Hoy se habla de crisis de autoridad y cuando hablamos de nuestros políticos, gobernantes, profesores, padres de familia y ciudadanos y cristianos… Cuando hablamos de tantos problemas, solemos terminar diciendo: ¡Es que no hay autoridad!
Nosotros, en nuestro lenguaje ordinario, solemos confundir, con mucha frecuencia, “autoridad y poder”. Pero la verdad es que son dos cosas completamente distintas: se puede tener mucho poder y no tener autoridad alguna.
Yo creo que lo que nos sobra hoy es poder y lo que nos falta es “autoridad”. Nos sobra poder porque todo se nos pretende o pretendemos imponer a la fuerza.
Todos tenemos un mucho o un poco de tiranos. Todos tenemos siempre a la mano el látigo de la violencia física, verbal o psicológica. Todos quisiéramos tener metidos en un puño a los demás.
El poder, como decía Jesús a sus discípulos, fácilmente pierde: “Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre ustedes”. (Mc. 10, 42-43).
Sin embargo, a todos nos falta “autoridad”: la autoridad convence sin sermonear, sin gritos, sin amenazas, sin imposiciones, sin opresiones.
La autoridad convence por la coherencia de la vida, por el testimonio de los hechos. La autoridad siempre es creíble porque la palabra va acompañada de la vida. La autoridad es el fruto de la coherencia entre el hablar y el actuar.
Hoy existe una “gran crisis de autoridad”; por eso, surge con tanto el poder que aplasta, anula y miente. Nuestros políticos pueden tener mucho poder; pero muchos de ellos no tienen autoridad alguna. Les falta prestigio moral: no son creíbles, se sienten dueños absolutos de todo y de todos.
Los mismos padres muchas veces no convencen porque, como dicen algunos hijos: “Nuestros padres imponen una disciplina en nombre de un ideal que ni ellos creen”.
La verdad es que solo podemos educar con el ejemplo por delante. Los padres podrán tener mucho poder para prohibir y castigar; pero, si no tienen autoridad, los hijos nunca les creerán.
Los mismos hijos no terminan de convencer a los padres por muchas voces y gritos que les den. Les falta fuerza moral, autoridad; están llenos, muchas veces, de mentira y falsedad y eso hace imposible el que los padres puedan confiar en ellos.
El mundo necesita de niños, jóvenes y mayores capaces de transformarlo todo, no por su rebeldía sin causa, sino por la riqueza de su autoridad.
Esto mismo ocurre con nosotros los sacerdotes y la iglesia en general. Si no tenemos autoridad, fuerza moral, nuestra palabra será una palabra vacía y el Evangelio que predicamos a nadie podrá convencer.
La gente se admiraba de Jesús: no porque tenía un gran poder, sino por su autoridad; su palabra era creíble. (Lc. 4, 32) Porque entre lo que decía y hacía, se daba una perfecta coherencia.
La gente se asombraba de la doctrina de Jesús porque “Les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas” (Mt. 7, 28-29; Mc. 1, 22).
Jesús se ganó su autoridad a pulso: Sus palabras siempre iban de acuerdo con su vida y no como las palabras de los escribas y fariseos que “decían y no hacían” (Mt. 23, 3).
Este es el gran reto que nos presenta el Evangelio a todos nosotros, los cristianos de hoy: no es con poder como vamos a convencer de la buena noticia de Jesús a este nuestro mundo, sino con la autoridad, la coherencia entre nuestra palabra y nuestro hacer.
El autor es sacerdote católico.