Cuando se discuten políticas públicas —aquellas que los gobiernos deben procurar— nuestro mundo secularizado no quiere oír hablar de moralidad. El lenguaje del día es el de los economistas; el análisis de los costos y beneficios económicos, sociales, ambientales, etc. Quizás esto cause que temas como la estabilidad e inestabilidad familiar reciban tan poca atención. Se asume que ellos corresponden a la esfera privada o al de la ética, dominios en que no se debe incursionar. El Estado, dicen, “no puede legislar moralidad”, aunque lo haga al penar conductas manifiestamente inmorales como el homicidio, el robo, o la violación.
Obviando esta contradicción, es perfectamente posible que se aborde el tema desde la perspectiva de sus costos y beneficios económicos, tanto para para sus participantes como para la sociedad. Lenore J. Weitzman, en su libro, La Revolución del Divorcio, lo hizo décadas atrás. Usando un estricto análisis estadístico, descubrió que, en Estados Unidos, tras un año del divorcio los hombres habían experimentado un 42 por ciento de aumento en su nivel de vida mientras que las mujeres habían sufrido una merma del 73 por ciento. Los primeros quedaban con su carrera intacta y menos obligaciones, mientras que las mujeres, sobre todo madres, quedaban usualmente en desventaja profesional sobrecargadas. Pero aún: el ingreso de las abandonadas o divorciadas con niños menores de seis años era un tercio del devengado por familias unidas con niños menores. No debía sorprender entonces que los pobres a nivel nacional fuesen mayoritariamente las madres solteras y sus proles. El fenómeno fue bautizado como “feminización” e “infantilización” de la pobreza.
Nicaragua carece de estudios similares —ojalá lo hicieran nuestras universidades— pero es obvio que de hacerse revelarían realidades similares o peores. El abandono paterno es una verdadera tragedia que sufre más de la mitad de la población y que condena a millones de mujeres y niños nicaragüenses a vidas subhumanas e incontables privaciones. Es, sin duda, una de las causas más importantes de nuestra pobreza. Es también una callada injusticia social, poco mencionada. Muchos campeones de los pobres, eclesiásticos y seglares, suelen acusar al capitalismo o a oscuros intereses económicos de dañarlos. Pero rara vez denuncian el dolor y pobreza que causa el hombre que, con dos, tres, o más hijos, decidió un día abandonar a la madre de sus hijos por una mujer más hermosa. “Criminales”, los llamaba el padre Azarías Pallais.
Cuando se analiza el impacto de este fenómeno a nivel de toda la sociedad, pueden detectarse también costos enormes que deben preocupar a economistas y políticos: 30 billones de dólares en ayuda directa, señaló en su oportunidad el presidente Reagan, eran los que debían pagar los contribuyentes para asistir a los hogares con un solo jefe de familia. Hizo entonces un llamado a que los padres ausentes, responsables del sustento de sus proles ante la ley, cofinanciaran más estrechamente dicho gasto. Aparte de los costos asistenciales, hay otros considerables atribuibles a la desintegración familiar. Todos los estudios son unánimes en comprobar que los niños criados en familias rotas sufren de mayor mortalidad, tasas de suicidio, drogadicción, enfermedades, delincuencia y fracaso escolar, que los que crecen con padre y madre en familias estables. Los costos económicos, aparte de los psíquicos y sociales de esta calamidad, son enormes. También están los indirectos: el esfuerzo del sistema educativo que se pierde con alumnos que fracasan.
En contraste con los protagonistas de la desintegración, puede afirmarse que todas aquellas parejas que hacen el esfuerzo, noble y a veces heroico, por mantenerse juntos y educar a sus hijos, disminuyen dichos costos y también añaden un gran valor económico a la sociedad: reducen, por ejemplo, los gastos de salud y de encarcelamiento, mientras aumentan el rendimiento escolar y legan a la sociedad personas más productivas. Nos asustaríamos si lo midiéramos.
Siendo la ley un instrumento para desincentivar conductas perjudiciales a través de penas o castigos, y para incentivar las positivas a través de premios, ayudas o ventajas, ¿no tiene sentido que hagamos ya un esfuerzo concertado para estudiar el tipo de legislaciones que más puedan contribuir a la creación y mantenimiento de familias unidas y estables? Será una de las mejores inversiones en favor de los más vulnerables.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro Buscando la Tierra Prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019.