La noticia del retiro de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) de la Coalición Nacional sacudió los cimientos de la oposición que clama por la unidad de las fuerzas opositoras. Este sentimiento de frustración fue expresado de todas las formas posibles por la gran mayoría de nuestro pueblo, sentimiento que también fue compartido por nuestros compatriotas de la diáspora. El que dicha separación haya sido orquestada por el gran capital nacional, por el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) y la Cámara de Comercio Americana de Nicaragua (AmCham) aumentó el sentimiento de rechazo y repudio a dicha decisión, pues somos muchos los que con justa razón consideramos a una gran parte de la empresa privada como corresponsable de las vicisitudes y violaciones que actualmente sufrimos de parte del régimen, producto de ese maridaje de once años.
El repudio a la decisión de la ACJD no debe confundir a los miembros de las organizaciones que quedaron en la Coalición. Hago esta salvedad, después de escuchar a más de un centenar de opositores que no terminan de digerir el proceder de algunas de sus organizaciones y como yo no escribo para caerle bien a nadie, voy a referirme en esta ocasión específicamente a los miembros de la Unidad Azul y Blanco (UNAB), organización compuesta en un gran porcentaje por exmiembros del FSLN, del Ejército Sandinista de los ochenta y militantes que no esconden su ideología de izquierda (a la que tienen derecho). El problema se da porque pareciera que algunos no terminan de realizar la metamorfosis completa hacia los valores de la democracia.
Por ello les hago la observación de que el pueblo lo que está exigiendo es una unidad incluyente, no excluyente. Con respeto, pero con autoridad y determinación, permítanme recordarles que para descalificar antes hay que calificarse ante un espejo. Con esto quiero decir que ningún opositor debe calificar a otro opositor, la única calificación que debe existir es demostrar con hechos que indiquen fehacientemente que se está luchando por construir un país de libertades, de respeto al derecho ajeno y de respeto a los derechos humanos. Construyan esa oposición y tendrán el apoyo y reconocimiento del pueblo.
Recientemente en mi cuenta de Facebook posteé “una reflexión” en la que expuse que para que la Coalición pudiera salir adelante después de la separación de la Alianza, debían dejar atrás todo tipo de mezquindades y miopía política y eso se demostraba dejando de negarse a incluir a organizaciones con presencia nacional. Específicamente me referí a una organización que lleva cinco meses de esperar por una repuesta que a la fecha de escribir este artículo todavía no llega en ningún sentido.
Para finalizar me permito recordar a los miembros de la Coalición, que son hoy por hoy la esperanza de un pueblo que ya ha sido engañado múltiples veces, pero que cuando descubrió el engaño envió a los traidores al estercolero de la historia. No creo que sea necesario que les recuerde los nombres y organizaciones de los que hoy son despreciados por nuestro pueblo. Por ello les invito que se den cuenta de la responsabilidad que pende sobre sus hombros, por mencionar una sola: son depositarios de la esperanza de un futuro mejor para Nicaragua.
En este momento ellos aspiran a liderar una oposición para derrotar un régimen que acaba de masacrar a más de 350 jóvenes desarmados, que mantiene en sus mazmorras a más de un centenar de presos políticos, que nos ha conculcado nuestros derechos civiles, que aparenta no importarle las sanciones internacionales y que su capital es tan grande, que ya no lo cuentan, sino que lo pesan. Ni los de la Coalición, ni nadie podrá contra eso, si no cuentan con el apoyo de la comunidad internacional y de ese setenta y dos por ciento de opositores que está dispuesto a soslayar algunos errores del pasado, pero no perdonará en esta ocasión a los falsos opositores y mucho menos a los que intenten limitar la unidad que el pueblo nos está demandando.
El autor es comentarista político.