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Gato de Schrödinger
Sin saber mucho de Física, permítanme el atrevimiento de comparar las próximas elecciones en Nicaragua con la famosa paradoja de Schrödinger, según la cual un gato hipotético es encerrado en una caja de acero donde su vida depende del estado de un átomo radiactivo. En resumen, mientras esté encerrado, decía el físico Erwin Schrödinger, el gato estaba vivo y muerto al mismo tiempo, y solo se sabrá si es lo uno o lo otro cuando interactúe con el mundo exterior, cuando se abra la caja y se observe desde afuera.
Fraudes
Nosotros sabemos que el régimen Ortega Murillo ha venido cometiendo fraude tras fraude, al menos, desde 2008. Han sido robos descarados, que deberían quitarle cualquier legitimidad a sus repetidos mandatos, y a los órganos derivados de ellos. Lo sabemos porque somos el gato de Schrödinger que está encerrado en la caja junto a la partícula radioactiva. El mundo, sin embargo, ha preferido no abrir la caja y considerar que en Nicaragua ha habido elecciones y fraude al mismo tiempo, de tal forma que siempre han terminado reconociendo a las autoridades, aunque criticando el proceso y pidiendo, con cierta candidez, que por favor no se repita en la próxima elección.
Misa negra
Daniel Ortega está apostando a desalentar la participación electoral. Su estrategia es no darle algún viso de legitimidad al proceso que se avecina, sino, por el contrario, quitarle cuanto pueda desde ahora. Volverlo oscuro. Matar cualquier esperanza de cambio a través del voto ciudadano. Esta actitud parece tener dos propósitos: uno, tantear cuánta arbitrariedad tolera el mundo y la oposición; y dos, llegar a noviembre con un movimiento anti electoral en la oposición tan fuerte que le permita justificar la pobreza de la misa negra con que simulará elecciones. “Ellos no quisieron participar”, dirán.
Bajo protesta
Visto así, la oposición queda en una encrucijada. No puede renunciar a la salida electoral, porque le sirve la mesa a otro periodo de Ortega y Murillo. ¡Justo eso es lo que quieren! Pero tampoco puede participar en un juego electoral con las reglas que han impuesto, donde, pase lo que pase, aunque no consigan ni cien votos, ellos ganan por amplia mayoría. Queda solo, a mi criterio, el jugar bajo protesta. Prepararse para unas elecciones de verdad, y no aceptar menos que eso, con la advertencia de que si no se cumplen las condiciones mínimas de competitividad y transparencia, se abandona el campo electoral. Se desconocen, tanto dentro como afuera, las elecciones y se deja a Ortega jugando solo con sus zancudos.
Ser o no ser
Ir o no ir a las elecciones. Ese es el dilema opositor. El punto de convergencia para la unidad debería ser ese juego condicionado, donde la oposición pro electoral promete no ir a elecciones si no existen condiciones para competir con la libertad necesaria para que los votantes decidan, y la oposición anti electoral acuerda apoyar las elecciones si esas condiciones mínimas se producen. Lo que se haga, para que funcione, tiene que ser en unidad.
Plan B
A estas alturas deberíamos estar claros que, para que las elecciones se vuelvan una posibilidad real de cambio, tiene que existir un plan B, donde para Daniel Ortega y Rosario Murillo las consecuencias de no hacer elecciones libres sean peores que lo que arriesgan al hacerlas. Si eso no existe, olvidémonos de la salida electoral. Ese es el plan que se debería estar tejiendo, porque lamentablemente es el escenario más probable a vivir. ¿Qué pasará al día siguiente del fraude?
Caja abierta
Somos el gato en la caja de Schrödinger. Este año hay elecciones y al mismo tiempo no las hay, en el entendido que elecciones al modo Ortega no son elecciones. Convivimos con una partícula radioactiva aquí adentro. Ortega hará su parte para que no haya elecciones en las que pueda perder, pero la oposición (y por instinto de sobrevivencia unida) debe hacer lo suyo para que haya. Lo que no podemos permitir esta vez es que, pase lo que pase, la caja quede cerrada y el mundo decida que hubo elecciones y fraude simultáneamente. O, peor aún, a conveniencia escojan creer, sin verlo, que el gato está vivo.
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