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Origen
Cuando Daniel Ortega regresó al gobierno, en 2007, ya estaba decidido que no entregaría el poder jamás. Al menos, no lo entregaría por las buenas. Esto, a 14 años del régimen parece una verdad innecesaria. Pero, con frecuencia olvidamos que la dictadura que ahora tenemos comenzó a formarse desde el mismo momento en que perdió el poder, en febrero de 1990, frente a doña Violeta Barrios de Chamorro, en un plan tan metódico como falto de escrúpulos.
Piñata
Lo primero fue la piñata. Tras la sorpresa de la derrota, el Frente Sandinista decidió en ese momento saquear al Estado para dotar al partido de recursos económicos suficientes para permitirle sostenerse, sobrevivir con solvencia, como opción política. Ese era el objetivo original de la piñata, al menos en teoría. Luego, como consecuencia vino la rapiña personal. Lo dijo el difunto Carlos Guadamuz cuando en una entrevista le pregunté cómo es que una radio estatal apareció a su nombre: “¡Un momentito! A quien le va a caer el cargo de ladrón es a mí, a quien le va a caer el cargo de que estoy apropiándome de todo es a mí y lo estoy haciendo a nombre de otra gente”, dice que pensó cuando le propusieron inscribir los equipos a nombre de una sociedad partidaria.
Poderes
Poco después, ya desde abajo, comenzó la invasión a los poderes, sobre todo al Poder Judicial. Cientos de exmiembros de la antigua Seguridad del Estado se prepararon como abogados en cursos relámpagos, sabatinos, para luego copar los cargos de jueces y magistrados. Por el lado electoral se creó un ejército denominado “comandos electorales” que buscaba controlar con malas mañas los flujos de votos a fin de incidir en la dirección que tomaría la victoria… o la derrota. Era parte del “gobernar desde abajo” prometido por Ortega. Esa invasión subterránea, sin embargo, de pronto se vio favorecida por el fenómeno que conocemos como “Pacto del 98”.
Pacto
El pacto con Arnoldo Alemán le sirvió en bandeja a Daniel Ortega los poderes que buscaba. El Consejo Supremo Electoral, la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría, la Fiscalía y otras instituciones claves fueron repartidas entre liberales y sandinistas primero. Luego, Ortega aprovecharía los juicios por corrupción que le sobrevinieron a Alemán, para arrebatarle su parte del pastel y quedarse casi solo, copando los poderes con personas preparadas en la conspiración, salidos generalmente de la Seguridad del Estado.
Frankenstein
Así, golpeando a los bajos, llegó el nocaut. Después de tres derrotas en filas, Daniel Ortega regresó al gobierno dispuesto a instalar una dictadura. Ese siempre fue el plan. Estableció una alianza con los empresarios, bajo la premisa de que tomaran parte del pastel económico a cambio de dejarlo avanzar tranquilo en su proyecto autoritario. Se hizo del control de la Policía y el Ejército, y, a través de un golpe a la Constitución, se saltó la prohibición que impedía reelegirse. Fraude tras fraude construyó una Asamblea Nacional dócil y totalmente a su servicio con la que terminó de ponerle la cereza al pastel: promulgó las leyes que necesitaría para reprimir el descontento una vez no tuviera más plata que repartir. Todas las piezas parecían estar en su lugar. Frankenstein estaba armado.
Tomás Borge
La filosofía que sirvió de combustible a este monstruo la resumió Tomás Borge en una frase: “Yo le decía a Daniel Ortega: podemos pagar cualquier precio, digan lo que digan. Lo único que no podemos es perder el poder, digan lo que digan, hagamos lo que tengamos que hacer. El precio más elevado sería perder el poder”. Y desde abril de 2018 para acá ha demostrado estar dispuesto a llevar ese consejo hasta las últimas consecuencias.
Dictadura
La dictadura no nació por generación espontánea en 2018. Es necesario ver este recuento para no olvidar que fue un trabajo de filigrana el que nos llevó hasta aquí, y que, por lo tanto, para salir de ella, no será con una solución espontánea o accidental. Así como la dictadura se montó, pieza por pieza, desde hace 30 años, hay que pensar en desmontarla, pieza por pieza, aún más allá de las elecciones, y ojalá en un tiempo menor. Apostar a que algo va a ocurrir por accidente algún día, o que haciendo lo mismo de siempre vamos a tener resultados distintos, es condenar a Nicaragua a vivir así para siempre.
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