezas de nuestra nación.
A la vuelta de la esquina, empezó nuevamente una década completa de cañonazos, y el país volvió a ver a sus valientes hijos nicaragüenses, lidiando a bala y dispuestos a morir por defender lo que les habían prometido. Los pobres continuaron, las analfabetas se disminuyeron para luego volver a la misma cifra, nacieron nuevos terratenientes y usurpadores de la riqueza, pero en esos días, eran muy pocos los que hablaban, ya que ellos se enmascararon en el color del olivo de sus atuendos.
Y de la noche a la mañana, surgió una nueva esperanza con la caída de un muro y la desmembración de un Oso Negro que portaba una capa roja. Apareció una nueva década, la que se vestiría de color blanco como las nubes y que simbolizaba la tan añorada paz. Conocimos en nuestras plazas de guerra al Santo que vino desde Roma en segunda ocasión, pero esta vez, el demonio estaba desmembrado y aparentaba estar más moribundo que cuando manipuló al pueblo para que pidiera a gritos la paz.
Me dijeron que ahora sí habría paz, y de nuevo a la vuelta de la esquina, empezaron las asonadas y el sonar del cañón, como anunciando unas nuevas décadas de manipulación, pobreza, atraso, pactos, acomodo y muerte. Nacieron nuevos “consiglieri”, y con ello murieron hombres de letra y de voz, pero continuó la pobreza, volvimos al analfabetismo y los de atuendos olivos, empezaron a usar el traje de saco y corbata, inclusive se volvieron grandes manejadores de finanzas en Wall Street.
Llegó un gordo regordete y bonachón, recio como un cilindro de gas de los del tipo hospitalario de 500 libras, él que recibió a un exmilitar dicharachero y convertido después de un golpe de Estado en presidente, que regalaba millones por el simple hecho de ser petrolero, recibió también a presidentes que montaban a caballo y que prometían el cielo y la tierra.
Luego me remangué las mangas a como me lo pidió un vicepresidente que también se hizo presidente, y una vez más, me prometió que todo sería mejor. Pero a la vueltecita volvió a sonar el cañón, esta vez solo bastó de que le sonara las llaves del calabozo a los de saco y corbata. Pero también muy bien recuerdo cuando dijo “de que nadie trabajando en el campo, se haría rico y por eso era mejor que llenáramos todo el país de zonas francas”.
Y por decepción, acomodó o imposición de las lapas, volvimos a elegir al que sale en la pintura de la iglesia San Rafael del Norte. ¡Ni más ni menos! Él, quien nos prometió en 1979 “de que no habría más pobres…”. Dejamos de ser el granero de Centroamérica para convertirnos en hambrientos obreros de textilerías, dejamos de tener el mejor tren de carga y pasajeros regional para llenarnos de carros Toyota y de gasolineras, dejamos atrás el modelo de producción agrícola para pasar a ser esclavos del nuevo siglo en las zonas francas y nos volvimos a convertir en los mismos analfabetas, con la diferencia de que ahora son ellos los ilustrados terratenientes, los grandes millonarios y los únicos que tienen derecho a ser presidentes y de las honorables familias. Es por lo que ¡Yo no creo en santos que orinan!
PD: ¡Estoy esperando todavía el canal Interoceánico y el Satélite de comunicación!
El autor es médico nicaragüense radicado en California.