El 2021 será el año de unas de las elecciones más cruciales de la historia nacional. Tan críticas como las de 1990, que sirvieron para poner fin a la última guerra civil, lograr la reconciliación nacional (aunque precaria), terminar con la primera dictadura sandinista e iniciar la transición a la democracia que lamentablemente solo duró hasta 2006.
Ahora, las elecciones de 2021 podrían —y deberían— servir para recuperar la democracia y reconstruir la difícil reconciliación nacional, que son condiciones para el desarrollo socioeconómico, el avance político y el progreso humano de la población. Pero esto solo podría ser posible si Daniel Ortega entrara en razón y cumpliera su deber constitucional y su compromiso con la ley internacional, de garantizar que las elecciones sean justas y limpias. O en el caso de que la presión interna y la solidaridad internacional, lo hiciera ceder y cambiar.
Pero el 2021 tiene también la gran significación de que es el Año del Bicentenario de la Independencia Nacional de Nicaragua, que se derivó o fue consecuencia de la Independencia de Centroamérica, declarada en la ciudad de Guatemala el 15 de septiembre de 1821.
La forma complicada como ocurrió la independencia de Nicaragua fue muy controversial y hasta hoy sigue causando acaloradas discusiones. Pero el hecho indiscutible, real y objetivo, es que desde entonces —y en particular a partir de que dejó de formar parte de las Provincias Unidas de Centroamérica—, Nicaragua fue un país independiente para todos los efectos, positivos y negativos, de aquella histórica y trascendental decisión.
Se conoce por los textos históricos que debido a la falta de información y las confusiones propias de la época, el acuerdo adoptado por los representantes de Nicaragua ante la independencia de Centroamérica que había sido declarada en Guatemala, fue llamado Acta de los Nublados. Se le llamó así porque en el artículo segundo de aquella histórica Acta se acordó “La independencia del gobierno español, hasta tanto que se aclaren los nublados del día y pueda obrar esta provincia con arreglo a lo que exigen sus empeños religiosos y verdaderos intereses”.
Doscientos años después el cielo político de Nicaragua sigue nublado, la nación sigue Buscando la tierra prometida, como dice el título del libro de Humberto Belli sobre la historia nacional de 1492 a 2019. Una historia tan incierta y conflictiva que el expresidente Enrique Bolaños, en su propio libro de historia titulado La lucha por el poder, el poder y la guerra, la califica como una “persistente contienda fratricida entre los partidos políticos y entre sus caudillos por alcanzar el poder y atornillarse, si es posible por toda la vida, en el sillón del poder ejecutivo”.
Atornillarse en el poder para siempre es lo que trata de hacer ahora Daniel Ortega, quien lo ha detentado durante casi 25 años, más de diez en la década ochenta y 14 en la época actual. Pareciera que la historia de Nicaragua no progresa. Doscientos años después de la Independencia Nacional, siguen los “nublados del día” porque los caudillos, dictadores y politiqueros, han secuestrado al país.