¿Elecciones de «república bananera»?

Ante la crisis electoral de Estados Unidos (EE.UU.), hay quienes dicen que en ese país las elecciones ya son como en las “repúblicas bananeras”.

Como se sabe, el concepto peyorativo de “república bananera” se utiliza en la literatura política para referirse a aquellos países donde impera la corrupción y la inestabilidad institucional, en los cuales se considera que la política no es otra cosa la guerra por otros medios en la cual vale todo, y los procesos electorales están plagados de defectos, arbitrariedades y fraudes de toda clase.

Quizás es una exageración decir que EE.UU. se ha convertido en una “república bananera”, como son Nicaragua o Venezuela para poner los mejores ejemplos en este caso. Sin embargo, la polarización extrema de la campaña electoral acompañada con violencia callejera organizada y espontánea, y después de las votaciones las denuncias del mismo presidente y aspirante a la reelección, Donald Trump, de que se ha hecho un fraude electoral para arrebatarle el triunfo, al menos ponen en entredicho el prestigio democrático del que históricamente se han enorgullecido los estadounidenses.

La democracia es por su naturaleza un sistema político con una rutina institucional que discurre pacíficamente y sin mayores sobresaltos. El sistema democrático se funda en el principio de que gobiernan los que tienen derecho de hacerlo, de manera que las elecciones son una especie de ritual en el que los ciudadanos manifiestan libremente su voluntad política y ejercen el derecho de elegir a las personas que deben gobernarlos y representarlos.

También, en la democracia las elecciones son actos de confianza pública, los ciudadanos están seguros de que sus votos son correctamente anotados, contados y asignados, y aunque se cometan errores que siempre son corregibles están excluidas la imposición y la manipulación fraudulenta.

Ahora bien, aunque es exagerado decir que EE.UU. se ha degradado a “república bananera”, es evidente que algo muy importante no está funcionando bien en su sistema electoral y es necesario corregirlo.

Por ejemplo, el voto por correo y los recuentos hasta mucho tiempo después de la fecha de las votaciones, es un procedimiento incierto que no inspira confianza. Para garantizar la pureza electoral, el votante tiene que estar presente en su ejercicio del sufragio y ser debidamente identificado por los funcionarios electorales.

También hay quienes sostienen que la raíz del problema en EE.UU. es el sistema de colegios electorales que determinan el resultado de las elecciones, no la suma de votos a nivel nacional. Y que, por tanto, hay que cambiarlo por el sistema de elección directa.

Sin embargo, ambos sistemas de elección, directa o indirecta, son igualmente democráticos y eficaces. Con los colegios de electores, que son integrados según los votos de los ciudadanos, lo que se busca y logra es el balance entre estados con distinta fuerza, evitar que los más grandes avasallen a los más pequeños e impedir tanto la tiranía de una persona como la de la mayoría.

Lo esencial es tener la mayoría de votos en suficientes estados, lo que aparentemente ha logrado Joe Biden para ser elegido presidente, además de que también habría obtenido la mayoría global de votos, en toda la nación. Lo cual indica que el sistema democrático de elección indirecta sí funciona.

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