Para mi tía Martita… de Barrios y Amayo

Escrito originalmente el 2 de agosto del 2002, dedicado a mi tía Martita Johanning de Barrios, in memóriam
Querida tía Martita: el haber estado ayer unos minutos del día en Amayo, bajo tu acogedora y natural hospitalidad, me ha motivado escribir estas líneas y entregártelas como un merecido diploma.

Para un Barrios, Amayo es nuestra cuna que se mece entre una naturaleza exuberante, cobijada por recuerdos de infancia, alegrías pasadas que nos acercan y nos hacen sentir orgullosos de nuestros antepasados.

Allí siento que vive el espíritu de mi tío Carlos José Barrios, del recordado tío Raúl y su hermano Ricardo, de mi abuelo Chale, mama Amalia, don Manuel Joaquín, la Macacá y don Inocente Barrios, gente buena y cariñosa. Todos retozaron un día en la plazoleta engramada que hoy luce tan linda y verde como siempre.

Mientras muchos bellos lugares envejecen con el tiempo y tan solo nos conformamos con llevar a nuestros hijos y nietos a ver sus ruinas, Amayo se engalana con los años gracias a tu esfuerzo, que todos los Barrios debemos agradecer.

La belleza natural de Amayo, incluso su propio nombre, siempre fue enigmática para mí. Muchas veces me he preguntado quién sería el visionario que construyó esta hermosa casa hacienda coronando una alta colina, con el río Amayo corriendo a sus pies, el río Tisla —con su exuberante biodiversidad— corriendo a su izquierda y el espectacular paisaje del Lago de Nicaragua, con la imponente Isla de Ometepe emergiendo sobre toda la vista del frente.

Ahora ya lo sé, luego de haber visitado tu pequeño museo familiar, que antes que llegaron los Barrios a Amayo, estuvieron allí los Hurtado y antes de los Hurtado, los Náhuatl hace 500 años ya vivían allí y habían bautizado el lugar así (entre aguas), porque queda entre tres aguas y enterraron allí sus tesoros en “huacas”, para que les sirvieran en otras vidas.

Al observar con mis propios ojos las viejas fotos de tu galería familiar y las monedas “Barrios” que un día corrieron en la Hacienda Santa Rosa de Costa Rica, sin ningún tipo de “deslizamiento”, así como el Escudo de la familia, con la descripción enmarcada sobre los orígenes de nuestro apellido, me transporté al pasado.

Cuando caminábamos por la bellísima playa de Amayo, casi pude ver a mi mamá y a mi papá jalando en la arena, frente al imponente paisaje de la Isla de Ometepe a su vista; y cuando íbamos caminando por la vera del río, vi a papa Chale, tal como sale en la foto, pescando con su varita en un bote covado de madera arrimado a un árbol frondoso, a como lo hice yo un día en el río Amayo. Pude ver también a mi mamá montando a caballo con cabo Lencho siempre a su diestra, escoltándola… y cuando dejé la finca, en el callejón de Amayo, sentí la presencia de papá Chale, en su elegante Packard verde descapotable, entrando a su hacienda.

Pero toda esta emoción que viví en este breve “flash back” fue poca, al verte cocinar, con dedicación y paciencia infinita, para setenta turistas norteamericanos que el día de hoy, como todos los miércoles, deben estar disfrutando de tu hospitalidad en el incomparable paisaje de Amayo, el lugar de los Barrios.

Vos siempre atendiendo, trabajando sin cesar a pesar de tus años, y ahora mostrándole con tu sencillez ese tesoro de los Barrios a turistas que vienen de tierras lejanas a bordo de majestuosos cruceros. ¿Qué más se le puede mostrar a un extranjero que viene de tierras lejanas en busca de cultura, naturaleza e historia? ¡Que lo quiere todo, en tan corto tiempo!

En Amayo está todo eso condensado y vos tía Martita, lo has conservado así, por lo que todos nosotros, los Barrios, te estaremos eternamente agradecidos, a como estoy seguro que ya lo están, todos los que nos precedieron.

El autor es periodista, exministro y exdiputado.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí