Ídolos con pies de barro

Tan grande llegó a ser Diego Armando Maradona en la cancha que en las redes sociales y los obituarios se ha repetido hasta la saciedad, “Dios ha muerto”, arrebatándole a Nietzsche un pensamiento filosófico que no contemplaba la pérdida cósmica de Maradona. Pero en realidad su muerte lo que ilustra es la desaparición de un hombre con bastantes más sombras en su haber que los prodigiosos destellos que provocaba con el balón.

Con motivo de su fallecimiento, es lógico destacar y rememorar sus logros deportivos. Lo que chirría es la desmedida exaltación de un polémico personaje que, de no haber contado con los privilegios que conceden la fama y la fortuna, podría haber arrastrado serias consecuencias penales como cualquier hijo de vecino.

Maradona, que ascendió de forma meteórica de la pobreza al estrellato, muy pronto cayó en las fauces de las drogas. Pero más allá de sus adicciones, que a fin de cuentas son una enfermedad de la que es difícil desprenderse, se jactó de sus excesos. Además de los videos de sus espectaculares jugadas, quedan inmortalizados los testimonios gráficos de sus andanzas más siniestras: orgías con jovencitas en un centro de rehabilitación de drogas en Cuba, donde la dictadura castrista lo atendía con estatus de VIP; o su comportamiento agresivo con una novia que lo llegó a acusar de violencia de género.

Son solo dos episodios en una biografía plagada de denuncias por supuestos maltratos, negligencia con los hijos que tuvo oficial y extraoficialmente, dopaje, amistades con la Camorra italiana, su abierta admiración por satrapías como la cubana, la venezolana y la nicaragüense. En suma, a pesar de todo el dinero que ganó y su estatura como deportista, eligió ser un mal ejemplo sin el menor sonrojo por los abusos que cometió.

Desde luego, Maradona no tenía ninguna obligación de ser mentor como otras figuras del deporte. Estaba en su derecho de dedicarse a juergas interminables que acabaron por pasarle factura hasta convertirlo en una caricatura del portento que fue. De ahí la desmesura de una noticia que por momentos se ha manejado como una infantil hagiografía.

Ha muerto Diego Armando Maradona, un extraordinario futbolista cuyas geniales piruetas en el campo no lo eximieron de faltas graves. Hablamos de faltas por las que un ciudadano corriente puede acabar en el banquillo, perder su empleo y granjearse el repudio de la comunidad. Una vez más, ser un tipo famoso y venerado relega a un segundo plano particularidades que dicen mucho del ser humano que otros se empeñan en santificar.

Cuando escuchaba una y otra vez los lamentos por la defunción de Maradona, recordé a otro célebre personaje, V.S. Naipaul, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2001 y reverenciado en los círculos intelectuales, que también a su manera es otra religión llena de Dioses. El escritor de origen caribeño y naturalizado británico nunca ocultó su extrema crueldad contra su esposa, llegando a admitir en la biografía de Patrick French que su saña con ella bien pudo haber acelerado su muerte. En dicha biografía Naipaul, quien falleció hace dos años, también reconoce que le propinaba palizas a su amante. El Nobel presumía de ser un repugnante misógino y se quedaba tan ancho. He de reconocer que después de estas revelaciones ya no me interesó Naipaul el autor, supuestamente preocupado por las vicisitudes humanas. No es del todo cierto que uno puede deslindar a la persona de la obra.

Estamos llenos de contradicciones y de grietas que nos hacen imperfectos y cuestionables en la hora final. Por eso sobra lo de “Dios ha muerto” cuando se trata de seres de carne y hueso. Meros ídolos con pies de barro. [©FIRMAS PRESS]

La autora es periodista
Twitter: ginamontaner.

Opinión Diego Armando Maradona fútbol archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí