La asonada trumpista en el Capitolio

Con la asonada del miércoles 6 de enero en la ciudad de Washington, perpetrada por una turba de fanáticos de extrema derecha contra la sede del Congreso de Estados Unidos (EE. UU.), el mandato constitucional del presidente Donald Trump ha llegado a su fin de manera lastimosa, inclusive ignominiosa.

Cabe mencionar que la extrema izquierda estadounidense —que no es parte del Partido Demócrata pero por estar contra Trump se movilizó en la campaña electoral en favor de la candidatura del ahora presidente electo Joe Biden—, perpetró más de 600 asonadas y disturbios callejeros el año pasado, según documenta el académico cubanoestadounidense Julio Shiling en un artículo de opinión publicado en LA PRENSA el mismo miércoles 6 de enero.

Muchos de esos disturbios fueron extremadamente violentos, con incendios y saqueos de negocios, ataques a personas particulares y funcionarios y edificios públicos, lo que en muchos casos obligó a imponer el toque de queda en numerosas ciudades. Sin embargo, el significado o simbolismo del asalto al Capitolio, sede del Congreso de EE. UU. y por lo tanto corazón de la soberanía nacional y popular, es muy superior al de las asonadas de la extrema izquierda. De esa manera Trump le ha dado la razón a quienes siempre lo calificaron como un peligro para la democracia; y ahora se ha expuesto a que lo enjuicien por graves delitos políticos.

En realidad, la asonada del 6 de enero en Washington ha confirmado que todos los extremismos políticos y fanatismos ideológicos, de izquierda o de derecha, son una amenaza para la democracia y cuando no se les contiene la pueden dañar gravemente. Incluso hasta la pueden desmantelar, como lo han hecho en Venezuela y Nicaragua para solo mencionar dos casos muy cercanos y representativos.

La violencia extrema del 6 de enero en el Capitolio de Washington —y el año pasado en todo EE.UU.— demuestra también que ninguna democracia, por muy grande y desarrollada que sea, está a salvo de las amenazas de las extremas de izquierda y de derecha. La democracia es como el cuerpo de una persona, que aunque sea fuerte y sano es atacado por los virus malignos. Pero si tiene defensas adecuadas que en la democracia son el sistema de libertades y las instituciones arraigadas y robustas, puede defenderse mejor y derrotar a sus insidiosos, incansables y mortales enemigos.

Por otra parte, hay quienes dicen que por lo ocurrido en EE. UU. a lo largo del periodo presidencial de Trump, pero sobre todo por la asonada del 6 de enero, ese país no tiene autoridad política ni moral para exigir elecciones libres y democracia en Nicaragua. Sobre todo dicen esa falsedad los dictadores de El Carmen y sus fanáticos.

Pero no es porque EE.UU. y otros países lo pidan y exijan, que en Nicaragua tiene que haber elecciones libres y democracia, libertades y derechos de los ciudadanos, poderes estatales independientes, Estado de derecho, rendición de cuentas, elecciones limpias y alternabilidad en el ejercicio del poder. Las elecciones libres y limpias y la democracia son derechos inalienables de los nicaragüenses, consagrados en la Constitución y en los tratados internacionales que los gobernantes deben respetar.

Cualquiera que sea el gobierno de EE.UU., Republicano o Demócrata, de Trump o de Biden, los nicaragüenses tienen y tendrán el sagrado derecho a la libertad y la democracia.

COMENTARIOS

  1. Hace 5 años

    La democracia respaldada por la Constitución de los Estados Unidos siempre triunfa. Trump es el peor presidente en la historia de los Estados Unidos. Es un borrón en su historia. Es lo más cerca que tuvo los EE.UU. de tener un dictador.

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