La mezquindad contra la solidaridad

Como cada vez que ocurre una catástrofe natural que causa la tragedia humana colectiva, ahora también muchos nicaragüenses se han motivado y movilizado para colectar y hacer llegar ayuda material a la población del Caribe, que ha sufrido el embate asolador del huracán Eta.

Diversas organizaciones e instituciones civiles, religiosas, humanitarias y empresariales, así como personas a título particular participando en las redes sociales, se han movilizado para mostrar con hechos su solidaridad con los damnificados del Caribe y otros lugares del país afectados por las inundaciones.

No hay interés político en estas motivaciones y movilizaciones, mucho menos partidista, como nunca lo ha habido antes en situaciones semejantes. Lo que hay son sentimientos e impulsos de humanitarismo, compasión y solidaridad, virtudes que por fortuna no pierde la mayoría de las personas ni siquiera en las peores circunstancias políticas y socioeconómicas que le toca vivir y soportar.

Sin embargo, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha impedido y reprimido las iniciativas independientes de solidaridad humana y ayuda material a los damnificados del Caribe. Es lo mismo que hizo — como lo ha recordado LA PRENSA— con la iniciativa del obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, quien quería ayudar a la gente afectada o amenazada por la pandemia cuando esta atacaba más fuerte en Nicaragua.

Hay quienes dicen que esta actitud de la dictadura de Ortega y Murillo se debe a que quieren ejercer el “monopolio de la solidaridad”, presentarse como los únicos que se preocupan por la gente que sufre una calamidad y le brindan ayuda. Pero la verdad es que detrás de esa actitud represiva hay algo más feo que “egoísmo solidario”. Se trata de una mezquindad política que es propia del totalitarismo fascista y estalinista.

“El pueblo es el cuerpo del Estado y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista , el pueblo es el Estado o el Estado es el pueblo. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado”, proclamó el dictador fascista italiano Benito Mussolini, en diciembre de 1934, en la “Fiesta del trigo”. “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, sentenció a su vez Fidel Castro, el dictador comunista de Cuba, en un discurso que pronunció en junio de 1961 ante una asamblea de intelectuales cubanos.

El sentido de esta doctrina fascista, que en Nicaragua la dictadura orteguista resume en la consigna de “el pueblo presidente” (o sea que Daniel Ortega y el pueblo son una sola cosa), se manifiesta en la práctica en que aunque la letra de la Constitución y la ley hablan de derechos democráticos, en la realidad la disidencia y la oposición están prohibidas y son perseguidas y reprimidas. La oposición es considerada por la dictadura como una perturbación y una grave amenaza para el buen gobierno y el orden público. El Estado monopoliza la verdad y todo lo que se diga fuera de sus medios y de la boca de sus voceros, son mentiras que deben ser prohibidas, judicializadas y castigadas por medio de una ley del bozal.

De manera que no se trata de que la dictadura quiere monopolizar una solidaridad que le es ajena. Es que está mostrando desnuda su odiosa inhumanidad.

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