De mis cinco hijos (cuatro mujeres y un varón), cuatro, hasta la fecha, han decidido vivir en Estados Unidos y no en su patria. Mi caso no es excepción. Cada vez son más los amigos o conocidos cuyos hijos se han marchado o están por marcharse. Y esto va ocurriendo en todas las clases sociales. Muchos jóvenes y, particularmente, aquellos con mejores calificaciones profesionales, no le ven futuro al país y, de rebote, a sus posibilidades de progreso. El deseo de inmigrar es epidémico. Solo lo frenan las dificultades de conseguir visas o permisos de trabajo.
Se está repitiendo así la tragedia de los años ochenta, cuando a raíz de la destructiva revolución sandinista, emigraron centenares de miles de nicaragüenses, llevándose con ellos lo más preciado que puede tener un país: el talento humano. Que se vayan fábricas o millonarias inversiones es una desgracia. Pero nada lo es más que lo hagan las personas más productivas y promisorias del país. Con ellos se van no solo los años de estudio y el dinero que sus familias o el Estado gastaron en capacitarlos, sino, peor, su inmensa capacidad de crear riquezas, brindar servicios, y multiplicar empleos.
El principal causante de esta tragedia tiene nombre y apellido. Es el mismo que en aquella desdichada década de los ochenta contribuyó al exilio masivo de tantos nicaragüenses: Daniel Ortega Saavedra. Con una diferencia: antes su motivación, juvenil e inmadura, era convertir Nicaragua en una sociedad socialista. Ahora es senil y perversa: el afán de prolongarse en el poder a fuego y espada.
La crisis del 2018 fue causada por la salvaje represión con que Ortega sofocó el levantamiento popular. La del 2020 por la pandemia. La de ahora, y que amenaza agravarse, es producto directamente de la convicción, cada vez más generalizada, de que antes de exponerse a perder las elecciones en comicios libres, el dictador prefiere enfrentar las sanciones y calamidades económicas que, con casi total certeza producirá su planeado fiasco electoral, de que prefiere seguir imponiendo un estado policial asfixiante, que miles muerdan el dolor del desempleo y la miseria, que lo mejor de las nuevas generaciones emigre y que él tenga que vivir en El Carmen rodeado de barricadas cada vez más altas.
Qué diferente sería el panorama si, por el contrario, el dictador, anunciara su apertura a elecciones libres y supervisadas, si levantara el virtual estado de sitio, liberara a los presos políticos, y suspendiera las confiscaciones. Si esto ocurriese mañana o pronto, seguro que el país entraría en una nueva dinámica política. Nacional e internacionalmente brotarían los aplausos, terminarían las sanciones, volvería la esperanza, se disiparían las oscuras nubes del pesimismo y quedarían sin hacerse muchas valijas. Incluso podría incentivarse un ánimo conciliador capaz de abrir las puertas a reacomodos políticos que puedan asegurar la convivencia pacífica, post electoral, de todos los sectores.
Esto es posible y está en las manos tanto de Ortega como de los círculos de poder que lo sostienen. Y es un escenario que les conviene más que exponerse a un futuro oscuro e incierto, con sabor a Venezuela, tensiones y más sangre.
Ellos también tienen hijos, hermanos y parientes, que con seguridad prefieren ver un horizonte brillante en su tierra y que podrían pensar en hacer valijas si lo ven negro y cerrado. Pues la verdad es que todos, sin excepción, tenemos mucho que ganar buscando una salida pacífica y digna, y todos, sin excepción, tenemos mucho que perder, incluso el mismo dictador y su familia, si no la encontramos.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.