El desafío de los jóvenes

Desde abril de 2018, los jóvenes de Nicaragua (no todos por supuesto, nos referimos a su parte consciente, valiente, avanzada) han desafiado de manera permanente a la dictadura.

Lo hicieron el 19 de abril, cuando se fueron masivamente a las calles, levantaron barricadas, se tomaron las universidades y se enfrentaron a la brutal represión del régimen dictatorial.

Lo hicieron en el Diálogo Nacional de mayo y junio de 2018, que fue organizado por la Conferencia Episcopal de Nicaragua a pedido del mismo Daniel Ortega que se sentía acosado, cuando por medio del líder estudiantil Léster Alemán le exigieron que renunciara al poder y que no siguiera mandando a matar a la gente desarmada.

Lo siguieron desafiando mediante la tenaz resistencia pacífica y cívica, después de que la rebelión de abril fue aplastada brutalmente por la inmensa superioridad de fuerzas de la dictadura, la que no se derrumbó solo por la complicidad del sector militar que en vez de ponerse al lado del pueblo cerró filas alrededor de Ortega.

Los jóvenes no han dejado de desafiar a la dictadura, aun cuando pudiera parecer que la lucha por la libertad y la democracia se ha perdido después de la gran matanza de 2018 y de la cruda represión siguiente, que no cesa; mientras Ortega avanza hacia otra farsa o fraude electoral para recetarse al menos otros cinco años en el poder, en tanto que la oposición de los adultos no logra encontrarse a sí misma ni ha podido, todavía, unir sus energías dispersas.

Pero el desafío de los jóvenes a la dictadura se mantiene. La retan con actos de valentía personal que rayan en el heroísmo, pero también con decisiones de una lucidez que ya la quisieran tener la mayoría de los políticos tradicionales.

Al decir eso nos referimos, primero, al caso del héroe sin fusil Sergio Beteta, el joven que el 21 de diciembre recién pasado se plantó solitario frente a la UCA, para quemar en la vía pública la odiada bandera del partido de la dictadura y enarbolar la sagrada Bandera Nacional azul y blanco, antes de que los policías lo apresaran y golpearan brutalmente.

Dos días después el joven Beteta fue llevado a escondidas a una audiencia judicial preliminar, sin la presencia ni asistencia de un abogado defensor. Pero el heroico y ejemplar joven nicaragüense, en vez de poner su firma al pie del acta de la audiencia judicial como se lo requería una jueza verdugo llena de odio, valerosamente escribió la emblemática frase de lucha cívica: “¡Viva Nicaragua libre!”

La otra muestra reciente de desafío a la dictadura que han hecho los jóvenes patriotas, es su llamado a los ciudadanos para que salgan a votar el 7 de noviembre, a pesar del clima de intimidación impuesto por el régimen en su empeño por inducir a los ciudadanos opositores a que se abstengan de ejercer su derecho al voto. Lo cual es entendible, porque con la abstención de los opositores Ortega ni siquiera tendría necesidad de hacer otro fraude electoral.

El voto es un derecho irrenunciable de los ciudadanos. No es regalo de nadie sino el fruto de una larga lucha contra las dictaduras y los regímenes autocráticos. Se puede o se debe participar en las elecciones aunque fuese solo para manifestar rechazo a la dictadura, pero también para recuperar las calles que tampoco pertenecen al dictador, sino al pueblo soberano que quiere ser libre y vivir en democracia.

 

Editorial dictadura universidades archivo
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