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Cinco errores
Hay más, pero por asuntos de espacio quiero concentrarme en estos cinco puntos que, sin pretender ser un experto en estos asuntos, han sido en mi opinión los obstáculos más determinantes para impedir que la legión de inconformes de Nicaragua se convierta en una oposición eficiente para terminar con la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
1. Cuentas de la lechera
Es cierto que hay que pensar en el país que se quiere, pero hay que reconocer que es imposible construirlo de una sola vez, y al gusto de todos los opositores. La consigna “la revolución es de tal forma o no los es”, es muy justa y necesaria para el debate, pero a la postre se convirtió en un método de exclusión donde quienes no caben en la revolución que quiero, no pueden acompañarme en el cambio. ¿Quiénes más enfrentados en ciertos temas que las feministas y la iglesia católica? Pero ahí los vimos, sentados en la misma mesa, sin que eso le quite legitimidad a sus diferencias y sin que uno subordine su pensar al del otro para poder estar juntos. Ese es un buen ejemplo. Todos tenemos derecho a aspirar al cambio, a la revolución ideal, entendida como un proceso. La toma del poder es solo un paso más.
2. Implosión sandinista
La forma más expedita de dinamitar una dictadura es la implosión entre sus mismas fuerzas. En el mismo espíritu del punto anterior, aquí se ha despreciado la alianza con sectores que ahora mismo están descontentos dentro del sandinismo. Nadie ha trabajado una línea de captación de adversarios y, al contrario, se les ha cerrado las puertas a los desertores con amenazas y zopiloteras. Cada vez que la oposición agarra a pedradas, en sentido simbólico, a un desertor del régimen, Rosario Murillo y Daniel Ortega, les agradecen mucho, pues sirve de escarmiento a otros que podrían tener las mismas intenciones. Nada los saca más de sus casillas que los desertores. Eso que ellos llaman “traición”.
3. Pureza de origen
En algún momento se estableció una especie de pedigrí opositor. Para ser opositor no bastaba estar en contra de Daniel Ortega, sino que se debía demostrar una pureza de origen, tan difícil de establecer que parece diseñada en los cuarteles de El Carmen. Comenzó con pequeñas exigencias y de repente los requisitos exigidos eran tales que ya nadie podía pasar la prueba. Díganme un solo líder opositor al que no se le haya apedreado (simbólicamente, insisto) por algún motivo. Una cosa es pedirle a alguien que, para definirse como opositor, deje de hacerle el juego a la dictadura, y otra pedirle que cambie su pasado. A veces se llega al ridículo. Hace poco un reconocido activista opositor se preguntaba si puede ser líder “un campesino que cambia su burro por una camionetona, sus botas de hule por unos zapatos florsheim”.
4. Horizontalidad
La excesiva horizontalidad en una organización conduce a la inmovilidad y a la atomización. Es un error creer que la igualdad radica en que todos participen en la toma de cada decisión. Sobre todo, cuando hay tantas diferencias, como he expuesto. En toda organización, más en estas que pretenden representar a millones, debe haber un mando, fiscalizable y cambiable, con la autoridad suficiente para tomar cierto tipo de decisiones.
5. Emergencia nacional
Y este es para mí el más importante: se perdió de vista que esto no es un enfrentamiento entre gobierno y oposición, como en el fondo quieren ponerlo algunos. La dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo debe ser vista como una emergencia nacional. Una catástrofe. Igual que un huracán o un terremoto. Si empezamos a ver la dictadura de esta forma, habrá ese espíritu de comunión que ya se vivió en abril 2018 y que tanto se necesita cuando se enfrenta un fenómeno que pone en riesgo la vida misma.
Prioridades
En el fondo, lo que le ha faltado a la oposición es humildad para reconocer la necesidad de otros a pesar de las diferencias, y sentido de emergencia para priorizar los problemas a resolver. ¿Qué decimos cuando enfrentamos un huracán? ¡Que lo primero es la vida! Solo si estamos vivos podemos resolver los otros problemas. Pues ahí está. No se trata de renunciar a las ideas propias, ni de ser amigo de nadie del que no se quiera amistad, ni siquiera de dejar de aspirar a cargos o proyectos personales. Se trata de no colocarlos primero, como condición de todo o nada, en donde “todo” significa imponer mi punto de vista para poder participar y “nada”, seguir con Daniel Ortega en el poder.
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