Fue terrible la masacre que el rey Herodes ordenó en tierras de Judea, hace poco más de dos mil años. La Iglesia la recuerda los 28 de diciembre con el nombre de Día de los Santos Inocentes. Según narra San Mateo, Herodes no tuvo escrúpulos para matar a “todo niño menor de dos años en Belén y sus alrededores”. Si con la imaginación revivimos dicha escena, sentiremos fácilmente un estremecimiento de horror. Presenciar el asesinato a espada de cualquier ser humano es suficientemente chocante. Pero lo es mucho más si estos son niños; criaturas, por definición absolutamente indefensas e inocentes, que solo evocan sentimientos de protección.
Herodes, a quien los historiadores describen como un hombre obsesionado por el poder, al punto que asesinó algunos familiares cercanos (el poder vuelve fácilmente cruel a quienes lo aman), actuó para evitar que sobreviviese el supuesto mesías o libertador que, de acuerdo con las profecías judías, iba a librarlos del yugo extranjero.
Hoy, con variantes y distintas razones —entre ellas librarse de un problema— se repite esta historia en muchas partes del mundo. Cotidianamente, con el apoyo de gobiernos y votantes, operan clínicas que, en lugar de sanar, matan a granel niños y niñas por nacer. Algunos niegan la similitud: “Herodes”, dicen, “asesinó porque mató niños ya nacidos”, implicando así que matarlos antes no es ni cruel ni criminal, ya que estos seres pequeñitos no son todavía seres humanos, con derecho a protección, sino parte del cuerpo de la madre. Ellas, por tanto, tienen el (sagrado) derecho a exterminarlos.
El actual ministro de Salud argentino, Ginés González, lo expresó con extrema candidez: “Acá no hay dos vidas como dicen algunos: es una sola persona y lo otro es un fenómeno que no está correctamente utilizado. Si no fuera así, estaríamos ante el mayor genocidio universal”. Su conclusión es absolutamente válida: si hubiese dos vidas, la de la madre y la del no nacido, la generalización del aborto sería el peor de los genocidios. Efectivamente, si el feto no es más que un tejido inexplicable, un “fenómeno” difícil de conceptualizar, o un tumor, o un embrión de conejo, podría disponerse de él sin remordimientos. Pero si es otra vida, distinta a la de la madre, que biológicamente tiene todos los atributos o potencias de un ser humano, entonces estamos ante algo sumamente distinto. Toda discusión sobre la moralidad o legalidad del aborto depende pues de una sola pregunta: ¿Hay una o dos vidas?
La respuesta a esta interrogante no la da la Iglesia católica ni la teología. Como hemos insistido tantas veces, la da la ciencia —biológicamente el feto es un ser de la especie humana en formación, con su propio ADN y características distintas a la madre— y el sentido común: ¿quién puede negar, viendo moverse el vientre exterior de una madre que allí adentro hay un ser humano vivo, hombre o mujer? Dice su madre, ¿tengo un niño o tengo un fenómeno? Cuando vemos el ultrasonido o las radiografías de un feto, ¿no vemos un bebé cabezón con pies y manos, chupándose el dedo? Una serie de Netflix altamente recomendada, “Ases del Bisturí”, presenta las hazañas que hace un cirujano para salvar vidas de fetos en riesgo. En ella se hace patente el valor o sacralidad de estas vidas indefensas. ¿No deberían estos testimonios producir una sensación de ternura, admiración y respeto por la vida en su primera etapa?
Pero es esta sensibilidad, ante estos seres vivos e indefensos —que no es sensiblería ni sentimentalismo— la que se ha perdido en gran parte de la sociedad contemporánea. El horror de la masacre se oculta detrás de los muros de las clínicas de exterminio. Nadie quiere ver las gráficas de los abortados. De hacerlo verían algo similar a las huellas de las tropas herodianas: brazos y piernas desmembrados, cabecitas destruidas, sangre por todas partes. Los ejecutores de hoy visten batas blancas y gozan del respaldo de políticos y legisladores y, más decepcionante aún, del voto otorgado por muchos que se consideran cristianos. Estamos ante el mayor genocidio universal e incontables son los causantes, directos o indirectos, de la muerte de los inocentes. Herodes, con sus cómplices, continúa entre nosotros vivito y coleando.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.